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Ensayo: “Industria cultural y mecanismos de control en la sociedad de la información”: Marcelo Colussi

 

 

 

Industria cultural y mecanismos de control en la sociedad de la información

 

Marcelo Colussi

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Introducción

Hoy por hoy las tecnologías de la información y la comunicación (TICs)* parecen haber llegado para quedarse. No hay marcha atrás. Ya constituyen un hecho cultural, civilizatorio en el sentido más amplio. Según lo que vamos empezando a ver, una considerable cantidad de jóvenes –fenómeno que se da en mayor o menor medida en todo el mundo, con variaciones según los distintos países pero todos, en general, con notas bastante comunes– ya no concibe la vida sin estas tecnologías. Sin dudas, están cambiando el modo de relacionarnos, de resolver las cosas de la cotidianeidad, de pensar, ¡de vivir! La pregunta inmediata es: ¿en qué medida contribuyen al genuino mejoramiento de las cosas? ¿Traen desarrollo?

Algunos años atrás decía Delia Crovi (2002) refiriéndose a este proceso en curso: “En 2001, el Observatorio Mundial de Sistemas de Comunicación dio a conocer en París los resultados de un estudio sobre el equipamiento tecnológico en la SIC [sociedad de la información y la comunicación]. Este estudio afirma que en el año 2006 una de cada cinco personas tendrá un teléfono móvil o celular, el doble de los disponibles ahora que tenemos un aparato por cada diez habitantes.

El mismo estudio señala que en 2003 habrá más de mil millones de celulares en el mundo, y en los próximos cinco años se registrarán 423.000.000 de nuevos usuarios (Tele Comunicación, 27/6/2001). Sin duda, estos datos podrían alimentar la idea de que estamos construyendo a pasos apresurados y a escala planetaria, una sociedad de la información, idea que sobre todo promueven los fabricantes de hardware y software, así como buena parte de los gobiernos del mundo.”[1]

 

En Guatemala, Manuel Ayau –“oligarca latinoamericano arquetípico de la extrema derecha”, según lo describiera Lawrence Harrison, de la Universidad de Harvard–, fundador del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES) y de la Universidad Marroquín, ambas instituciones baluartes del pensamiento liberal en Centroamérica, dijo unos años atrás[2] que “el día en que cada indio [sic] tenga su teléfono celular, ahí entraremos en el desarrollo”. Hoy día, con alrededor de 15 millones de habitantes, hay en el país más de 20 millones de teléfonos legales (más una cantidad desconocida de equipos robados que se siguen utilizando), es decir, más de un aparato por persona en promedio, 1.2 para ser precisos, pero la nación (típica banana country) está lejos de entrar en la senda del desarrollo.

En estos momentos –esto con fuerza creciente– nadie puede escapar de la marea de las TICs que pareciera cubrirlo todo. Podría afirmarse, sin temor a equivocarse en la apreciación, que “para estar en la modernidad, en el avance, en el mundo integrado (¿globalizado y triunfador?), hay que estar conectado”. Si no se siguen esos parámetros, se pierde el tren del desarrollo. O, al menos, eso es lo que dice la insistente prédica dominante.

¿Comunican más estas tecnologías de la comunicación? ¿En qué medida son un factor al servicio de un verdadero desarrollo equilibrado, sostenible y con equidad?

Las TICs llenan una necesidad (necesidad de comunicarse, de expresarse)

No cabe la menor duda que la comunicación es una arista definitoria de lo humano. Si bien es cierto que en el reino animal existe el fenómeno de la comunicación, en lo que concierne al ámbito específicamente humano hay características propias tan peculiares que pueden llevar a decir, sin más, que si algo define a nuestra especie es la capacidad de comunicarnos, que no es sino otra forma de decir: de interactuar con los otros. El sujeto humano se constituye en lo que es sólo a partir de la interacción con otros. La comunicación, en ese sentido, es el horizonte básico en que el circuito de la socialización se despliega.

Nos comunicamos de distintas maneras; eso no es nuevo. A través de la historia se encuentran las más diversas modalidades de hacerlo, desde la oralidad o las pinturas rupestres hasta las más sofisticadas tecnologías comunicacionales actuales gracias a la inteligencia artificial y la navegación espacial. Pero sin dudas es un hecho destacable que con los fenómenos ocurridos en la modernidad, con el surgimiento de la producción industrial destinada a grandes mercados y con la acelerada urbanización de estos últimos dos siglos que se va dando en toda la faz del planeta, sucedieron cambios particulares en la forma de comunicarnos.

En esa perspectiva surge la comunicación de masas, es decir: el proceso donde lo distintivo es la cantidad enorme de receptores que recibe mensajes de un emisor único. El siglo XX ha estado marcado básicamente por ese hecho, novedoso en la historia, y con características propias que van definiendo en términos de civilización las modalidades de la modernidad. Lo masivo entra triunfalmente en escena para ya no retirarse más.

En este mundo moderno que va surgiendo desde Europa y su novedosa industria, la masividad hace su aparición con la invención de la imprenta, que permite una difusión más allá del pequeño grupo selecto que tenía el monopolio cultural. De allí rápidamente se llega a la difusión masiva con los periódicos así como con nuevas formas de comunicación que rompen barreras espaciales y permiten el acercamiento de grupos cada vez mayores. Surgen entonces el telégrafo, el teléfono, y ya en pleno siglo XX aparecen modalidades basadas en adelantos tecnológicos que llevan esa masividad a niveles nunca antes conocidos en la historia. Encontramos así la radio, el fonógrafo, el cine, la televisión.

En las últimas décadas del siglo XX, ya en plena explosión científico-técnica con una industria que definitivamente ha cambiado el mundo extendiéndose por prácticamente todos los rincones del planeta, las tecnologías comunicacionales van marcando el ritmo de la sociedad global. Es a partir de ese momento que efectivamente se puede hablar, retomando la idea de Marshall McLuhan, de una verdadera “aldea global”, un mundo absolutamente interconectado, intercomunicado, un mundo donde las distancias físicas ya no constituyen un obstáculo para la aproximación de todos con todos.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, cada vez más rápidas y eficientes, borran distancias y acercan a inmensas cantidades planetarias de población. Las pautas que marcan el ritmo de la sociedad mundial se van volcando definitivamente hacia estas nuevas tecnologías digitales. Es decir, procesos técnicos en que un “sistema de transmisión o procesamiento de información [donde] la información se encuentra representada por medio de cantidades físicas (señales) que se hallan tan restringidas que sólo pueden asumir valores discretos. En contraposición a los sistemas digitales están los sistemas analógicos en los cuales las señales tanto de entrada como de salida no poseen ningún tipo de restricción y pueden asumir todo un continuo de valores (es decir, infinitos). La principal ventaja de los sistemas digitales respecto a los analógicos es que son más fáciles de diseñar, de implementar y de depurar, ya que las técnicas utilizadas en cada una de esas fases están bien establecidas. […] El mejor argumento a favor de la mayor flexibilidad de los sistemas digitales se encuentra en los actuales ordenadores o computadoras digitales, basados íntegramente en diseños y circuitos digitales”.[3]

Si la comunicación siempre ha estado presente en la dinámica humana como un factor clave, las formas de las actuales tecnologías digitales sirven para, literalmente, inundar el mundo de comunicación, entronizándola. Ello asienta en nuevas formas de conocimiento, cada vez más sofisticadas y complejas. Todo ese proceso de ampliación de las fronteras comunicacionales y del conocimiento técnico en el que asientan es lo que ha llevado a pensar en una sociedad “de la información y del conocimiento”. La clave de la nueva sociedad, también llamada “sociedad digital”, está en una acumulación fabulosa de información. La “aldea global” se construye sobre estos cimientos. El principal recurso pasa a ser el manejo de información –cuanto más y más rápidamente manejada, mejor–, el capital humano capacitado, lo que se conoce como el know how.

“Desde el auge de la computación, el concepto de información ha pasado a tener un protagonismo sobredimensionado en la economía, la educación, la política, en la sociedad en su conjunto. La información ha desbancado de sus lugares de privilegio a conceptos como sabiduría, conocimiento, inteligencia; términos todos éstos que hoy se ven reducidos al primero. Una lógica según la cual procesar muchísimos datos a velocidad infinitesimal, equivale a ser inteligente, desestimando así cualidades como la creatividad, la imaginación, el raciocinio; pero también la ética y la moral”.[4]

En esa perspectiva, la nueva sociedad que se perfila con la globalización, y por tanto sus herramientas por excelencia, las llamadas TICs –la telefonía celular, la computadora, el internet–, abren esas preguntas: ¿más información disponible produce por fuerza una mejor calidad de vida y un mejor desarrollo personal y social? Esas tecnologías, ¿ayudan a la inclusión social, o refuerzan la exclusión? O, por el contrario ¿sólo generan beneficios a las multinacionales que se dedican a su comercialización, contribuyendo a un mayor y más sofisticado control social por parte de los grandes poderes globales? ¿Tal vez una cosa no riñe con la otra?

La respuesta no está en las tecnologías propiamente dichas, por supuesto. Las tecnologías, como siempre ha sido a través de la historia, no dejan de tener un valor puramente instrumental. Lo importante es el proyecto humano en que se inscriben, el objetivo al servicio del que actúan. En ese sentido, para romper un planteo simplista y maniqueo: no hay técnicas “buenas” y técnicas “malas” en términos éticos. “Más allá de las conexiones, son los usos concretos y efectivos los que pueden llevar o no a mantener o profundizar las brechas que de hecho existen en el mundo real. Con lo cual la apertura infinita que supone el mero acceso formal a la red no necesariamente alcanza para hablar de una democratización de la sociedad o incluso del acceso a la información. Mucho menos si se trata de información de relevancia para el proceso de toma de decisiones o de participación en el ingreso socialmente producido. Con internet se abren ciertos accesos, pero no se democratiza la sociedad ni la cultura”.[5]

Por supuesto que el acceso a tecnologías que permiten el manejo de información de un modo como nunca antes en la historia se había dado brinda la posibilidad de un salto cualitativo para el desarrollo. Sucede, sin embargo, que esas tecnologías, más allá de una cierta ilusión de absoluta democratización, no producen por sí mismos los cambios necesarios para terminar con los problemas crónicos de asimetrías que pueblan el mundo. Las tecnologías, si bien pueden mejorar las condiciones de vida haciéndolas más cómodas y confortables, no modifican las relaciones político-sociales a partir de las que se decide su uso.

Hoy días estas nuevas tecnologías las encontramos cada vez más omnipresentes en todas las facetas de la vida: sirven para la comercialización de bienes y servicios, para la banca en línea, para la administración pública (pago de impuestos, gestión de documentación, presentación de denuncias), para la búsqueda de la más variada información (académica, periodística, de solaz), para el ocio y esparcimiento (siendo los videojuegos una de las instancias que más crece en el mundo de las TICs), para la práctica de deportes, para el desarrollo del arte, en la gestión pública (algunos gobiernos están incorporando el uso de redes sociales como Twitter, Facebook, Youtube y otras cuando las autoridades dan a conocer su posición sobre acontecimientos relevantes), se usan en la guerra y en la paz, y desde las profundidades de la selva Lacandona, por ejemplo, un movimiento armado lleva adelante su lucha, con un personaje mediático que es más conocido por el uso de estos medios electrónicos que por su fusil, habiendo incluso todo un campo relacionado al sexo cibernético, el cual da para todo, desde la búsqueda de pareja hasta la pornografía infantil. En definitiva: estas tecnologías sirven para todo, absolutamente: para estudiar, para salvar una vida, para extorsionar.

Definitivamente, comienzan a ser omnímodas. Están en todos lados, y la tendencia es que seguirán estándolo cada vez más. Como un dato muy instructivo en ese sentido puede mencionarse que hoy día las TICs ya constituyen un medio de prueba en los procesos judiciales. Aún no están ampliamente difundidas y todavía encuentran muchas restricciones, pero sin dudas dentro de un futuro nada lejano serán pruebas contundentes.

“Las tecnologías de la información y la comunicación no son ninguna panacea ni fórmula mágica, pero pueden mejorar la vida de todos los habitantes del planeta. Se disponen de herramientas para llegar a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de instrumentos que harán avanzar la causa de la libertad y la democracia, y de los medios necesarios para propagar los conocimientos y facilitar la comprensión mutua”[6], dijo acertadamente Kofi Annan como Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas refiriéndose a estos temas.

La actual globalización va indisolublemente de la mano de las TICs

Se entiende por globalización el proceso económico, político y sociocultural que está teniendo lugar actualmente a nivel mundial por el que cada vez existe una mayor interrelación económica entre todos los rincones del planeta, por alejados que estén, gracias a tecnologías que han borrado prácticamente las distancias permitiendo comunicaciones en tiempo real, siempre bajo el control de las grandes corporaciones multinacionales.

