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Guatemala: La política no es “cosa de locos”… ¿O sí?: Marcelo Colussi

 

 

 

 

 

Guatemala: La política no es “cosa de locos”… ¿O sí?

 

Marcelo Colussi

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“Locura” no es un término científico. Si bien es cierto que se asocia inmediatamente con la siempre mal definida idea de “enfermedad mental”, hay que hay notar que es, en todo caso, una designación de signo ideológico que sirve para marcar, para etiquetar, para sacarse de encima lo que molesta a la “sana” normalidad. Proviene del latín “locus”: lugar, significando entonces –jugando un poco con la semántica–: “el que está en un lugar determinado, que no es el lugar correcto”.

Padecer “locura”, estar “loco”, entonces, sería no sólo haber perdido el sano juicio sino ocupar un lugar de exclusión. Y, por supuesto, ahí entra de todo un poco, desde psicóticos alucinados a marginales varios, desde “inmorales” de toda laya hasta todo aquel que la “sana” conciencia ve como raro, peligroso, un atentado al orden y las buenas costumbres.

“Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, se ha dicho por allí (expresión atribuida incorrectamente a Nicolás Maquiavelo, pero en verdad del francés Joseph de Maistre), frase que levanta las más enconadas reacciones. En todo caso, hay que situar la aseveración: la clase política es una expresión de la dinámica social. No es que, como pueblo, nos merezcamos “corruptos y ladrones”. Sucede, en todo caso, que los políticos profesionales que supuestamente representan a las grandes mayorías son una expresión –¿un síntoma?– de cómo funciona la sociedad en su base.

Hay que partir entonces por entender qué es la política. Tal como están las cosas, vale la mordaz definición de Paul Valéry: “Es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que realmente le atañe”. Y deberíamos agregar: “haciéndole creer que decide algo”. La política en manos de una casta profesional de políticos termina siendo en muchos casos una perversa expresión de manipulación de los grupos de poder, lo cual no tiene nada que ver con la repetida idea de democracia. Aunque votemos cada cierto tiempo, las reales relaciones de poder van por otro lado, no se deciden en una urna. ¿Quién está “loco”: el político, el que lo elige, la sociedad en su conjunto?

Vale preguntarse con carácter crítico todo esto. Pero sin apelar necesariamente a la Psicopatología, a la Psiquiatría ni a la Psicología clínica. Aunque, sin dudas, mucho de lo que pasa en el plano político es “cosa de locos”.

En Guatemala vivimos una sociedad llamada “post-conflicto”. Pero realmente muy lejos estamos que esto sea “post”. Formalmente terminó la guerra hace ya casi 22 años, aunque el conflicto al rojo vivo sigue siendo nuestra más cotidiana realidad. Una violencia desatada –no sólo la delincuencial; habría que meter ahí diversas formas de violencia como el linchamiento, el racismo, el machismo, la cultura autoritaria, la tenencia desaforada de armas de fuego, factores todos que sobredeterminan nuestra vida cotidiana– junto a una corrupción y una impunidad que ya se nos hicieron normales, son el pan nuestro de cada día. “Sólo borracho se puede vivir aquí” dijo el guatemalteco Premio Nobel de Literatura 1967 Miguel Ángel Asturias. No se equivocaba mucho. De hecho, el alcoholismo tiene una prevalencia muy alta en la población. Y no está de más recordar que dos de las familias más ricas del país son precisamente los fabricantes de cerveza y de ron.

E igual que el alcoholismo, otras cosas nos obligan a pensar cómo somos, por qué actuamos como actuamos (200 personas por día salen del país buscando el “sueño americano” sabiendo que una de cada tres llega mientras otra muere en el intento, un tercio de las mujeres son madres solteras porque los padres biológicos se esfumaron, quien fuera sentenciado por crímenes de lesa humanidad -el general José Efraín Ríos Montt- sale libre 24 horas después de la sentencia, la jueza que lo juzgó es sancionada y a quienes protestan porque no tienen para comer se les mete preso).