La globalización que vivimos (económica y cultural) es el caldo de cultivo donde las TICs son el sistema circulatorio que la sostiene, haciendo parte vital de la nueva economía global centrada básicamente en la comunicación virtual, en la inteligencia artificial y en el conocimiento como principal recurso. Eso puede abrir grandes oportunidades para los sectores históricamente postergados, dado que posibilita acceder a instrumentos que permiten dar un salto adelante verdaderamente grande en orden al desarrollo; pero puede también contribuir a mantener la distancia entre los que producen esas tecnologías de vanguardia (unos pocos países del Norte), y quienes la adquieren (la gran mayoría de los países del Sur), dependiendo así más aún tanto comercial como tecnológicamente.

Si acceder a las TICs es un puente al desarrollo, la “brecha digital” que crea esta sociedad de la información, contraria a la “inclusión digital” global, indica que los sectores más desarrollados aumentan su distancia respecto de los excluidos. A nivel internacional es elocuente.

La tendencia en marcha refuerza la duda apuntada más arriba: las nuevas tecnologías digitales, más allá de la explosión con que han entrado en escena y su consumo masivo siempre creciente, no parecieran beneficiar por igual a todos los sectores. “En América Latina la presencia o el desarrollo de una SIC [sociedad de la información y la comunicación] está más ligada a la consolidación de grandes consorcios multinacionales del audiovisual, que a la incorporación de la convergencia a los procesos productivos.

Esto último se ha polarizado en un sector capaz de desmaterializar la economía, en tanto que sobrevive otro gran sector que permanece al margen de los cambios tecnológicos y continúa trabajando dentro de un esquema de producción clásico, ayudado de herramientas que también podríamos definir como clásicas. En nuestros países sólo un sector de la población (muy probablemente el que acumula el consumo tecnológico de distintas generaciones), es la que se ha incorporado efectivamente al proceso de producción ligado a la información y el conocimiento”.[7]

Valga agregar aquí lo apuntado por Beatriz Busaniche: “el hecho de que las TICs en sí mismas mejoren la calidad de vida de las personas no está comprobado de ninguna manera en tanto no se saneen previamente las brechas sociales fundamentales: la pobreza, el hambre, el analfabetismo, las pandemias”.[8] En relación a esto, retomemos lo expresado más arriba: en Guatemala hay más teléfonos celulares (muchos de ellos con acceso a Internet) que población: ¿se generó entonces el desarrollo sostenible? Los mitos desarrollistas del progreso técnico siguen estando presentes.

No está demostrado que por el hecho de utilizar alguna de las TICs se elimine automáticamente la exclusión social o se termine con la pobreza crónica. De todos modos, sabiendo que estas herramientas encierran un enorme potencial para el desarrollo, es válido pensar que no disponer de ellas propicia la exclusión, o la puede profundizar. Visto que la red de redes, el internet, es la suma más enorme nunca antes vista de información que pone al servicio de la humanidad toda una potente herramienta de comunicación, no acceder a él crea desde ya una desventaja comparativa con quien sí puede acceder.

De todos modos, el desarrollo propiamente dicho, el aprovechamiento efectivo de las potencialidades que abren las TICs, no se da por el sólo hecho de disponer de una computadora, de hacer uso de las redes sociales o de un teléfono celular inteligente de última generación. Lo que hace la diferencia es la capacidad que una población pueda tener para aprovechar creativamente estas nuevas formas culturales. Si el internet “ha transformado la vida”, como tan insistentemente dice cierto pensamiento dominante (quizá desde una perspectiva más mercadológica que crítica, terminando por constituirse en “mito”, en manipulación mediática), ello lleva a pensar el porqué de esa tenaz repetición.

Lo que está claro es que alimenta muy generosamente a quienes lucran con su comercialización (empresas globales dedicadas a la producción y distribución de estos servicios). Google, por ejemplo, el motor de búsqueda más potente y con la mayor cantidad de consultas diarias en la red en todo el mundo, ha facturado 150.000 millones de euros en 10 años.

De todos modos, más allá de la manipulación que pueda haber en ese mito (visto que, por sí mismas, las TICs no terminan con la exclusión) algo hay que les ha permitido erigirse en el nuevo ícono cultural de la así llamada postmodernidad.

¿Por qué se imponen de esa manera las TICs?

Las TIC son especialmente atractivas, y con mucha facilidad pueden pasar a ser adictivas (de la necesidad de comunicación fácilmente se puede pasar a la “adicción”, más aún si ello está inducido, tal como sucede efectivamente).

De todos modos, más allá de la interesada prédica que las identifica con una panacea universal –no siéndolo, por supuesto– no hay dudas que tienen algo especial que las va tornando imprescindibles. En una encuesta sobre uso de estas tecnologías con aproximadamente 2.500 jóvenes realizada en el año 2012[9], un 49% de los encuestados reconoce que “no podría vivir sin las TICs”, mientras que un 63% puede “estar dejando de hacer cosas por estar conectado”, en tanto que un 35% “ha disminuido sus horas de sueño por estar conectado a internet”. Todo ello marca una tendencia que no se puede desconocer: las TICs atrapan, son adictivas. En esa misma investigación, en grupos focales se preguntó a los jóvenes (de entre 17 y 25 años): “si estás haciendo el amor y suena el teléfono celular, ¿contestarías?”, a lo que aproximadamente un 75% respondió que sí, incluso justificándolo: “es probable que sea algo importante; además, si no contesto me desconcentro porque me quedo pensando en quién podría haber llamado. Por eso es mejor contestar siempre”. Una respuesta, hilarante sin dudas, y única en toda la muestra (“una golondrina no hace verano”), pero que de todos modos no puede dejar de considerarse fue: “¡Por supuesto que contesto! ¡Podría ser mi novio!”

Estar “conectado”, estar todo el tiempo con el teléfono celular en la mano, estar pendiente eternamente del mensaje que puede llegar, de las redes sociales, del chat, constituye un hecho culturalmente novedoso.

La definición más ajustada para un teléfono celular (lo mismo se podría decir de las TICs en general) es que, poseyendo el equipo en cuestión –teléfono, computadora–, se está “conectado”, que es como decir: “estar vivo”. “Estoy conectado, luego existo”, podría afirmarse como síntesis de los tiempos, parafraseando a Descartes. Definitivamente todas estas tecnologías van mucho más allá de una circunstancial moda: constituyen un cambio cultural profundo, un hecho civilizatorio, una modificación en la conformación misma del sujeto y, por tanto, de los colectivos, de los imaginarios sociales con que se recrea el mundo.

Lo importante a destacar es que esa penetración que tienen las TICs no es casual. Si gustan de esa manera, por algo es. Como mínimo se podrían señalar dos características que le confieren ese grado de atracción: a) están ligadas a la imagen, y b) permiten la interactividad en forma perpetua.

La imagen juega un papel muy importante en las TICs. Lo visual, cada vez más, pasa a ser definitorio. La imagen es masiva e inmediata, dice todo en un golpe de vista. Eso fascina, atrapa; pero al mismo tiempo no da mayores posibilidades de reflexión. “La lectura cansa. Se prefiere el significado resumido y fulminante de la imagen sintética. Esta fascina y seduce. Se renuncia así al vínculo lógico, a la secuencia razonada, a la reflexión que necesariamente implica el regreso a sí mismo”, se quejaba amargamente Giovanni Sartori[10]. Lo cierto es que el discurso y la lógica del relato por imágenes están modificando la forma de percibir y el procesamiento de los conocimientos que tenemos de la realidad. Hoy por hoy la tendencia es ir suplantando lo racional-intelectual –dado en buena medida por la lectura– por esta nueva dimensión de la imagen como nueva deidad.

“Es lindo estar frente a tu pantalla. Te resuelve la vida. Uno ya no estudia, no tiene que pensar. La tecnología te lo hace todo. Aunque uno quede embobado frente a lo que ve, aunque nos demos cuenta de eso, que nos volvemos cada vez más haraganes, no deja de ser cómodo”, expresaba sin ambages un joven entrevistado en esta investigación a la que aludíamos.

Junto a eso cobra una similar importancia la fascinación con la respuesta inmediata que permite el estar conectado en forma perpetua y la interactividad, la respuesta siempre posible en ambas vías, recibiendo y enviando todo tipo de mensajes. La sensación de ubicuidad está así presente, con la promesa de una comunicación continua, amparada en el anonimato que confieren en buena medida las TICs. “Me gustan las redes sociales porque puedo tener muchos amigos. Yo, por ejemplo, tengo más de 500”, agregaba otro.

La llegada de estas tecnologías abre una nueva manera de pensar, de sentir, de relacionarse con los otros, de organizarse; en otros términos: cambia las identidades, las subjetividades. ¿Quién hubiera respondido algunas décadas atrás que prefería contestar el teléfono fijo a seguir haciendo el amor?

Hoy día la sociedad de la información, por medio de estas herramientas, nos sobrecarga de referencias. La suma de conocimiento, o más específicamente: de datos, de que se dispone es fabulosa. Pero tanta información acumulada, para el ciudadano de a pie y sin mayores criterios con que procesarla, también puede resultar contraproducente. Puede afirmarse que existe una sobreoferta informativa. Toda esta saturación y sobreabundancia de ¿información?, y su posible banalización, se ha trasladado a la red, a las TICs en general, inundando todo. De una cultura del conocimiento y su posible apropiación se puede pasar sin mayor solución de continuidad a una cultura del divertimento, de la superficialidad. Las TICs permiten ambas vías.

 

Las TIC se adecuan especialmente a la cultura juvenil

Si bien las TICs se están difundiendo por toda la sociedad global, quienes más se contactan con ellas, las utilizan, las aprovechan en su vida diaria dedicándole más tiempo y energía, y concomitantemente viéndose especialmente influenciados por ellas, son los jóvenes.

Cuando nos referimos al universo juvenil, es imposible hablar de “la” juventud. En todo caso, la sociedad global está marcada por profundas diferencias socioeconómicas y culturales que dejan ver, ante todo, un complejo mosaico de grupos e identidades. En contextos rurales del Sur a los 25 años ya se es todo un adulto/a, con varios hijos, cercano ya a la posibilidad de ser abuelos. En ciertos niveles del Norte, a esa edad todavía se vive lo que hoy denominamos “adolescencia tardía”. Pero pese a ello, más allá de esas por lo general infranqueables diferencias, hay una nota común entre los distintos jóvenes: en mayor o menor medida, son usuarios de las TICs.

Es evidente que la globalización en curso uniforma criterios sin borrar las diferencias estructurales; de ahí que, diferencias mediantes, las generaciones actuales de jóvenes son todas “hijas de las TICs”, o “nativos digitales”, como se les ha llamado. “Aquello que para las generaciones anteriores es novedad, imposición externa, obstáculo, presión para adaptarse –en el trabajo, en la gestión, en el entretenimiento– y en muchos casos temor reverencial, para las generaciones más jóvenes es un dato más de su existencia cotidiana, una realidad tan naturalizada y aceptada que no merece siquiera la interrogación y menos aún la crítica. Se trata en efecto de una condición constitutiva de la experiencia de las generaciones jóvenes, más instalada e inadvertida a medida que se baja en la edad”[11]

Los jóvenes encuentran en las nuevas tecnologías un recurso para diferenciarse de la era de los adultos, simbolizada por el reino de la radio o de la televisión. Hasta se podría extremar esto hoy día, dado el aceleramiento vertiginoso de los cambios tecnológicos, a la diferencia entre usuarios de correo electrónico (¿ya envejecido?) y las llamadas redes sociales. Cuando se calibra el atractivo de estas nuevas tecnologías digitales, puede entenderse el encanto que encuentra gran parte de la juventud en ellas. Dicho esto, en esta utopía de la red lo más importante no es la fascinación técnica, porque toda persona joven en los países ricos vive ya desde los años 70 del pasado siglo envuelta en un universo técnico.

Lo más importante es que la red se ha convertido en el soporte de los sueños eternos para una nueva solidaridad. Sin embargo se escapa la esencial diferencia en la comunicación de las TICs. Todavía se piensa que quien dice “comunicación” dice tener en cuenta el emisor, el mensaje y el receptor. Sin embargo, la gran diferencia está en que las TICs permiten como ningún otro medio masivo la interactividad, la comunicación de dos vías. Quien usa las TICs no es un mero receptor; su mensaje le llega de regreso a la presentadora de CNN que lee el mensaje que alguien acaba de mandar, así como todos los cientos de amigos que también lo reciben y que reaccionan a su vez. En el ámbito juvenil ese dinamismo echa sus raíces como en ningún otro segmento de población.