Parecen cosas de locos. Nos declaramos una sociedad católica que no acepta el matrimonio homosexual, pero el país presenta uno de los índices más altos de realización de abortos (ilegales) en Latinoamérica (quinto lugar en el continente, 170 diarios, aunque nos golpeemos el pecho y se movilicen 100,000 personas para adversarlo, como ocurrió recientemente), y el crecimiento de mujeres transgénero que ofrecen servicios sexuales pagados en la ciudad de Guatemala marca un 1,000% de aumento en la última década. ¿Una locura? Por cierto, ningún “macho” se declara usuario de estos servicios. ¿Quiénes serán entonces?

Como vemos, hablar de locura, o de lo que sería su contraparte, la salud mental, no se agota ni por asomo en un planteo psiquiátrico. Implica forzosamente hablar de cómo es la sociedad, cómo es nuestra historia, de por qué actuamos así: ¿quién protesta porque se le haga viajar en un bus atestado cobrándole lo que el chofer quiera, o colgado del paragolpes, o incluso en el techo? ¿Cómo es posible que, desde un racismo visceral, alguien pueda ufanarse de “ser pobre pero no indio”? ¿Por qué tenemos la clase política que tenemos? ¿Por qué gana la presidencia una propuesta de “mano dura” para terminar con la delincuencia, haciéndonos creer que eso es posible?

¿Por qué terminamos creyendo que “las maras” son el principal problema nacional, y no la pobreza estructural que afecta a más de la mitad de la población y las genera en las barriadas marginalizadas? ¿Por qué la población pudo votar masivamente por un comediante que “vendió” actoralmente la imagen de no-corrupto, siendo luego en la práctica tan corrupto como cualquiera de los presidentes anteriores?

Ahí viene entonces nuestro planteamiento principal del problema: la política, como expresión superior de las relaciones de poder dentro de la sociedad, se ve muy enferma. Y más “enfermos” aún se ven muchos de quienes la practican profesionalmente. La corrupción, la malversación de fondos públicos, el pasarse de un partido a otro como práctica ya común sin el respeto por los valores mínimos de los votantes, la falta de proyectos y la pura improvisación, todo eso ¿no es “locos”?

La salud mental de una nación no tiene que ver tanto –o casi nada– con diagnósticos psiquiátricos estigmatizantes sino con esa capacidad de poder llevar gozosamente la vida. Ahora bien: si “sólo borrachos” podemos mantenernos, más allá de la exageración literaria del Premio Nobel, eso algo nos dice. Con más de 30 años de retorno de la democracia y más de dos décadas de “paz”, la vida en Guatemala sigue siendo complicada, difícil, agobiante. Y ni hablar de la situación económica.

Se prohíbe la llegada de un grupo musical “blasfemo”, como los suecos Marduk, pero hay aldeas donde no existen escuelas pero sí cantinas e iglesias evangélicas. Es un país productor neto de alimentos (“hombres de maíz”), pero tiene el segundo índice de desnutrición crónica en Latinoamérica, y el quinto a nivel mundial. ¿Estamos todos locos?

A las Abuelas de Plaza de Mayo, en Argentina, el poder constituido las trató de “locas”. ¡Y sin dudas no lo estaban! Del mismo modo, si bien la vida en Guatemala no es muy fácil que digamos, de ningún modo ¡estamos locos!…, aunque el clima general sea enloquecedor. ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué la clase política da muestras de esta generalizada “insanía”? ¿Por qué, por ejemplo, la actual loca disputa de sectores ultra reaccionarios para evitar que se investigue la corrupción? ¿Cómo es posible que un adalid de los tanques de pensamiento de derecha como Gloria Álvarez tenga que vivir fuera del país para evitar procesos judiciales por corrupción? ¿Puros mensajes enloquecedores? Terminó la guerra, pero hay ahora proporcionalmente más armas de fuego en manos de población civil que durante el conflicto interno. ¿Cómo explicar todo esto?

Dentro de unos meses habrá elecciones presidenciales. Eso puede significar una posibilidad para tratar de cuestionar algunas cosas que no funcionan. Mientras sigue muriendo población por hechos de violencia armada, mueren en la misma proporción –o mayor aún– otros guatemaltecos… ¡por hambre! ¡Qué locura! Y con una artera maniobra politiquera se quiso hacer pasar una ley que ponía en absoluto peligro la soberanía alimentaria. Camotán y su hambruna crónica son noticia, curiosamente, sólo en algunas administraciones presidenciales.

Pero Guatemala es uno de los países más desnutridos del mundo, aunque produzca mucha caña de azúcar o palma africana para destinar al etanol que llena los tanques de combustible de los vehículos en el Norte quitando tierras a la producción de alimentos. ¡Qué locura!, ¿no? Y los políticos lo avalan…o son los gestores de esto. Recuérdese al en relación a ello la oprobiosa Ley Monsanto, votada incluso con el beneplácito de los pocos congresistas de “izquierda” que hay.

¿De qué sociedad democrática hablamos en Guatemala entonces? ¿Cómo es posible que la violencia, a dos décadas de terminada la guerra interna, no desaparece sino que aumenta? Ahora pasaron a ser comunes los desmembramientos y el sicariato infantil, mientras a diario suben las ventas de drogas ilegales y de teléfonos celulares inteligentes. ¿Estamos todos locos? Por cierto, el 10% del Producto Interno Bruto lo aporta la narcoactividad.

¿Qué tal si intentamos reflexionar sobre todas estas “locuras”? Reflexionar y buscarle alternativas, más que “ponernos borrachos” (como pudo constatar y denunciar con consternación Miguel Ángel Asturias). Quizá no estamos locos, aunque todo esto que mencionamos tenga mucho de locura. ¿Cómo construir, cómo afianzar nuestra salud mental en un medio tan hostil, tan plagado de problemas y con tan pocos caminos a la vista?

El desmembramiento de personas del que hoy nos escandalizamos, o la quema de un ladrón de gallinas o de teléfonos celulares que se comente en cualquier punto del país, (¿”justicia popular” o “barbarie”?), fueron práctica común en los años del conflicto armado realizada contra algún colaborador del movimiento guerrillero en la población civil no combatiente en áreas rurales, aunque de ello no se hable. Pedagogía del terror, se le llamó: se repite activamente (quemar a un ladrón, por ejemplo), lo que se padeció pasivamente.

Y si el Poder Legislativo echa un manto de olvido sobre el genocidio con un acuerdo gubernativo que llama a la “concordia nacional” y a “dejar atrás el pasado”, eso no parece muy sano. Así no se arreglan los problemas. Vale la pena recordar lo que reza un cartel a la entrada del infame Museo Memorial del Horror de Auschwitz: “Olvidar es repetir”. En Alemania todavía se siguen inaugurando monumentos recordatorios de la locura nazi para no repetirla; aquí se cierra el capítulo de la guerra por ley. ¿Se obtendrán buenos resultados así?

La única manera de hacer prevención en este campo de la salud mental es hablando, sacando a luz lo que “enloquece”. La basura puesta por debajo de la alfombra no desaparece; ahí está, y de algún modo va a retornar. La salud mental de una población no es el silencio: ¡es la posibilidad de hablar de los problemas, de no taparlos con psicofármacos –ni con “un traguito”–, de ventilarlos! No hablar del aborto, por ejemplo, pero practicarlo, no es precisamente lo más sano que pueda haber (valga decir que la morbi-mortalidad materna por causa de los abortos ilegales es altísima).

Si ya entramos de lleno en el clima electoral, pues hablemos de política y de los políticos. Hablemos de nuestros problemas –que por cierto son muchos y complejos– sin tabúes, sin prejuicios. Perdámosle el miedo a esto de “estar locos”. Tenemos muchos problemas, sin dudas, y de eso hay que hablar. ¿Qué nos merecemos políticamente? ¿Peleas e insultos en el Congreso? ¿Malversación de fondos y pagos ocultos en las Alcaldías? La política no puede ser sólo eso. ¡No lo es!, definitivamente. Pero, hoy por hoy, la clase política es lo único que nos muestra.