La identidad joven debe entenderse como ese momento de la vida en que se está experimentando, conociendo, abriéndose a experiencias nuevas. El mundo adulto hizo eso en su momento, y construyó lo que pudo: ya tiene una identidad y un proyecto. Los jóvenes, por el contrario, lo están elaborando. La posibilidad de estar contactando perpetuamente, abiertos de par en par a la comunicación, dispuestos todo el tiempo a intercambiar mensajes del tipo que sean con un (o varios) interlocutor(es), incluso al mismo tiempo, encuentra su campo más fértil en los jóvenes.

De ahí que las TICs se amalgamen tan bien a ellos. Valga para graficar esto, lo que en estos momentos pasó a ser parte de la normalidad entre los jóvenes (de distinto estrato socioeconómico incluso): la realización simultánea de muchas tareas, todas ligadas a las TICs (cosa que para muchos adultos sería imposible): escuchar música, chatear, hacer las tareas usando internet (dicho sea de paso: cultura del copia y pega), contestar el teléfono y mirar televisión. Todo rápido, con urgencia, quizá cada vez menos analíticamente, cada vez más centrados en la imagen instantánea. Cultura de la inmediatez, podríamos decir. ¿Cultura de la liviandad?

En esa dimensión, lo importante, lo definitorio, es estar conectado y siempre disponible para la comunicación. De esa lógica surgen las llamadas redes sociales, espacios interactivos donde se puede navegar todo el tiempo a la búsqueda de lo que sea: novedades, entretenimiento, información, aventura, etc., etc. En las redes sociales, usadas fundamentalmente por jóvenes, alguien puede tener infinitos amigos. O, al menos, la ilusión de una correspondencia infinita de amistades. Ilusión, por supuesto, porque los cientos, miles en algunos casos, de “amigos”, desaparecen automáticamente cuando se apaga el equipo.

La superficialidad no es ajena a la cultura que va de la mano de las TICs. Pero hay que apurarse a aclarar que “superficialidad” puede haber en todo, también en la lectura de un libro o en una discusión filosófica. Nos son estos nuevos instrumentos los que la crean. En todo caso, lo cual puede abrir una discusión, la modalidad de estas tecnologías, su rapidez a veces vertiginosa, la entronización de lo multimedial con acento en la imagen por sobre la lectura reflexiva, podría dejar abierto un interrogante; por tanto debe verse muy en detalle cómo estas tecnologías comportan, al mismo tiempo que grandes posibilidades, también riesgos que no pueden menospreciarse. La cultura de la ligereza, de lo superficial y falta de profundidad crítica puede venir de la mano de las TICs, siendo los jóvenes –sus principales usuarios– quienes repitan esas pautas.

Sin caer en preocupaciones extremistas, no hay que dejar de tener en vista que esa entronización de la imagen y la inmediatez, en muchos casos compartida con la multifunción simultánea, puede dar como resultado productos a revisar con aire crítico: “en términos mayoritarios [los jóvenes usuarios de TICs] adquieren información mecánicamente, desconectada de la realidad diaria, tienden a dedicar el mínimo esfuerzo al estudio, necesario para la promoción, adoptan una actitud pasiva frente al conocimiento, tienen dificultades para manejar conceptos abstractos, no pueden establecer relaciones que articulen teoría y práctica”.[12]

Pero si bien es cierto que esta cibercultura abre la posibilidad de esta cierta liviandad, también da la posibilidad de acceder a un cúmulo de información y a nuevas formas de procesar la misma como nunca antes se había dado, por lo que estamos allí ante un fenomenal reto. Los jóvenes contemporáneos, sabiendo que en esto se marcan diferencias de acuerdo a su nivel socioeconómico, de todos modos “cuentan con una ventaja en la sociedad de la información impulsada por las nuevas tecnologías. A menudo son ellos los principales innovadores en el uso y difusión de las tecnologías de la información y la comunicación”.[13]

Además, y como siempre ha pasado en la historia, son jóvenes los que ponen en marcha procesos de cambio. Las revoluciones, aunque se nutran de ideas de “viejos con espíritu de joven”, son siempre vehiculizadas por la sangre joven, por jóvenes de carne y hueso. También puede verse eso con el uso alternativo, crítico si se quiere, no light, que jóvenes le pueden dar a las TICs. Piénsese, por ejemplo, en la Primavera Árabe en el 2010 (más allá de haber sido luego cooptada por la derecha o por los mecanismos de inteligencia del sistema), los Indignados en España, el movimiento Yo soy 132 en México.

Aunque ninguna de esas explosiones de ira y reacción ante situaciones de injusticia prosperó como proyecto revolucionario de transformación social –y por cierto no se reducen sólo a redes de personas comunicadas por estas tecnologías digitales–, es importante mencionarlas en tanto ejemplo del uso de esas tecnologías yendo más allá del pasatiempo banal, del distractor. Eso reafirma que las TICs son herramientas, ni “buenas” ni “malas”. Pueden servir para el mantenimiento del sistema… o para su crítica radical y la promoción de valores anti-sistema.

Industria cultural y control social

Los sistemas se mantienen a sí mismos. En términos generales: son conservadores. Dicho de otro modo: autorregulados. Para mantenerse, para seguir siendo lo que son y perpetuarse en el tiempo, desarrollan mecanismos específicos que les permiten reproducirse. El mecanismo por excelencia para esa tarea es la cultura.

Damos por sabido que cultura es toda creación humana, aquello que se contrapone a naturaleza. No hay cultura “buena” ni “mala”, “superior” o “inferior”. Simplemente hay cultura, proceso civilizatorio, entramado simbólico que nos hace ser lo que somos: seres humanos. La cría humana, lo sabemos desde la Psicología, no está “terminada” cuando nace; en todo caso, está lista para salir del vientre materno en términos biológicos. Pero a partir de allí comienza el lento, dificultoso y a veces penoso proceso de aculturación.

No puede haber ser humano sin cultura; el instinto no asegura nada. Si fuera tan “natural” la sobrevivencia, ¿por qué los seres humanos se siguen muriendo de hambre, siendo que la comida está disponible? Si nos amamos tanto, ¿por qué hacemos la guerra? ¿Y por qué hay racismo? Son factores “humanos” justamente, sociales en el sentido amplio de la palabra, los que deciden nuestro destino. No hay instinto alguno que fije el hambre en el mundo como una constante, ni el racismo, ni el patriarcado: eso es un hecho social, por tanto histórico.

Si hay seres humanos en el sentido pleno de la palabra, es porque hay cultura; círculo vicioso que se cierra a sí mismo: ¿qué es primero: el individuo o la sociedad? Aporía sin dudas mal planteada en esos términos: no hay una cosa sin la otra. Imposible decidir qué es primero. Simplemente quedémonos con que no hay el uno sin el otro. ¿Por qué no nos relacionamos sexualmente con miembros del endogrupo? Porque hay prohibición del incesto, ley instituida en todo grupo humano y que, como toda norma, no responde a una necesidad biológica sino que habla de una relación de poderes, relación social por excelencia, juego de símbolos. ¿Por qué con mi hermana no? Justamente por eso: porque es mi hermana, porque hay un símbolo que nos constituye.

La cultura es un interminable entramado de símbolos. Eso es lo que mantiene a la sociedad, lo que la solidifica y la hace funcionar. Para usar una terminología clásica de la sociología, junto a la estructura económica de base hay una superestructura, un andamiaje ideológico-simbólico que justifica las cosas, que le da sentido. Lo que se quiere remarcar ahora es cómo la cultura actual está cada vez más mediada por las tecnologías imperantes, para el caso, por las TICs.

De hecho, en un mundo industrial (o post industrial, para algunos) asistimos a un proceso de producción cultural en forma de industria. ¿Qué es la industria, a qué llamamos industria en el mundo que nos viene desde la revolución industrial del siglo XVIII? Una producción pensada no solo para satisfacer necesidades básicas sino en función de un mercado, lucrativo para el dueño de los medios de producción, agobiante para el auténtico productor.

Hoy día la cultura es, como siempre lo fue en la historia, un mecanismo de control social, un elemento que garantiza la reproducción del sistema. Pero junto a eso es también un gran negocio. Si podemos hablar de una “industria cultural” es porque su producción masiva –que toma como modelo el proceso fordista– ha llevado a una mercantilización extrema su quehacer. Se fabrican bienes culturales con el mismo criterio que se produce cualquier bien destinado al mercado: un automóvil, un detergente o un seguro de vida. La diferencia es que los bienes llamados culturales –cuestión amplia y muy compleja– tienen la misión de funcionar como la argamasa social, son transmisores de ideología, hacen marchar el colectivo como un todo.

Si la pregunta respecto a la comercialización de los bienes culturales es pertinente o no, queda fuera de lugar; en un mundo marcado absolutamente por el mercado, donde todas las relaciones humanas quedan subsumidas bajo la categoría universal de la mercancía y su fetiche supremo que es el dinero, no hay escapatoria tampoco para la cultura. El sistema mercantil se impone, y la cultura, en su más amplio sentido, además de justificarlo y reproducirlo, da dinero (a algunos, por supuesto).

El poder controla (léase: la clase dominante, la clase que detenta la propiedad privada  delos medios de producción). Pero el poder –o los distintos poderes, para ser más exactos– pueden ejercer esa dominación en la medida que sojuzgan a quien domina. El poder nunca puede ser entre iguales; su ejercicio presupone esa asimetría de base. Si hay igualdad, no hay relación de poder.

El ejercicio de poder se puede hacer a través de dos modos: disciplinando los cuerpos concretos de carne y hueso (biopoder, podrá decir Foucault), o disciplinando las mentes. A esto último llamamos cultura (en un sentido amplio). También podríamos nombrarla “ideología”, o “matriz simbólica”; es decir: aquello que nos construye más allá del instinto.

Si hay una industria cultural ya podemos ver por dónde va la sociedad que la crea: es un entramado social conservador que hace del control, de la disciplina de la mente, del pensamiento y de los sentimientos, una esencia central de su dinámica. Si la cultura es creación, es decir: invención, libertad, “vuelo del espíritu”, para decirlo de un modo casi poético, lo que nos lega la actual industria cultural es lo más contrario a todo ello. La manipulación a la que da lugar esta producción en serie, esta gran fábrica de imágenes preconcebidas de las que las TICs son un soporte perfecto, se corresponde más con lo que dijera el Ministro de comunicación del régimen nazi que con un auténtico ejercicio de libertad: “¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (…) Toda propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de alcances de entre aquellos a quienes se dirige. (…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la idea”[14]. Dicho de otro modo: “una mentira repetida infinidad de veces termina convirtiéndose en una verdad”.

La tendencia de los biopoderes actuales, que controlan cuerpo y mente de poblaciones planetarias, herederos directos de lo expresado por este funcionario nazi, lo dijo con claridad el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky más recientemente: “En la sociedad actual el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”[15]. En otros términos: los medios de comunicación al servicio de los proyectos dominantes, de los poderes fácticos.

Luces y sombras con las TICs

Como todo proceso humano, el surgimiento de las TICs, en tanto fenómeno complejo con aristas tanto económicas como político-sociales, puede ser considerado desde distintos puntos. En cuanto tecnología, ninguna TIC –valga enfatizarlo– es “positiva” ni “negativa”. Es el proyecto en el que se dinamiza el que decidirá su uso, su utilidad social. Está claro que ninguna nueva tecnología puede pensarse con esa maniquea división: un cuchillo, por ejemplo, puede servir para trozar la comida, o para matar a alguien. Del mismo modo, la energía nuclear puede servir para iluminar toda una ciudad, o para hacerla volar por el aire. Es el uso, el proyecto humano (ético y político) el que define la “utilidad” de una herramienta, de un instrumento.

De todos modos hoy, tan recientes como son, las TICs no dejan de abrir algunos interrogantes que no se pueden soslayar en un análisis equilibrado. Sólo como recurso académico permítase diferenciar efectos “positivos” y “negativos”, en el sentido de “las cosas buenas que posibilita” y “las dudas que se abren”:

Efectos positivos

Efectos “negativos” (o cuestionables)

Amplía las posibilidades del desarrollo humano integral

Son adictivas

Facilita la comunicación con familia extensa que esté fuera del alcance físico directo o en el extranjero

Afecta la socialización en el entorno familiar

Abre grandes posibilidades en el ámbito educativo

Pueden servir como distractores (“perder el tiempo”)

Ayuda a disminuir aislamiento

Se las puede utilizar para fines criminales, como extorsión, redes de tráfico de personas, fomento de la pornografía infantil

Se desarrollan nuevas habilidades de manejo electrónico y motricidad

Los videojuegos puedan contribuir a crear climas culturales de violencia

Conecta con enorme cantidad de gente

Pueden contribuir al aislamiento y la retracción, pues obligan a pasar horas y horas en soledad

En definitiva, nada de lo encomiable ni de lo despreciable que conoce el ser humano nace específicamente con las TICs[16]. En todo caso, como tecnologías que se mueven a una velocidad vertiginosa, potencian todo, lo “bueno” y lo “malo”, lo hacen más evidente, lo sacan a la luz con una facilidad antes desconocida. Pero debe quedar claro que ni las diferencias económico-sociales existentes en la estructura social se deben a ellas –así como no se deben a ninguna tecnología específicamente, sino que responden al modo en que se ejercen los poderes–, ni la violencia es su “culpa” (haciendo entrar allí todo lo que se desee, desde el bullyng a las masacres que cada vez más regularmente producen “normales” ciudadanos sin explicación aparente). ¿Somos más violentos porque hay una enorme cantidad de videojuegos violentos en el mercado? La respuesta debe ir más allá de un mecanicismo simplista.

Una visión alarmista en torno a ellas puede contribuir a no ver su enorme potencial, que por cierto lo tienen. Ni “diosas” ni “demonios”. De hecho, estas reflexiones pueden llegan al público por medio de este tipo de medios, y esperamos fervientemente con esto no contribuir al mantenimiento acrítico de un sistema cuestionable por injusto sino, todo lo contrario, a cuestionarlo llamando a su transformación. ¿Sirven a ese cometido las TICs entonces?

A modo de conclusión

  • Desde hace unas tres décadas se vive un proceso de globalización económica, tecnológica, política y cultural que achicó distancias convirtiendo a todo el globo terráqueo en un mercado único. Esa sociedad global está basada, cada vez más, en la acumulación y procesamiento de información y en las nuevas tecnologías de comunicación, cada vez más rápidas y eficientes.

  • Los poderes dominantes (económicos, políticos, militares, culturales) tienen hoy un domino profundo a escala global. Los mecanismos de control cultural son cada vez más refinados, constituyéndose en bastiones tan importantes como el control físico que da la posesión de armas. La guerra ideológico-cultural es de primerísima importancia para el mantenimiento del sistema a nivel planetario (así como para su contestación).

  • En ese proceso en curso, las modernas tecnologías digitales de la información y la comunicación (TICs) juegan un papel especialmente importante, en tanto son el soporte de la nueva economía, una nueva política, una nueva cultura de las relaciones sociales y científicas.

  • Estas nuevas tecnologías (consistentes, entre otras cosas, en la telefonía celular móvil, el uso de la computadora personal y la conexión a la red de internet) permiten a los usuarios una serie de procedimientos que cambian de un modo especialmente profundo su modo de vida, teniendo así un valor especial, pues permiten hablar sin duda de un antes y un después de su aparición en la historia. El mundo que se está edificando a partir de su implementación implica un cambio trascendente, del que ya se ven las consecuencias, las cuales se acrecentarán en forma exponencial en un futuro del que no se pueden precisar lapsos cronológicos, pero que seguramente será muy pronto, dada la velocidad vertiginosa con que todo ello se está produciendo.

  • El desarrollo portentoso de estas tecnologías, de momento al menos, no ha servido para aminorar –mucho menos borrar– asimetrías en orden a la equidad entre los países más y menos desarrollados en el concierto internacional, así como entre los grupos socialmente privilegiados y las capas más postergadas a lo interno de las distintas naciones. Por el contrario, ha estado al servicio de proyectos políticos que remarcaron las históricas exclusiones socioeconómicas en que se fundamentan las sociedades, ayudando a concentrar más la riqueza y el poder.

  • Al mismo tiempo, aunque no contribuyeron hasta ahora a terminar con problemas históricos de la humanidad en orden a las inequidades de base, abren una serie de posibilidades nuevas desconocidas hasta hace muy poco tiempo, poniendo al servicio de toda la población herramientas novedosas que, directa o indirectamente, pueden servir para democratizar los saberes, y consecuentemente, a la participación ciudadana y al acceso a la toma de decisiones.

  • El hecho de contar con herramientas que sirven para ampliar el campo de la comunicación interactiva y el acceso a información útil y valiosa constituye, en sí mismo, una buena noticia para las grandes mayorías. De todos modos, por sí mismo la aparición de nuevas tecnologías no cambian las relaciones estructurales, pero sí pueden ayudar a nuevos niveles de participación y de acceso a bienes culturales.

  • Si bien hoy día estas tecnologías están incorporadas en numerosos procesos que tienen que ver con el mundo de la producción, la administración pública y el comercio en términos generales, en su aplicación masiva en toda la sociedad son los grupos jóvenes quienes más rápidamente y mejor se han adaptado a ellas, haciéndose sus principales usuarios.

  • En términos generales son los jóvenes los principales consumidores de estas tecnologías, estando más familiarizados que nadie con ellas, siendo ellos mismos capacitadores de sus propios padres y generaciones adultas en general.

  • En estos momentos, reconociendo que hay grandes diferencias entre jóvenes del Sur y del Norte del mundo, y que además se dan marcadas diferencias entre jóvenes ricos y pobres dentro de esas categorías Norte-Sur, las tecnologías de información y comunicación marcan a todos los jóvenes de la actual “aldea global”; la identidad “ser joven”, hoy por hoy tiene mucho que ver con el uso de estas herramientas. Sin embargo, hay marcadas diferencias en el modo de uso, y por tanto, en las consecuencias que de ese uso se deriven. Las marcadas exclusiones sociales que definen la sociedad mundial se siguen haciendo presente en el aprovechamiento de las TICs. La brecha urbano-rural sigue crudamente presente, y los sectores históricamente postergados no han cambiado en lo sustancial con el advenimiento de estas nuevas tecnologías.

  • Aunque las TICs no constituyen por sí mismas una panacea universal, ni una herramienta milagrosa para el progreso humano, en un mundo globalizado cada vez más regido por las pautas de la información y la comunicación, pueden ser importantes instrumentos que contribuyan al mismo. No apropiárselas y aprovecharlas debidamente coloca a cada individuo y al colectivo social en una situación de desventaja comparativa en relación a quien sí lo hace. De ahí que, considerando que son herramientas, pueden servir –y mucho– a un proyecto transformador.

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* En el desarrollo del presente trabajo usaremos el término TICs para referirnos específicamente al teléfono celular (o móvil), la computadora, el internet y los videojuegos.

[1] Crovi, D. (2002). “Sociedad de la información y el conocimiento. Entre el optimismo y la desesperanza”, en Revista mexicana de Ciencias Políticas y Sociales. Año XLV, núm. 185, mayo-agosto de 2002, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.

[2] Comunicación hecha por Ramiro Mac Donald, del Departamento de Comunicación Social de la Universidad Rafael Landívar, en entrevista personal.

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_digital

[4] Roszak, Th. (2005). “El culto a la información. Un tratado sobre alta tecnología, inteligencia artificial y el verdadero arte de pensar”. Barcelona. Ed. Gedisa.

[5] Urresti, M. (2008) “Ciberculturas juveniles”. Buenos Aires. La Crujía Ediciones.

[6] Annan, K. (2003). “Discurso inaugural de la primera fase de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, Ginebra.

[7] Crovi, D. Ídem.

[8] Busaniche, B. en Murillo García, J.L. (2008) “Sociedad digital y educación: Mitos sobre las Nuevas Tecnologías y mercantilización del aula”. Disponible en http://edicionessimbioticas.info/Sociedad-digital-y-educacion-mitos

[9] Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo -PNUD- (2012) “Informe Nacional de Desarrollo Humano 2011-2012. Guatemala: ¿un país de oportunidades para la juventud?”. Guatemala: PNUD.

[10] Sartori, G. (1997) “Homo videns. La sociedad teledirigida”. Barcelona. Ed. Taurus

[11] Urresti, M. Ídem.

[12] Estévez, C. (2006) “La comunicación en el aula y el progreso del conocimiento”, en Urresti, M.

[13] Naciones Unidas (2005). World Youth Report 2005. Young People today, and in 2015.

[14] Goebbels, J. En un artículo publicado el 30 de abril de 1928 en “Der Angriff”, órgano de prensa del Nacional Socialismo.

[15] Zbigniew Brzezinsky, “The Technetronic Society”, en Encounter, Vol. XXX, No. 1 (enero de 1968).

[16] Secundariamente se podría indicar que el uso de tantos equipos informáticos, con una vida útil cada vez más corta lo que lleva a su continua sustitución física, va creando una cantidad de “basura” electrónica nada desdeñable y muy difícil de reciclar. Esto es un problema derivado que toca al tema de la sostenibilidad ligado, sin dudas, a toda la problemática juvenil.

 

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Marcelo Colussi es colaborador habitual de RafTulum

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“Corrupción, “malicia”, capitalismo”: Marcelo Colussi

 

Corrupción, “malicia”, capitalismo

 

Marcelo Colussi

mmcolussi@gmail.com

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La reciente detención en Miami, Estados Unidos, del candidato presidencial guatemalteco Mario Estrada por hechos de corrupción (pretendido contacto con el Cartel de Sinaloa para pedir financiamiento para su campaña a cambio de impunidad total para el narconegocio de ganar la primera magistratura), desató una andanada interminable de comentarios, análisis y tomas de posición. El presente escrito es uno más de ellos pero, quizá, con una particularidad: no se detendrá tanto en juzgar la inmoral y condenable conducta del ahora reo de la justicia estadounidense, sino que pretende ser una reflexión quizá algo más amplia.

Las sociedades marchan de acuerdo a normativas establecidas; quienes no entran ahí, quienes no se adecuan aceptablemente van o al manicomio (psicóticos) o a la cárcel (en general: psicópatas). Los demás (neuróticos, llamados normales) más o menos soportamos la vida y vamos pasándola. Los hechos corruptos, atentatorios de esas normas sociales, son condenables. La sociedad “sana” se cuida muy bien de los ilícitos, y los castiga ejemplarmente. En algunos casos, como en la República Popular China, los hechos corruptos se castigan incluso con pena de muerte. Sin ningún lugar a dudas, tales actos son abominables, porque atentan contra el todo social, perjudican, dañan. Pero, ¿qué es la corrupción exactamente?

En 1988, un sínodo de obispos en Ecuador la consideró (caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy) “un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”.

Como se ve, es una definición bien amplia donde pueden entrar un sinnúmero de prácticas y conductas sociales. Honradez y justicia. ¿En qué medida existen? Si queremos ser rigurosos en la investigación, las cosas se comienzan a complicar.

Las sociedades, todas, presentan un discurso oficial, institucionalizado, ¿políticamente correcto habría que decir?, de sus principios morales –el que nos enseñan desde chiquitos en las escuelas y/o iglesias y repetiremos toda la vida– y una dinámica distinta, la real, que no necesariamente se corresponde en un todo con esa versión oficial. Virtudes morales, honradez, justicia… son palabras bastante altisonantes (igual que democracia, o libertad) que pueden dar para todo. En su nombre se puede hacer cualquier cosa, incluso muchas de las cuales están realmente reñidas con la honradez y la justicia. Todo lo cual nos permite ver que la edificación civilizatoria humana… tiene mucho de mentirosa.

En realidad, en las sociedades de clase basadas en la explotación de las grandes mayorías por parte de un pequeño puñado de propietarios de los medios de producción, la mentira es el basamento primero del edificio social. El Estado y toda la normativa jurídica no es sino una justificación de una mentira originaria, de una verdad siempre escamoteada. ¿Quién produce la riqueza? La clase trabajadora. ¿Quién se la apropia? Esa minúscula fracción de potentados. Luego vienen las justificaciones. Y así llegamos a que “los pobres son pobres porque no trabajan duro”, o los ricos son “emprendedores arriesgados”.

Marx dirá que el primer robo de la historia es, justamente, la propiedad privada (“Es delito robarse un banco, pero más delito aún es fundarlo”, decía provocativo Bertolt Brecht, ampliando la idea). Luego vendrá todo el aparato que invisibiliza esa realidad originaria, el robo que hay en juego, la mentira fundacional. La mentira, debidamente tratada, se convierte en verdad. (Esto siempre fue así. Ahora, más patéticamente, con un capitalismo neoliberal atroz sin anestesia, la post-verdad –léase: la mentira institucionalizada y aceptada como “normal”– pasó a ser la norma dominante. La enseñanza goebbeliana marcó rumbo).

Cuando hablamos de corrupción, por distintos motivos ya tenemos hondamente incorporada la idea (cuestionable, por cierto) que la une con conductas delictivas por parte de funcionarios públicos (desde un agente de policía hasta un presidente) donde aparece el soborno, el robo encubierto (sobrefacturación) o las “comisiones” como lo distintivo. Pero si estamos con la definición aportada más arriba, la corrupción es mucho más que eso, no solo porque hay corruptos en tanto hay corruptores, sino porque ¡el cimiento mismo del mundo es corrupto, engañoso, hipócrita!