El campo de la llamada “enfermedad mental” es, sin lugar a dudas, el ámbito más cuestionable y prejuiciado de todo el ámbito de la salud. “Yo no estoy loco” es la respuesta casi automática que aparece ante la “amenaza” de consultar a un profesional de la salud mental. Aterra al sacrosanto supuesto de autosuficiencia y dominio de sí mismo que todos tenemos, la posibilidad de sentir que uno “no es dueño en su propia casa”, como diría el psicoanálisis en palabras de su fundador Sigmund Freud.

Es por eso que, en un intento de aportar algo a los problemas nacionales, desde la Ciencia Psicológica podemos plantearnos algo de todo esto, viendo que las “locuras” de los políticos son una expresión sintomática de un modelo social que definitivamente no está sirviendo a las grandes mayorías, pues no genera ni paz ni desarrollo.

En conclusión: quizá los políticos profesionales, esos que ya se nos hizo común ver rodeados de guardaespaldas y con buenas prendas costosas, no están “locos” precisamente sino que expresan una anomalía social más profunda. En ese sentido, la falta de proyecto que pareciera haber, la deshonestidad y la parodia son, en definitiva, lo que el sistema imperante nos ofrece. ¿Eso merecemos? Hay que hablar muy en serio de eso, porque no estamos locos…., aunque nos lo quieran hacer creer.

 

Marcelo Colussi es colaborador habitual de RafTulum

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Sanando heridas de la violencia: Marcelo Colussi

Sanando heridas de la violencia

Oponer la palabra al silencio

 

Marcelo Colussi

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Durante la última sangrienta dictadura militar en Argentina, cuando arreciaban las protestas por las desapariciones, el gobierno de turno promovió una infame campaña publicitaria en los medios audiovisuales. La misma consistía en mostrar diversas imágenes asociadas a ruidos enloquecedores: un martillo hidráulico, un bebé llorando, una sirena de ambulancia.

El efecto que las mismas lograban era de desesperación. El ruido prolongado se torna insoportable, eso no es ninguna novedad. Luego de esas imágenes, aparecía el rostro de una enfermera pidiendo silencio (ícono ya universalizado, llamando a la calma en cualquier hospital); y sobre su cara, la leyenda: “el silencio es salud”. El mensaje estaba claro: mejor callarse la boca, no hablar, no levantar la voz por los desaparecidos que día a día enlutaban el país. Era una invitación al silencio.

Desde la ciencia psicológica, desde la promoción de los derechos humanos y desde una perspectiva política crítica debemos decir exactamente lo contrario: ¡¡el silencio no es salud!! Si algo puede haber sano ante las injusticias no es, precisamente, quedarse callado. Es su antítesis: ¡¡es hablar!! En ese sentido, no hay nada más liberador que la palabra.

La violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, deja secuelas tanto físicas como psicológicas.

Si bien el concepto de “violencia” es muy amplio, en términos generales debe entendérsela como un agente externo que agrede a quien la padece. En esta perspectiva se inscribe como violencia cualquier ataque a la integridad del sujeto: desde un desastre natural o un accidente grave a la guerra, el maltrato intrafamiliar, el abuso sexual o la violencia política. Las consecuencias que trae esa agresión varían de acuerdo a la constitución personal del sujeto que la experimenta y del contexto en que se da. Pero siempre, en mayor o menor medida, un hecho violento deja marcas.

En la experiencia clínica esa afrenta se denomina “trauma”:

 

“Acontecimiento de la vida de un sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto para responder adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica. Ese trauma se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo en relación con la tolerancia del sujeto y su incapacidad de controlarlo”.