Quizá por nuestro proverbial complejo de inferioridad latinoamericano, es ya moneda corriente pensar que pasó a ser nota distintiva de la “clase política” de la región una inveterada actitud corrupta. Lo de Mario Estrada, aunque impacta, no se hace especialmente raro porque “los países pobres son particularmente corruptos”.

Podríamos dar por terminada la reflexión ahí, quedándonos con la idea que efectivamente en el Sur prima la pobreza y la corrupción, mientras que el Norte próspero es “honrado y trabajador” (¿el secreto de su éxito?). Ese candidato presidencial detenido “refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia”. ¿Nos quedamos con el discurso oficial, o lo profundizamos?

Si lo profundizamos, vemos claramente la mentira en juego. Lo que puede hacer un candidato presidencial de un país pobre (capitalista pobre, subdesarrollado y dependiente, para ser exactos) es bochornoso, corrupto, totalmente enjuiciable… tanto como lo son similares procederes en el Norte. Si es cierto que la corrupción “se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo” [pues] “afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social”, políticos profesionales como el referido Mario Estrada son niños de pecho al lado de lo que sucede con quienes juzgan (desde una posición de poder, de superioridad) al Sur, y hacen exactamente lo mismo. ¡O cosas absolutamente peores!

Las guerras nos las declaran los corruptos políticos del Sur, o si lo hacen, es siguiendo los mandatos que reciben de las potencias del Norte. ¿Y quiénes fabrican y venden las armas que se utilizan en esas guerras? ¿Quién fija los precios de las materias primas? Los corruptos y decadentes políticos del Sur no. ¿Y quién distribuye la tonelada y media de drogas ilegales que diariamente ingresa a Estados Unidos? ¿Algún político del Sur decide las campañas mediáticas que fijan la opinión pública mundial?

El racismo que segrega y mata a tanta gente no es patrimonio de los abominables funcionarios públicos del Sur… La lista de tropelías de demasiado larga: y no se trata de procedencias geográficas. ¡Los humanos somos capaces de eso!, en cualquier punto del globo. Junto a un Hitler (¿raza superior?) hay un Idi Amín, junto a la Coca-Cola o las petroleras anglosajonas están las maquilas en condición de semi-esclavitud, o los niños-soldados del África extrayendo coltán. ¿Quién es el corrupto ahí? ¿Son honradas y justas las decisiones del Fondo Monetario Internacional? ¿Son moralmente encomiables la explotación inmisericorde de la mano de obra barata de las empresas deslocalizadas del Norte, o los paraísos fiscales? ¿Para qué se dona dinero para la reconstrucción de Notre Dame: por bondadosos o para blanquear capitales (evadir impuestos)?

Todas estas aberraciones (injusticias e inmoralidades) son parte de la estructura “normalizada” del mundo, debidamente justificada. Se entiende ahora por qué las sociedades de clase están basadas en una deleznable mentira. No hay ni honradez ni moralidad a la vista. Hay mentira y más mentira. Y el discurso oficial se llena la boca con esas altisonantes palabras de libertad, honradez, democracia, justicia. ¿Cómo pueden unos cuantos ancianos misóginos viviendo en Roma decidir sobre la conducta sexual de las mujeres del mundo? ¿Por qué se mantienen muchas veces los matrimonios pese a que desde años duermen en camas separadas? Hay demasiada mentira en juego, demasiada hipocresía.

Mario Estrada es un delincuente apresado por la DEA; pero ¿por qué la DEA solo incinera un 5% de la droga decomisada? ¿Dónde va a parar el resto? El corrupto panameño Arnoldo Noriega ahora purga prisión en Estados Unidos por narcotraficante. ¿Era “moralmente virtuoso” cuando era agente de la CIA? En Nüremberg se juzgó a los asesinos jerarcas nazis (perdedores de la guerra); ¿por qué no se juzgó a quienes lanzaron armas nucleares sobre población civil no combatiente en Japón?, ¿porque fueron ellos los ganadores? El empresario no explota al trabajador sino que le da oportunidades de trabajo. ¿Tendremos que seguir creyéndonos todo esto? Hay demasiada mentira en juego, demasiada hipocresía.

Esto lleva a las dos ideas finales: ¿es esta “malicia” una característica de la humano? La explotación, la injusticia, el afán de poder, la soberbia, ¿son características inmanentes a nuestra especie? Si lo fueran, no podría existir la esperanza de un mundo de justicia como es el socialismo (pero donde también hay corrupción, “la principal amenaza a la revolución”, según reconociera Fidel Castro). Si nos quedáramos con que nuestro destino está marcado por este “fatalidad biológica, natural”, de la búsqueda de supremacía sobre el otro, de esta instintiva “malicia”, ¿para qué intentar cambiar el curso de la historia? Nada demuestra que esto sea natural ni imperecedero. Con lo que llegamos a la última idea, la conclusión final: el mundo no es ni, seguramente, podrá ser nunca un paraíso (el único paraíso es el perdido). Pero el capitalismo, al menos para el 85% de la población planetaria, acerca más que nadie al infierno.

¿El fin del neoliberalismo en México?: Sergio Barrios Escalante

 

 

 

 

 

¿El fin del neoliberalismo en México?

 

Hace muy pocos días el presidente Manuel López Obrador, anunció públicamente el fin del neoliberalismo en su país.  No es la primera vez que él aborda de manera abierta ese enorme reto histórico (desde hace mucho tiempo forma parte de su agenda y discurso político), más sin embargo, esta es la primera ocasión en que lo anuncia con todo el formalismo, ahora en calidad de mandatario.

Más allá de la interrogante respecto a la posibilidad real de acabar con tal modelo económico por medio de un decreto presidencial, el anuncio en sí mismo ya muestra una clara intencionalidad de romper con cierta hegemonía ideológica, caracterizada por su profunda raigambre antipopular y antidemocrática, tal y como se ha implantado y profundizado por décadas en México y en muchas otras partes del mundo.

Solo el tiempo y el desarrollo de los acontecimientos nos dirán hasta qué punto el presidente Obrador avanzó por ese camino, un camino que muchos hemos denominado “proceso pos-neoliberal”.

Tal y como sabemos, en América Latina y en el mundo (aparte de Cuba y Corea del Norte), no existe ninguna sociedad que escape a la poderosa y perniciosa influencia del modelo neoliberal, razón por la cual el importante anuncio del presidente Obrador nos concita a plantearnos unas cuantas interrogantes preliminares.

De acuerdo al particular contexto socio-político, económico y cultural propio de México, es dable preguntarse:

¿Qué características básicas tendría ese proceso pos-neoliberal?

¿Cuáles serían los pasos iniciales a dar en tal sentido?

¿Cuáles serían algunas de las principales condiciones y/o precondiciones mínimas e indispensables para empezar a sentar las bases para una transición de tal naturaleza?

¿Hasta qué punto la posición geo-estratégica propia de México actuaría como un potente inhibidor para que la nación pudiese emprender tal camino?

Y, siendo que los Estados Unidos es el principal socio comercial de México, ¿Qué tipo de rol inhibitorio podría desempeñar la profunda dependencia y los múltiples compromisos económicos de México con la potencia del norte?

Estas y otras interrogantes habrán de ocupar espacio en los siguientes artículos de quien suscribe estas líneas.

 

 Sergio Barrios Escalante

Científico social e investigador. Editor de la revista virtual Raf-Tulum.  

https://revistatulum.wordpress.com/

 

 

¿Necesita modernizarse el socialismo?: Marcelo Colussi

 

 

 

 

 

 

¿Necesita modernizarse el socialismo?

 

Marcelo Colussi
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I

En la actualidad, luego de la emblemática caída del Muro de Berlín –que significó la caída, al menos momentánea, de los ideales socialistas– el mundo pareciera encaminarse hacia posiciones conservadores sin otra alternativa. Aunque no sea cierto que hayamos alcanzado el fin de la historia, el capitalismo parece haber llegado para quedarse. La llamada globalización neoliberal no da respiro, y el campo popular cada vez está más golpeado. Las izquierdas, aún shockeadas, no atinan el camino.

Desde una posición triunfalista, casi con desdén, el discurso de la derecha puede mirar socarronamente a la izquierda mostrando su “fracaso” en el siglo XX. Por cierto que hoy, luego de lo sucedido en las recientes décadas, elementos no le faltan para hacer el señalamiento. Los primeros experimentos de socialismos reales del pasado siglo no terminaron muy bien, y después de la caída del Muro de Berlín y todo el campo soviético, más los elementos de restauración capitalista en China, el discurso hegemónico de la derecha se siente imbatible.

Aunque la historia, por cierto, no ha terminado.  Si llamamos “éxito” al actual estado de cosas en el mundo, nos equivocamos, porque el resultado es francamente patético: con toda la riqueza acumulada, el hambre sigue siendo principal factor de muerte en la población planetaria. Para que un 15% de la humanidad viva satisfactoriamente, el otro 85% pasa penurias indecibles: enfermedades, ignorancia, falta de servicios mínimos, guerras y distintas manifestaciones de violencia por doquier (racismo, patriarcado, prejuicios). ¿Dónde está el pretendido éxito del sistema capitalista?

Como dijo el brasileño Frei Betto: “El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana”.

Decir que el socialismo fracasó es erróneo; en todo caso, no avanzó como se esperaba, pero definitivamente en todos aquellos lados donde existió, resolvió muchos más problemas que los que produjo el sistema capitalista. En el socialismo nadie murió de hambre, nadie permaneció analfabeto, nadie dejó de tener vivienda y acceso a servicios básicos; nunca un país socialista invadió a otro ni propició golpes de Estado. Pero sin dudas, en la actualidad, no hay muchos logros que mostrar, al lado del discurso omnipresente del triunfalismo del capital, que enceguece con sus oropeles (léase: consumismo voraz, shopping centers abarrotados y una ética del “sálvese quien pueda” individualista).

En este momento ser socialista, seguir abrazando el ideario socialista, seguir esperanzado en un mundo con mayores cuotas de justicia, no es una cuestión de pura fe, de creencia dogmática, ciega, irreflexiva. A una religión se la puede seguir por una pura cuestión de convicción, exclusivamente pasional, ilógica si se quiere (“Creo porque es absurdo”, llegó a decir un teólogo medieval.

La fe no necesita demostrarse). Más allá del análisis, incluso, se puede seguir una creencia dejándose arrastrar por la corriente. Pero seguir firme en el ideal socialista es otra cosa. Por cierto, mucho más que dejarse llevar por la corriente, ser socialista sigue siendo una decisión sopesada, una decisión en la que hasta nos puede ir la vida incluso, pero que se alimenta de un profundo principismo, de una ética firme, y de un análisis conceptual contundente.

¿Quién produce la riqueza? La clase trabajadora: de eso no podemos dudar. Se la apropia en su gran mayoría la clase dueña de los medios de producción (banqueros, industriales, terratenientes); esa es una verdad irrefutable, no es cuestión de creencia. Optar por el socialismo es manejarse con conceptos de profundidad científica (materialismo histórico) al par que seguir teniendo sensibilidad social, preocupación y respeto por la dignidad humana. Es seguir creyendo firmemente en la justicia, en que lo más importante para un ser humano es otro ser humano.

Seguir optando por el socialismo no es hacer una apología del amor al prójimo. La experiencia milenaria de la vida y las modernas ciencias sociales nos enseñan que el amor incondicional, el amor por el amor mismo no existe (los dioses omnipotentes podrán amar en forma absoluta. Los humanos de a pie, más modestamente, amamos en forma parcial, fragmentaria, con cuentagotas. El amor es siempre narcisista, conlleva una cuota de engaño).

Pero sí existe el respeto –y hay que forjar una cultura que se base en él; eso es el socialismo en definitiva–. Aunque no amemos incondicionalmente al otro (¿podríamos amar de verdad a todo el mundo?, ¿no tiene algo de mesiánico eso?), podemos y debemos respetarlo. Y la injusticia, en cualquiera de sus formas (explotación económica, subordinación de género, discriminación étnica) es una forma de irrespeto.

La otra opción que tenemos frente al socialismo, el capitalismo, la sociedad asentada en la explotación de una clase social por otra, ya hemos visto hacia dónde puede llevarnos: sólo hacia un holocausto como especie. El afán de poderío, la búsqueda interminable por la supremacía –cosas que pudiéramos estar tentados de tomar como naturales, como factor espontáneo de nuestra humana condición, pero que finalmente se descubren como construcciones culturales, históricas– no pueden ser el norte de la vida.

Si lo son, ello depende de una historia que no nos ofrece otra salida, que nos lleva a valorar un teléfono celular o una botella de whisky por sobre otro ser humano. Y ahí radica justamente el trabajo revolucionario, el ser socialista: se trata de cambiar ese mundo, esa historia, esa conciencia. Si se quiere: se trata de ir contra esa corriente dominante.

II

El capitalismo, la sociedad basada sólo en el lucro personal, olvida el respeto. Si el motor último de la vida es “la ganancia”, amén de ser una vida muy pobre en términos de valores humanos, como construcción social eso es una bomba de tiempo. En nombre de su búsqueda se puede sacrificar la naturaleza completa (la actual catástrofe medioambiental), se generan contradicciones tan profundas que ya no tienen marcha atrás y se vuelven luego inmanejables (sectores sociales “respetables” que viven defendiéndose de los “excluidos” que reclaman su lugar en el mundo, Norte rico “invadido” por pobres que escapan del Sur excluido), todo lo cual genera una bomba de tiempo que por algún lado estalla.

O, peor aún, en nombre de defender las ganancias obtenidas, se producen guerras tan mortíferas que ponen en riesgo la habitabilidad misma del planeta. De liberarse toda la energía nuclear contenida en las armas atómicas de que dispone la humanidad hoy día, se produciría una explosión tan monumental cuya onda expansiva llegaría a la órbita de Plutón… Pero ello no impide que cada siete segundos muera de hambre una persona en el mundo, siendo el hambre –¡el hambre y no la guerra!– la principal causa de muerte de nuestra especie. ¿Triste? ¿Indigno? ¿Tremendamente pobre? Eso y no otra cosa es el capitalismo. El socialismo nunca inició una guerra; el capitalismo… ya perdió la cuenta de cuántas.

La derecha podrá mostrar –con razón en muchos casos– que los experimentos socialistas tuvieron innumerables errores: verticalismo, abuso de poder, falta de libertades públicas, nepotismo, ineficiencia, burocratismo, culto a la personalidad de los líderes y una interminable lista de lacras y mezquindades vergonzantes. También la izquierda lo dice en una visión autocrítica de esas experiencias.

Ahora bien: de la derecha ya nada se puede esperar, sino más de lo mismo: explotación, saqueo, injusticia, consumismo voraz…., más todas las lacras recién citadas. Por otro lado, el abuso de poder no es un invento del socialismo. Por tanto, el único camino que brinda aún esperanzas sigue siendo el socialismo. Con sus errores, defectos y mezquindades. Pero con esperanza al final del camino. ¿Qué esperar del capitalismo, si justamente tiene como “válvula de escape”, como “salida” a sus crisis, nada menos que la guerra?” Y hoy por hoy, la industria más redituable de todas, por lejos, es la producción de armas, la industria de la muerte. ¿Ese es el éxito?

Las sociedades basadas en la explotación de clase no ofrecen salidas y son, inexorablemente, una afrenta a la equidad entre humanos. Con un horizonte socialista, sabiendo de los errores que los seres humanos cometemos (estamos condenados a ser imperfectos) y sabiendo que hay que enfrentarlos, queda al menos la esperanza respecto a que se busca la justicia, que vamos más allá de la pobreza de la “salvación” personal. La vida es demasiado indigna si se mide por la cantidad de dinero que tenemos depositada en la cuenta bancaria, por el automóvil que usamos o por la ropa que llevamos. Pues como dijo el poeta canario Víctor Ramírez, “aunque no haya motivos para la esperanza, siempre tendremos razones para la dignidad”. Y el socialismo, no olvidarlo, es dignidad.

III

Pero algo pasa en la sociedad planetaria porque luego de algunos siglos de avance contra el oscurantismo (la modernidad capitalista se erigió contra la oscura noche medieval, y el socialismo auguraba una nueva aurora luminosa), ahora se asiste a un preocupante retroceso en las ideas libertarias. Lo que se marcó como lucha por un mundo de mayor equidad durante más de cien años, desde mediados del siglo XVIII, con las primeras luchas sindicales obreras hasta los 60 o 70 del siglo pasado, hoy parece extinguido. La derecha, triunfante en términos económicos (el capital hoy va ganando la pulseada contra la clase trabajadora, sin lugar a dudas) parece haber dejado sin discurso al campo popular.

El ideario socialista de transformación revolucionaria que se levantaba hasta hace algunas décadas, lo cual inspiró heroicas luchas en todas partes del mundo, se muestra actualmente alicaído. No extinguido, pero sí en terapia intensiva.

¿Está en retirada acaso? Seguramente no, porque aquello que lo alentaba: las injusticias estructurales, las contradicciones de clase –junto a todas las otras injusticias y contradicciones que pueblan la vida humana– no han desaparecido. Por tanto, no habiéndose extinguido las causas, las consecuencias persisten. Dicho de otro modo: como continúa la explotación, el grito de rebeldía sigue presente. Pero ahí está lo llamativo justamente: ese grito se ha ahogado al día de hoy. No desapareció, pero casi no se escucha. ¿Qué está pasando?

El sistema capitalista, con ya largos siglos de experiencia (desde el siglo XIII, con sus primeros balbuceos en la Liga Hanseática en el norte de Europa, hasta su actual expansión global financiera e imperialista), ha acumulado una fabulosa cuota de riqueza, de poder y de conocimientos.

Para su conservación ha desarrollado las más refinadas tecnologías de control social, superando largamente toda forma de dominación ideológico-cultural conocida anteriormente en la historia. Los modernos medios de comunicación masiva tienen un poder de penetración y manipulación tan grande que no permite antídotos. En la lucha ideológica contra los ideales socialistas, el capitalismo está imponiéndose.

Se impone, claro está, apelando al más descarnado y repugnante juego sucio; pero en el mundo del capital no hay lugar para la ética, para las consideraciones humanísticas, para la verdad. “Una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad”, pudo sentenciar el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, haciéndose de ese lema el núcleo de la actual manipulación de las mayorías.

Solo cuenta la fría e inexorable ley de la ganancia. Para mantener esa ley, se apela a cualquier cosa: las bombas inteligentes, el engaño más sofisticado, las torturas más inimaginables o los mensajes subliminales, todo cuenta. Si sirve para mantener el statu quo, se le utilizará. El socialismo, por sus mismos principios fundacionales, no se mueve de esa manera: la dignidad humana es la regla central.

En el capitalismo, lo único que cuenta es la acumulación del capital. Si la guerra o la muerte dan buenos resultados (los principales negocios actuales son la guerra, la especulación financiera y el consumo de drogas ilegales), se les da la alegre bienvenida. Para defender su sistema de vida (representado icónicamente por el american way of life), miente descaradamente (“guerra de cuarta generación” se le llama, guerra mediático-ideológico-psicológica). ¿Puede el socialismo apelar a esas mentiras?

Definitivamente no. Pero sucede que en la pugna inter-sistemas, el socialismo no va ganando. Y en la lucha ideológica –vital, toral para lograr efectos en la humanidad, para movilizar, para preparar condiciones para mantener o cambiar las cosas– se plantea un enorme problema ético: ¿cómo hace el socialismo para equipararse con la monumental parafernalia del capitalismo, con la mentira entronizada, con el continuo “lavado de cerebro” a que se ve sometida la humanidad?

Hoy por hoy existe una gigantesca industria ideológico-cultural que el gran capital pone en marcha aceitadamente día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. El mensaje ideológico lo inunda todo: medios masivos de comunicación, redes sociales, ciberespacio, vida cotidiana manejada por titánicas fuerzas conservadoras, hoy rayanas en el neofascimo neoliberal, religiones (neoreligiones, más exactamente dicho) que obran como super efectivos mecanismos de control social.

Valga como pequeño ejemplo esto último: la avalancha de cultos neopentecostales al que se asiste hoy en toda Latinoamérica. Con un mensaje ultraconservador, reaccionario, anti Teología de la Liberación, estos mecanismos han servido para “desconectar” a millones de personas (pobres en su gran mayoría) de la preocupación por lo terrenal. Dicho de otra manera: desconectarlas de la lucha por la justicia, para auto-reconocerse como explotadas. A toda esa monumental, gigantesca, titánica oferta ideológica que inunda de cabo a rabo la vida cotidiana, ¿qué se le opone desde la izquierda?

Este escrito –quizá pesimista para algunos, pero más bien crudamente realista– es un intento de reformular la misma pregunta que se hacía Lenin en 1902: ¿qué hacer? Es decir: ¿cómo moverse ante esta avanzada fenomenal de la derecha, que se permite incluso robarle discurso a la izquierda, hablando –en forma aguada, claro está, light– de lucha contra la pobreza (¡no contra la injusticia!) y con formas políticamente correctas (lucha por la equidad de género, contra el racismo, etc.)?

¿Sirve hoy día el panfleto, la arenga a la salida de la fábrica, un mensaje enviado por redes sociales para que se haga viral (al lado de millones de mensajes similares enviados desde perfiles falsos? ¿Sirve hoy apelar a la verdad en lo que se ha dado en llamar la era de la post verdad? ¿Cómo enfrentar esa lucha de David contra Goliat? ¿Cómo organizar a una población que ya está disciplinada por los cultos evangélicos, las telenovelas de moda o los interminables partidos de fútbol que por docenas se ofrecen a diario?

No se presentan aquí las supuestas respuestas a la pregunta, las “soluciones”, el manual de procedimiento. Seguramente nadie las tiene. No hay manual. En todo caso, hay que construir las opciones. Lo que es claro es que los viejos métodos de trabajo político habrá que reevaluarlos, reconsiderarlos.

No se trata de “ponerse a la moda” sino de estudiar con profundidad dónde estamos parados. ¿Por qué ganan elecciones candidatos de ultra derecha con propuestas neonazis, hiper conservadoras, racistas? (Trump en Estados Unidos, Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Liga del Norte en Italia, candidatos neonazis en varios países europeos, Duque en Colombia, Piñera en Chile). ¿Por qué los sindicatos pasaron a ser sinónimo de basura corrupta, desmovilizadores de la lucha popular? ¿Por qué el término “lucha de clases” salió de circulación? ¿Cómo logró el sistema establecer la idea que en Venezuela hay una dictadura sangrienta, o que musulmán es sinónimo de terrorista?

Es evidente que los métodos de lucha de la izquierda deben readecuarse, repensarse. Como dijo recientemente un joven en un grupo de discusión política: “Hoy día ningún muchacho piensa en irse de guerrillero a la montaña. Eso pareciera fuera de lugar, pasado de moda. Si ya… ¡ni montaña queda!” El llamado a reconsiderar los métodos de trabajo político desde el socialismo es urgente. Y “modernizarse” no significa, en modo alguno, renunciar a los ideales.

 

Marcelo Colussi es colaborador habitual de la revista RafTulum.

Movimiento MAPCA: COMUNICADO URGENTE

Movimiento MAPCA:

COMUNICADO URGENTE

-Asesinan con arma de fuego al compañero Bribri Sergio Rojas.

Al ser las 9:15 de la noche de este lunes 18 de marzo, se escucharon 15 detonaciones en la casa del compañero Sergio Rojas, ubicada en la comunidad de Yeri, del Territorio Bribri de Salitre al sur de Costa Rica.

Después de casi tres horas la Cruz Roja y las entidades policiales confirmaron el asesinato a balazos de Sergio Rojas.

Este gran luchador bribri ya había sido víctima de varios intentos de homicidio, persecución y fue preso por razones políticas durante 6 meses en el año 2015.

Se debe recordar que el Pueblo Bribri de Salitre y el Pueblo Broran de Térraba son sujetos de medidas cautelares por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

A pesar de estas medidas internacionles que buscaban la protección de ambos pueblos, el Estado costarricense nunca tuvo la voluntad de aplicar las mismas.

Desde la Coordinadora de Lucha Sur Sur y demás organizaciones firmantes, condenamos este vil asesinato y responsabilizamos al gobierno de Carlos Alvarado y los anteriores por la muerte de Sergio Rojas y por no cumplir con su obligación de garantizar la integridad física y territorial de los pueblos originarios de Costa Rica.

Exigimos el esclarecimiento de este asesinato y que se dé con todos los autores intelectuales y materiales del mismo.

¡No a la impunidad!

¡Justicia para Sergio!

¡Justicia para los Pueblos Originarios!

Consejo Indígena Regional Pacífico Sur.

Consejo de Mayores Iriria Jtecho Wakpa.

Recuperador@s Cabecar de China Kichá.

Recuperador@s Bribris de Salitre.

Recuperador@s Broran de Crun Shurin.

Asociación de Productores de Finca 10.

Comité de lucha por la tierra de finca Changuina.

Cootraosa.

Ditsö.

Coordinadora de Lucha Sur Sur.

Derechos humanos: un buen invento… ¿para distraer?: Marcelo Colussi

 

 

 

 

Derechos humanos: un buen invento… ¿para distraer?

 

Marcelo Colussi

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Nunca tuvimos tantos derechos como ahora, pero tampoco nunca tuvimos tanta hambre como ahora”.