Laplanche y Pontalis “Diccionario de Psicoanálisis”

Muchas veces el padecimiento de un hecho violento produce un cuadro clínico específico llamado “neurosis traumática”:

“Tipo de neurosis en la que los síntomas aparecen consecutivamente a un choque emotivo, generalmente ligado a una situación en la que el sujeto ha sentido amenazada su vida”.

(Ídem)

Los efectos psicológicos de la violencia son variados: puede encontrarse miedo, angustia, desorganización o desestructuración de la personalidad, sintomatología psicosomática. En algún caso puede desencadenarse una reacción psicótica.

La salud mental de un sujeto o de una comunidad es un índice particularmente significativo de su calidad de vida. Quien vive aterrado, atemorizado, quien no puede hablar de sí, de sus problemas, vive mal. Todo aquel que ha padecido ataques a su integridad arrastra una carga difícil de sobrellevar, y en muchos casos manifiesta trastornos clínicos.

Diferentes investigaciones con poblaciones que estuvieron sometidas a hechos violentos (mujeres violadas, gente que vivió en guerra -como civil o como combatiente-, desplazados de sus regiones de origen, perseguidos políticos, comunidades víctimas de la discriminación étnica) dan cuenta que entre un 25 y un 50 % de sus integrantes evidencian síntomas de disfuncionalidad (lo que algunos llaman stress post-traumático). Gente que sufre, que vive mal; poblaciones completas que padecen aflicciones ligadas a un hecho traumático -y traumatizante-. Todo esto deteriora la posibilidad de desarrollo y plena realización.

Un método adecuado para devolver la salud deteriorada es propiciar la palabra ahí donde hay silencio y olvido. La palabra, en ese sentido, es liberadora.

Cuando las excitaciones se tornan inmanejables, cuando se supera la tolerancia, hay una ruptura en el equilibrio psicológico. El “aparato psíquico” (tomando la idea freudiana), cuya función es mantener la constancia del sujeto, hace síntoma, siendo éste el intento de defenderse de esa carga excesiva. Solamente rastreando el tejido que llevó a esa situación, poniendo en palabras y recuperando la historia donde aparece el “cuerpo extraño” desestabilizador, así se puede reparar el daño ocasionado a la organización psicológica.

Hablar sobre el hecho traumático, desenmascararlo, recuperar la historia que quedó elidida tras él; en otros términos, buscar la verdad en el más puro sentido de los griegos clásicos: alétheia -des – ocultamiento-, ese es el método psicoterapéutico que puede ayudar a superar el trastorno ocasionado por esa conmoción.

¿Por qué la palabra es terapéutica? Al hablar, y más aún, dado cierto encuadre que favorece una situación de intimidad, el sujeto afectado puede des-ocultar, puede saber algo que, inconscientemente, prefiere ignorar. El hecho traumático es displacentero; la dinámica intrapsíquica tiende a desconocerlo para evitarse angustia.

La neurosis traumática es una construcción que intenta mantener a raya la aparición de ansiedad ligada a ese hecho perturbador; pero en su intento consume una enorme cantidad de energía y desvía al sujeto de la posibilidad de gozar más plenamente su vida.

La palabra que reconstruye la trama significativa en que aparece el trauma puede reencauzar esa energía destinada a olvidarlo (olvido que es siempre parcial: lo reprimido retorna como síntoma). Así, hablando, se accede a una verdad que, aunque dolorosa, posiciona más sanamente al sujeto.

La experiencia clínica del trabajo con diversas poblaciones víctimas de algún tipo de violencia enseña que el grupo de pares, de aquellos que sufrieron el mismo padecimiento, es una instancia muy adecuada para desarrollar un abordaje terapéutico.

Gente que se une por un problema en común, que busca una respuesta a ese hecho violento compartido; grupo de autoayuda se lo llama. Gente que hablando sobre su historia, sobre un hecho que los marcó particularmente, puede encontrar alternativas sanas para seguir viviendo.

La violencia política deja profundas y muy especiales marcas en quien la padece; tenemos ahí víctimas que no encuentran explicación lógica al por qué un día su vida se vio conmocionada de una forma atroz. La salud mental está estrechamente vinculada a los procesos sociales y organizativos de la comunidad.

Pasado ya el hecho traumático, la mejor manera en que quien lo sufrió puede recomponer su salud afectada es iniciando un proceso de revisión y recuperación de su historia dormida. La comunidad juega un papel decisivo en esto. La salud mental, así entendida, no es un campo de acción específico de especialistas -sin dejar de reconocer que los técnicos tienen mucho que aportar al respecto-. Es, ante todo, un derecho humano de la población. No puede haber salud mental, óptima calidad de vida, mientras la gente no pueda decir qué pasó.

Marcelo Colussi es colaborador habitual de la revista RafTulum

Reforma económica-monetaria en Venezuela: ¿más vale tarde que nunca?

 

 

 

 

 

Reforma económica-monetaria en Venezuela: ¿más vale tarde que nunca?

 

Después de una larga espera de años, en particular, por parte de extensos sectores de trabajadores remunerados y, de personas de edad avanzada dependientes de ingresos estatales fijos (pensionados), el gobierno bolivariano encabezado por Maduro ha emprendido un paquete de reformas económicas y monetarias, el cual tiene como principal objetivo, según fuentes oficiales, recomponer el poder adquisitivo del salario y de las pensiones.

En tal sentido, las autoridades de gobierno han anunciado la implementación de un conjunto de instrumentos y medidas económicas, tales como la reconversión monetaria (que elimina cinco ceros a los billetes de diversas denominaciones); el otorgamiento de un bono especial de reconversión monetaria (que pretende subsanar, al menos parcialmente, los daños de la implementación de la reconversión monetaria); el aumento de las pensiones a partir de septiembre del presente año; y la aprobación de una “ley de precios justos”, entre otras medidas.

A pesar de que algunas de estas medidas han sido un reclamo constante por parte de los trabajadores en condiciones salariales más vulnerables, persisten dudas sobre los alcances reales y la efectividad en su implementación.

En primer lugar, porque hay una realidad macroeconómica muy desfavorable que todos conocen y que no se puede obviar. Uno de sus aspectos más funestos es la persistencia de una hiperinflación arriba del 2,000 % desde hace mucho tiempo; una deuda externa que ya asciende a más de US $ 150,000 millones (Venezuela debe amortizar antes de que finalice el 2018 una suma muy cercana a esa cantidad); el déficit fiscal asciende a un 19.6 % del PIB; el índice de escasez según algunas fuentes no oficiales alcanza un 68 %; lejos de aumentar las reservas internacionales del país decrecen (en la actualidad ascienden a US $ 8,870 millones, mientras en abril del 2017 alcanzaban los US $ 9,921 millones); mientras la cesta petrolera apenas llega a US $ 65.18 por barril de crudo, muy lejos de los US $100 de sus mejores tiempos (1).

En un ambiente teñido de escepticismo, algunos analistas consideran que aunque el día de hoy las reformas conlleven mejoras, le tomará al país al menos unos diez años para una recuperación completa.

A lo inmediato el “monstruo” que parece imbatible en Venezuela es la hiperinflación. El FMI estimaba poco antes de la implementación de las reformas económicas, que la inflación alcanzaría un nivel próximo a 5,324 % a fines del 2018 (2).

Según una nota publicada por el Centro de Estudios Latinoamericanos (CESLA), el salario mínimo en Venezuela es (o era hasta ayer), equivalente al valor de una lata de atún, y paradójicamente, mientras con un billete de 100 mil bolívares (el de mayor denominación hasta el inicio de las reformas), solo alcanzaba para pagar una fotocopia o comprar un caramelo o un huevo, con ese mismo billete también podían adquirirse 17,000 litros de gasolina de 95 octanos, suficiente para llenar al menos unas 450 veces el tanque de un carro pequeño (3).