Rosalina Tuyuc, dirigente indígena guatemalteca

El escenario actual

En estas últimas casi tres décadas, caído el muro de Berlín y reconfigurados los poderes globales, el mundo ha cambiado mucho. Cambios, de todos modos, que en absoluto han sido para beneficio de las grandes mayorías. Se han perdido conquistas históricas en el campo popular en lo tocante a aspectos laborales, se acentuaron más aún las diferencias Sur-Norte, se remilitarizó el planeta, siguió creciendo la catástrofe medioambiental.

Hoy día, incluso, asistimos a un endurecimiento de las posiciones de derecha, rayanas ya en el neofascismo, con planteos racistas y supremacistas, dando como resultado una sucesión de pueblos que democráticamente optan por presidentes extremistas, neonazis, que mantienen furiosos discursos xenófobos y moralistas. Dicho de otro modo: poblaciones que alegremente eligen a sus verdugos.

Si a ello se suma que los embates de la crisis financiera desatada en 2008 aún no han revertido, siendo ya tan aguda como la de 1930, todo indica que tenemos un escenario prebélico similar al que desató la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que ahora los “juguetes” militares tienen un poderío infernalmente superior a los de aquel entonces, y una aventura bélica puede degenerar en el fin de la humanidad completa.

En otros términos: hoy por hoy, caídos –que no extinguidos– los ideales socialistas que condujeron las luchas populares durante buena parte del siglo XX, triunfaron ampliamente las fuerzas del capital en su versión más ultraconservadora.

Todo indica, sin dudas, que ese triunfo cambió las cosas para largo. No “terminó la historia”, como se pretendió algunos años atrás (Francis Fukuyama tuvo la desfachatez de proponerlo); pero la naturaleza del cambio en juego es, definitivamente, muy profunda, y revertirla se ve como algo muy lejano en estos momentos. La revolución socialista, tal como están hoy las cosas, está aún en espera (larga espera).

Como parte de ese triunfo, en estos momentos inapelable, se da un proceso muy particular consistente en la apropiación, por parte de las fuerzas vencedoras, del discurso que unos años atrás fuera patrimonio de las izquierdas políticas. Pero de ninguna manera esto tiene lugar por una evolución progresista de la situación internacional, por un mejoramiento de las condiciones humanas generales. Este cambio, sutilmente, puede terminar funcionando como una mordaza contra cualquier forma de descontento, de protesta.

Los discursos de género y étnico, por ejemplo –sin con esto quitarles en absoluto su inestimable valor transformador– en buena medida pasaron a ser “moda” aceptada por el establishment. Hablar de derechos humanos no es peligroso; al contrario, es “políticamente correcto”.

Cultura de derechos humanos

Los derechos humanos, en tanto forma de reivindicación de los principios que fundamentan la igualdad entre todos los miembros de la especie humana, tienen ya una larga historia, y no son, en realidad, patrimonio del pensamiento de izquierda, del socialismo en ninguna de sus versiones. Surgieron con la burguesía moderna. El mundo moderno, la concepción política y social de la industria capitalista, tiene como punto de partida justamente los derechos humanos.

Claro que –valga la salvedad– estos derechos (los llamados “de primera generación”) son de carácter individual, atañen al ciudadano, a la figura de un ente personal. Los ideólogos de ese momento tan fecundo en la historia –los iluministas franceses (Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot), los padres fundadores norteamericanos (Washington, Jefferson, Franklin), ubicados todos en los finales del siglo XVIII– concibieron un mundo de las libertades del individuo, superando así los lastres todavía feudales, monárquicos y teocéntricos con que se movían las sociedades europeas de ese entonces, y sus respectivas colonias al otro lado del Atlántico (lastres que, en muchos casos, persisten aún en algunos países, no los llamados “centrales” sino en los “periféricos”, en el Tercer Mundo, donde la idea de derechos humanos sigue siendo vista como una bandera de la izquierda).

Pero de ninguna manera estos derechos, la formulación teórica de esos principios, su visión fundamentalmente jurídica, pueden conectarse con lo que, un siglo más tarde estaría proponiendo el materialismo histórico y la profunda revolución teórica impulsada por sus fundadores, Marx y Engels.

En ellos no se trata de “mejorar la sociedad existente” sino de “construir una nueva” aboliendo la preexistente. El socialismo no es “políticamente correcto”: es revolucionario, lo cual es muy distinto.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, surgida en la Revolución Francesa (machista, ni siquiera se menciona a la mujer, de ahí que dos años más tarde de su aparición Olympe de Gouges proclamó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana), no contempla como un eje fundamental la estructura económico-social.

El acento estaba puesto totalmente en el ciudadano como ente político: libertad de expresión, de asociación, de locomoción. Debieron pasar años –y correr mucha sangre, con interminables listas de mártires que dieron su vida por cambiar esa sociedad– para que las diferencias económicas fueran consideradas igualmente como algo atinente al ámbito de los derechos humanos generales (los llamados derechos colectivos, derechos “de segunda generación”); y mucho más aún para que se consideraran los llamados universales (“de tercera generación”): derecho a la paz, a un medio ambiente sano.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, la Organización de Naciones Unidas contempla todas esas “generaciones”, agregándose luego una cuarta: los derechos de las minorías, indicando el respeto debido a los “diferentes” del colectivo, pero en todos los casos, lo económico-social es siempre visto en una perspectiva de “corrección política” (por ejemplo: derecho al trabajo, o a un salario justo), presuponiendo “natural” la explotación, es decir: la confrontación de clases sociales).

De todos modos, por su nacimiento, por cómo fue tejiéndose su historia, el campo de los derechos humanos sigue estando asociado fundamentalmente a la esfera político-civil. Si bien no es una especialidad jurídica, todo apunta a esa identificación. En una aproximación rápida –y sin dudas superficial– puede llegar a identificárselos con democracia –hoy día palabra ya muy desgastada, que a base de tanto manoseo significa todo y no significa nada. En su nombre, por ejemplo, puede invadirse otro país y matarse seres humanos–. Estados Unidos y la OTAN han invadido numerosas veces a naciones soberanas para “restablecer la democracia”. Incomprensible para un extraterrestre, pero esa es la dura realidad humana, con la que se nos bombardea a diario desde los medios masivos de comunicación con los que se moldea la opinión pública.

 

Derechos humanos e izquierda

Si bien en los países latinoamericanos ha ido tomando en los años recientes un cariz de denuncia, el tema de los derechos humanos no necesariamente está ligado a los proyectos políticos de izquierda. De todos modos, su formulación puede conllevar algo de contestatario, en tanto abre una crítica contra una situación dada (cualquiera fuere, sin incluir allí forzosamente una lectura de la sociedad en términos de luchas de clases: denuncia cualquier tipo de discriminación, de injusticia).

De acuerdo al contexto en que se haga, levantar la voz contra el Estado como violador de derechos humanos puede tener un sentido de profunda acusación, y por tanto, de proyecto de transformación. En Latinoamérica, más aún en las pasadas décadas cuando los Estados contrainsurgentes se constituyeron en los peores violadores de derechos humanos (Estados contrainsurgentes y terroristas en el marco de la Guerra Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional), violadores del derecho básico y primordial del derecho a la vida incluso, con masacres y desaparición forzada de personas, levantar la voz contra esas tropelías era profundamente subversivo.

En esas latitudes los poderes dominantes criminalizaron los derechos humanos, y hoy no es infrecuente ver que se los liga –interesadamente, por supuesto– a la idea de “defensa de los delincuentes”, así como años atrás se los ligaba a “defensa de guerrilleros subversivos”. Pero los derechos humanos no tienen forzosamente el color de la izquierda.

Protestar, o incluso demandar al Estado porque permitió, por ejemplo, la construcción de un aeropuerto muy cerca de una ciudad dado que eso hace molesta la vida cotidiana de sus habitantes por el ruido excesivo (escenario posible en un país escandinavo, digamos), no conlleva ninguna semilla de transformación social. Es, simplemente, una protesta respecto a algo que atenta contra la calidad de vida.

Como vemos, entonces, el campo de los derechos humanos es tremendamente amplio y puede dar para un enorme abanico de posibilidades. Más aún: en países como los escandinavos donde las necesidades primarias están totalmente resueltas, tiene pleno sentido preocuparse por la calidad de vida y atacar esos excesos del Estado; en la mayoría del mundo, el Sur, el Tercer Mundo, donde “la vida no vale nada”, seguir vivo cada día ya es un logro. Dada la pobreza crónica y la violencia demencial que les inunda, la calidad de vida (protestar por la cercanía de un aeropuerto, o por el no maltrato a los osos panda, por ejemplo) suena a chiste de mal gusto.

Plantear cambios profundos, o incluso plantear cualquier cambio, ha sido hasta ahora una afrenta intolerable para los poderes constituidos, que son siempre conservadores, en cualquier parte del mundo.

Sin embargo hoy, en esta fase de triunfo absoluto del capital, se da este fenómeno del avance de un pensamiento que recoge la idea de derechos humanos; es posible decir en voz alta todo aquello por lo que hace algunas décadas se masacraban poblaciones completas.

En ese sentido podríamos estar tentados de considerar que ha habido un progreso político, cultural. Tenemos el derecho a exigir respeto a la vida tanto como condiciones dignas de vida; por tanto todos podemos expresar abiertamente tener derecho a vivir en paz, a no ser discriminados por ningún motivo, a expresar sin temor nuestra opción sexual o nuestra preferencia religiosa.

Cosas quizá impensable en el marco de la Guerra Fría, donde una visión maniquea de la realidad no permitía estos matices, importantísimos sin duda, y donde todo se reducía al modelo económico en juego: o se estaba con un bloque ideológico (derecha capitalista, liderado por Estados Unidos) o con el otro (izquierda socialista, comandado por la Unión Soviética). Lo demás no contaba.

 

Sobre el “progreso” ético

Insistamos con la idea: podemos estar tentados de considerar que hay una sustantiva mejoría en la condición humana. Hoy, en medio de una ya extendida cultura de derechos humanos, no se podría linchar impunemente a una persona negra –como pocas décadas atrás todavía hacía el Ku Klux Klan en el sur de Estados Unidos–, y hasta, por el contrario, un afrodescendiente puede ocupar la Casa Blanca (Barack Obama); o nadie agrediría públicamente a un homosexual por su condición de tal –al menos en Occidente– sin consecuencias legales.

Aunque se los siga explotando de manera inmisericorde, nadie se atrevería a mencionar en público algo insultante contra los pueblos originarios del continente americano, y en cualquier país de Latinoamérica ya no sorprende que su presidente sea una mujer, pese al machismo patriarcal todavía reinante. No hay dudas que se ha dado un paso adelante, por lo menos en lo declarado. Lo “políticamente correcto”, siempre de la mano de la idea de derechos humanos, se ha impuesto en forma universal.

Sin embargo –y esto es lo que debe puntualizarse con preocupación– en nombre de los derechos humanos (asimilándolos al discurso de la democracia) se pueden esconder situaciones de la mayor injusticia. En su nombre se puede hacer cualquier cosa. Sólo para ejemplificarlo con algo que ya hemos olvidado, pero que sigue siendo una herida abierta: en Kosovo, en plena Europa, hace apenas unos años se masacró a población civil llegándose a hablar con toda tranquilidad de “bombardeos humanitarios” (sic) en nombre de los derechos humanos. O en su nombre, por ejemplo, se puede llamar a la “resolución pacífica de conflictos” (un conflicto gremial, digamos) allí donde en realidad no hay conflictos sino reivindicaciones legítimas.

El discurso de los derechos humanos es universal; pero por ello mismo es tan amplio que da lugar a todo. Es el Estado quien debe, en principio, garantizar su cumplimiento. Pero si las políticas impuestas por la globalización del capital van contra el Estado: ¿a quién se lo exigimos entonces? Si se toma al pie de la letra lo que los derechos humanos nos confieren como facultades para la población, y se exige en consecuencia –aunque no sepamos claramente a quién exigirle–, si se los pone en práctica, por fuerza se abren confrontaciones: si todos tenemos derechos a una vida digna, sin dudas alguien demasiado “afortunado” en la distribución de las riquezas tendrá que renunciar a sus derechos a la propiedad (pocas manos detentan el 50% de la riqueza total del mundo); si todos tenemos derecho a la paz, hay que terminar con la industria bélica y la hegemonía militarista estadounidense, que gasta 35,000 dólares por segundo en aprovisionamientos para la guerra (¿alguien sabe cómo hacerlo?); si todos tenemos derecho a un medio ambiente sano, ¿cómo cambiamos el modelo de desarrollo insostenible en curso que inexorablemente nos lleva a una catástrofe medioambiental global?, ¿a quién se le exige ese cambio?

Con todo esto, en definitiva, queremos decir que en la forma en que se concibe todo el campo de los derechos humanos existe el riesgo (insistamos: existe el riesgo, lo cual no significa que ello pase siempre) de quedarse en un discurso vacío, sin incidencia en la realidad. El epígrafe del presente texto lo dice de un modo tragicómico: el socialismo científico de Marx y Engels nos dan la pista de cómo es una sociedad y por dónde van las cosas para cambiarla. Los llamados derechos humanos son una pátina prometedora, pero que se queda inexorablemente en la promesa.

Mucho de las agendas de la izquierda de hace un par décadas es asumido hoy como plataforma de los grandes factores de poder, incluidos los derechos humanos. ¿No es, como mínimo, llamativo este corrimiento? La izquierda global, definitivamente, hoy está huérfana de propuesta.

Eso no significa que el conflicto inmanente que denuncia el socialismo (lucha de clases) esté resuelto: significa que la pícara y oportunista derecha sabe muy bien qué hace, y le ha tapado la boca al discurso de izquierda. Lo cual lleva a plantearse urgentemente y con necesidad imperiosa por qué el campo popular y el ideario socialista están tan golpeados, y cómo hacer para rehabilitarlos en su genuino y justo poder transformador.

Marcelo Colussi es colaborador habitual de RafTulum

¿Por qué se impone la ultraderecha?: Marcelo Colussi

 

 

 

 

 

 

¿Por qué se impone la ultraderecha?

 

Marcelo Colussi

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Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando.

Warren Buffett, multimillonario estadounidense

Con suma preocupación puede verse como, en estos últimos años, las tendencias políticas dominantes se han venido inclinando poderosamente hacia la derecha en todo el mundo. El fenómeno parece instalado con mucha fuerza, y nada hace pensar que en lo inmediato pueda revertirse. Por el contrario, parece extenderse.

Ello, por supuesto, no quita que las mismas poblaciones que han elegido en las urnas a esos candidatos de ultraderecha, se vean perjudicadas por las políticas que los ungidos aplican, y que consecuentemente protesten. Lo curioso es cómo, pese a que la situación económico-social dominante en la mayor parte del mundo no es buena (o es desastrosa), los votantes se inclinan por propuestas tan antipopulares.

Sin caer en el simplismo, o peligro ideológico, de afirmar que las poblaciones son “ignorantes” en términos políticos, podrían proponerse cuatro elementos para explicar el fenómeno, sin dudas interactuantes entre sí:

  1. Crisis general del sistema capitalista

 

El sistema capitalista global viene sufriendo una crisis desde hace ya una década, que golpea fundamentalmente en el Norte, pero también con repercusiones en los países capitalistas periféricos. La crisis financiera desatada en el 2008 aún no ha terminado, y la supuesta reactivación económica no llega. Eso no significa que sea una crisis terminal. Para la principal economía del mundo, Estados Unidos, el negocio de la guerra es siempre una válvula de escape: inventar guerras en cualquier parte, lejos de su territorio obviamente, lo que le permite reconstruir los países destruidos (ganando por ello) y mover su complejo militar-industrial, ariete dinamizador de su economía doméstica. Para las potencias europeas y para Japón, los embates de la crisis son más profundos.

Por otro lado, el traslado de buena parte de su parque industrial a los países pobres del Sur (aprovechando los bajos salarios de allí, las exenciones fiscales, la falta de controles ambientales y de trabajadores sindicalizados) ha dejado empobrecida a su propia población trabajadora. Para las compañías multinacionales no hay problemas, sino por el contrario: mayores ganancias. Pero para los asalariados nacionales (obreros industriales, clase media), ese traslado sí ocasiona pérdidas. Es obvio que el capitalismo está hecho a la medida de las empresas y no de los trabajadores. Como respuesta a esa crisis, el discurso político busca chivos expiatorios en los migrantes indocumentados (latinoamericanos para Estados Unidos, africanos para Europa). Ante la crisis, la respuesta visceral y emotiva que pone la causa de los males en esos “ilegales que quitan puestos de trabajo” es una salida rápida: hay que levantar muros para frenar las migraciones. De ahí a posiciones fascistas, racistas y xenofóbicas, un paso.

El paso está dado, por ello los triunfos electorales en muchos países del Norte, con una marcada carga anti-inmigrantes. Lo que parecía increíble algunos años atrás, es ahora una cruel realidad. El neonazismo no está muerto. Evidentemente la manipulación de las masas es fácil, y hoy día las técnicas ad hoc son super eficientes.

  1. Consecuencia del neoliberalismo imperante

 

En los países del Sur las políticas neoliberales hace ya unas cuatro décadas que se vienen implementando. Es decir: proyectos de absoluto beneficio para los capitales (nacionales y globales), que postran totalmente a la clase trabajadora, sojuzgándola y chantajeándola en forma continua (tener trabajo es ya un “privilegio”, y hay que cuidarlo a toda costa, por lo que debe agacharse la cabeza y aceptar cualquier condición laboral). A su vez, esas políticas profundizan la dependencia del Sur respecto a las economías prósperas del Norte, aumentando a niveles impagables las deudas externas, con una continua transferencia de riqueza que posterga por décadas el desarrollo, o simplemente lo impide.

Pero aunque parezca increíble, esas políticas absolutamente antipopulares –que, por supuesto, han recibido y siguen recibiendo el rechazo de los pueblos, en forma violenta muchas veces–, también han calado en la conciencia colectiva. Con una prédica interminable sobre la ineficiencia del Estado como administrador, endiosando hasta niveles supremos la calidad de la empresa privada (engañosamente, por supuesto), una población desesperada y falta de proyecto político (por la ausencia de organizaciones de izquierda con verdadera fuerza), puede caer fácilmente en la manipulación y apostar por discursos mesiánicos, profundamente conservadores.

La tendencia actual, en buena medida mediada por las iglesias evangélicas fundamentalistas de ultraderecha, es buscar respuestas efectistas, viscerales, que prometen soluciones casi fantásticas con una confusión de base que permite creer en “salidas mágicas” (la “mano dura” para terminar con la delincuencia, un discurso de ribetes moralistas que pone como chivo expiatorio a la corrupción –la corrupción es efecto y no causa–). Todo eso permite el triunfo de propuestas de ultraderecha, contrariamente a lo que parecería indicar la lógica.

 

  1. Manipulación fabulosa de las masas

 

Todo lo anterior, en el Norte y en el Sur, responde a una “ingeniería” social magistralmente trazada por los grupos de poder, Estados Unidos a la cabeza. El manejo de las masas alcanzó niveles increíbles con las modernas técnicas de psicología social-publicitaria y mercadotecnia, y la manipulación logra verdaderos “milagros”. La masa (lo cual hacer recordar a la masa de panadería, por lo maleable que resulta), según el psicólogo de las multitudes Gustave Le Bon, es “Una agrupación humana con los rasgos de pérdida de control racional, mayor sugestionabilidad, contagio emocional, imitación, sentimiento de omnipotencia y anonimato para el individuo [por lo que] la multitud es extremadamente influenciable y crédula, careciendo de sentido crítico.” Evidentemente, esa caracterización estaba en lo cierto, pues hoy vemos cómo los grupos dominantes, sin el más mínimo pudor, apelan a las más increíbles mentiras para mantener engañado al público. Y por cierto, lo consiguen con muchísima eficiencia.

Los medios masivos de comunicación, las redes sociales que posibilita el internet con los net centers o troll centers operando (mentiras organizadas), la promoción inmoral de lo que hoy día se ha dado en llamar –con total tranquilidad y desvergüenza– fake news (noticias falsas), mantienen el mundo de la llamada “post verdad”. Ya no hay verdades, eso no importa; lo único que cuenta es el efecto que se consigue con un mensaje. Y aunque se hable de “desarrollo” y “evolución” de los pueblos, todos somos bombardeados a diario con innúmeras mentiras, grotescas, burdas, pero que a la postre dan resultados. Para el caso, no hay pueblos “evolucionados” y “cultos” que saben identificar las manipulaciones: todos caen bajo el mismo rasero.

La Guerra Fría, en términos ideológicos, no ha terminado, sino que continúa al rojo vivo. El más visceral anticomunismo, absolutamente primitivo en términos de racionalidad pero efectivo en términos políticos, no está frío: está enormemente caliente. Para muestra estos dos sencillos ejemplos: buena parte de la clase media antichavista de Venezuela cree a rajatablas que en las lámparas ahorradoras de procedencia cubana facilitadas por el gobierno bolivariano a la población… ¡hay instalados micrófonos! (sic). Y el Senado estadounidense fue convencido por el lobby guatemalteco (exponente de las mafias empresariales-políticas-militares que manejan el Estado) que la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–, financiada por el mismo Estados Unidos, es “comunista”, cuando en realidad se trataba de una instancia que investigó parte de los ilícitos de esos grupos de poder (recontra sic).

En el Norte con la prédica anti-inmigrante, en el Sur con la cantinela anti-corrupción (“el problema de los males sociales serían los malos funcionarios que roban del erario público”), esa proliferación infinita de mentiras ha logrado que los electorados terminen aprobando propuestas mesiánicas de ultraderecha.

 

  1. Crisis en las propuestas de izquierda

 

El anticomunismo al que nos referimos, aunque pueda parecer burdo, es una absoluta realidad, cruda y brutal. Y lo peor de todo: con evidentes efectos. Como lo dice el epígrafe citado, obviamente que hay lucha de clases. Y están al rojo vivo. Todo el siglo XX fue una brutal demostración de ello. La Guerra Fría que dominó buena parte de las pasadas décadas fue una expresión de ello. Sucede que con la caída del Muro de Berlín la derecha dio un golpe enorme. No mortal, pero sí que dejó fuera de combate por un tiempo todas las propuestas de transformación.

En ese sentido, el ideario de izquierda, que obviamente no ha desaparecido ni dejado de tener validez (porque si hay clases enfrentadas, la izquierda es la expresión de una de esas clases: la clase trabajadora), hoy día fue adormecido. La reversión de esos dos grandes procesos históricos que fueron la revolución rusa y la china, permitió a la derecha sentirse victoriosa. De ahí que declaró su triunfo, el fin de las ideologías y la terminación de los conflictos interclasistas. Pero la realidad, siempre tozuda, muestra que ello no es así. De todos modos, las izquierdas han quedado muy golpeadas, y su propuesta en la actualidad no parece encontrar mayor eco.

No caben dudas que la lucha ideológica, en este momento, tiene como ganador al capital. Las ideas socialistas, las ideas de transformación revolucionaria de la sociedad, hoy están desacreditadas, y la derecha se encarga muy bien de remarcarlo.

Por otro lado, los gobiernos progresistas habidos en Latinoamérica en estas últimas décadas no pudieron pasar de propuestas capitalistas redistribucionistas, sin tocar los cimientos básicos de la sociedad. Las fuerzas del capital supieron reacomodarse, y el discurso político de derecha tomó nuevamente la supremacía. Si bien hay reacción popular, descontento, expresiones antisistémicas por todos lados, esos fermentos no encuentran de momento una direccionalidad racional que permita modificar el sistema dominante. Hasta se podría decir que los gobiernos de centro-izquierda que conocimos últimamente, donde también se dieron hechos de corrupción, funcionaron como una “mala propaganda” para el ideario de transformación social, para el campo popular. Ello, arteramente utilizado por la derecha, propició la aparición de estas respuestas ultras. El agotamiento de los reformismos permitió la contraofensiva hiper conservadora y fundamentalista. No hay en este momento una claridad ideológica que muestre el camino para los sectores populares, lo cual no significa que las injusticias hayan terminado (por tanto, el discurso contestatario de izquierda sigue teniendo vigencia). La cuestión es encontrar esos caminos.

¿Qué hacer entonces?

Quedarse llorando este retroceso no sirve. En todo caso, hay que reconocer que en este momento las propuestas de izquierda siguen estando golpeadas, sin rumbo claro. Pero reconocer eso es justamente lo que podrá ayudar a encontrar ese rumbo, por ahora ausente.

El campo popular está desconcertado, hipócritamente manipulado, conquistado por los grupos neoevangélicos que funcionan como monumentales instrumentos de control social y freno a la protesta. El embobamiento a través de los medios de comunicación y las redes sociales es proverbial. ¿Cómo es posible que se pueda hablar con toda impunidad de post verdad? Obviamente la lucha ideológico-cultural está muy bien manejada por las fuerzas del capital. Ante todo ello no se puede oponer sino una frontal lucha ideológica, para rescatar la verdad. El ideario socialista no está muerto; en todo caso, como dijera Frei Betto, El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana”.

Por todo ello, la lucha sigue. Y la verdad, aunque se quiere empañar con fake news y “post” verdades, ahí está presente, esperando la justicia.