Otro importante factor macroeconómico es la caída abrupta de las importaciones (el año 2017 alcanzó el 20 % y en el 2018 se prevé que alcance el 35 %, mientras los ingresos por la factura petrolera (exportaciones del crudo), se proyecta a la baja este año (unos US $ 30,000 millones), apenas un tercio de los US $ 90,000 millones obtenidos por ese mismo rubro en el 2012 (4).

Según analistas de la CEPAL y el FMI, señalan como algunas de las principales causas de la caída de las exportaciones de petróleo, las sanciones económicas y financieras de EEUU y otros países, y el control estatal sobre las finanzas (5).

A nivel microeconómico el panorama también luce poco alentador. En marzo del 2018 el valor de la canasta básica familiar era de 75,446,014.83 bolívares, equivalente a 192 salarios mínimos.  Un mes después (abril 2018) el valor de la CBF era de 138,885,712.85 bolívares, un aumento de 63,409,698.02 bolívares (6).

Todas estas cifras “duras” sirven para enfatizar el planteamiento de que si bien es cierto, aún en condiciones relativamente “normales”, es harto difícil para cualquier país el emprender un cambio drástico en al menos una parte de su modelo económico, lo es todavía más complicado hacerlo en condiciones de bloqueo y asfixia económica y financiera internacional, tal el caso de Venezuela ahora (Cuba y Nicaragua lo vivieron de similar manera en su momento).

En términos prácticos y cotidianos, la realidad que más lacera económicamente a los ciudadanos de a pie es la hiperinflación. Al respecto, la economía política marxista (e incluso la economía clásica), le confiere una relativa importancia al combate de la inflación a través de medidas estrictamente monetarias.

La revolución en Nicaragua durante los años ochentas lo intentó con una reforma similar que reducía en tres ceros la denominación de los billetes (una implementación que por razones de la guerra incluyó  una compleja  y secreta operación que se denominó “Bertha”), que sacó miles de millones de billetes con elevadas denominaciones pero con escaso valor adquisitivo, y puso en circulación el denominado “córdoba oro”, el cual fue rápidamente “devorado” por el fuego inflacionario.

Lenin decía con respecto a la inflación que esta no podía combatirse tan solo imprimiendo “papelitos de colores”.  Al parecer, la única medida ideal y real para combatirla es corrigiendo los graves desajustes estructurales de la economía dañada, entre ellos, desajustes en la esfera de la producción, la productividad, la eficiencia y en la racionalidad económica en los niveles macro y micro.

En el caso particular de Venezuela, el Dr. Guerra, ex –director del Banco Central de Venezuela, indica que las actuales reformas económicas y monetarias implementadas por Maduro, tendrán un efecto muy limitado si no se toman acciones estratégicas importantes, tales como cambios profundos en las políticas fiscales y monetarias, cambios institucionales y en lo que respecta a la industria petrolera, entre otros (7).

 La pregunta del millón sigue siendo la misma: ¿Cuánto tiempo más durará la época venezolana del modelo mono-productor y mono-exportador centrado en el petróleo? Al parecer, la diversificación productiva tendrá que seguir esperando algunas décadas más.

Notas:

  1. Fuente: Bancaynegocios.com

  2. Ibíd.

  3. ¿Qué se puede pagar con un billete de 100 mil bolívares?”: (cesla.com).

  4. com

  5. Ibíd.

  6. “Indicadores económicos de Venezuela”: (economia-de-venezuela).

  7. “Afirman que la reconversión costará al país 300 millones de dólares (www.cesla.com).

Sergio Barrios Escalante

Científico social e investigador. Editor de la revista virtual RafTulum.  

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Gana López Obrador en México: ¿hay esperanza?: Marcelo Colussi

 

 

 

 

 

 

 

Gana López Obrador en México: ¿hay esperanza?

Marcelo Colussi

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En México, por un amplio margen, acaba de ganar las elecciones el candidato del Movimiento de Regeneración Nacional -MORENA- Andrés Manuel López Obrador. El campo popular en su sentido más amplio y la izquierda -mexicana y mundial- lo festejan.

Incluso hubo quien dijo que esto muestra que de ningún modo está terminado el ciclo de los gobiernos progresistas en Latinoamérica, tal como los resultados electorales de varios países lo pudieran hacer pensar, con el retorno de propuestas abiertamente neoliberales y la caída/salida de administraciones de centro-izquierda (Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay).

Por supuesto que es para saludar la llegada de aire fresco a la casa presidencial. De hecho, México es un referente en Latinoamérica, y su peso político influye considerablemente en el sub-continente. Más allá de todo lo que pueda decirse de la propuesta de López Obrador, está claro que no es el neoliberalismo descarado, una visión ultra-derechosa de las cosas, un proyecto antipopular. Saludémoslo entonces.

Pero no se pueden dejar de hacer algunas consideraciones críticas, imprescindibles dada la coyuntura. En estas últimas décadas todo el campo popular (de México y de toda América Latina) sufrió un tremendo retroceso. Sobre las sangrientas dictaduras que barrieron el continente (México fue la excepción en ese aspecto) se asentaron los terribles planes neoliberales dictados por los organismos crediticios de Bretton Woods: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

En realidad, esas políticas fueron un rediseño del capitalismo a escala global donde los únicos beneficiados fueron las grandes potencias -Estados Unidos fundamentalmente, y más aún su banca- y la clase capitalista a nivel mundial. Esto último, en tanto estas líneas neoliberales (capitalismo salvaje, más precisamente dicho) significaron el retroceso y/o pérdida de conquistas laborales y sociales históricas de la clase trabajadora. El trabajo en situación crecientemente precarizada se hizo normal, y los sindicatos pasaron a ser instrumentos cooptados casi completamente por el capital.

México se tornó una abierta dependencia del capitalismo estadounidense, aumentando exponencialmente su pobreza, y como efecto derivado, su clima de violencia generalizada. La narco-política se enseñoreó en toda su geografía, y las migraciones irregulares hacia el “sueño americano” quedaron casi como la única vía de escape.

¿Cambiará eso con López Obrador? Ahí está la falacia que debe apuntarse: su llegada no deja de ser una buena noticia, pero con la aquilatada experiencia que existe después de todos los “progresismos” en nuestros países, debemos ser cautos.

Desde Salvador Allende en Chile, en la década del 70 del siglo pasado, hasta todos los progresismos surgidos ya entrando en el siglo XXI (Chávez/Maduro en Venezuela, el PT en Brasil, los Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, el FMLN hecho gobierno en El Salvador), la situación estructural no ha podido modificarse. Si bien es cierto que planes asistenciales han ayudado mucho en todos esos países, no se han visto cambios sustanciales a largo plazo como sí pasó en Cuba. Si se puede hablar de “fin del ciclo progresista” es porque ha habido un agotamiento en la bonanza de los precios internacionales de ciertas materias primas, lo que hizo que, escaseando las divisas, los planes de ayuda se fueran esfumando.

Obviamente los planes de reconversión ultraderechista que llegaron estos años son una pésima noticia para el campo popular. Al lado de ellos, y ante el fenomenal retroceso del ideario de izquierda de estas décadas debido a la paliza tremenda sufrida por las fuerzas anticapitalistas, la llegada de un poco de oxígeno que representan estas propuestas de ¿capitalismo con rostro humano? se pueden sobredimensionar y ver como grandes avances sociales.

Ahora bien, la realidad, siempre obstinada y pertinaz, enseña algo a sangre y fuego: los cambios reales, profundos, los cambios por los que tiembla la clase dominante, no se consiguen en las urnas. El poder real nace de la movilización popular, no de figuras carismáticas. Puede decirse que estos intentos son eso: intentos, pasos de una larga marcha. Pero sin organización popular desde abajo (léase: revolución socialista) no es posible torcerle el brazo a la serpiente viperina del capitalismo. Aunque sin dudas: ¡bienvenido López Obrador!

 

Marcelo Colussi es colaborador habitual de la Revista RafTulum

 

 

“Ortega está en la cuerda floja”: Fernando Bárcenas

 

Ortega está en la cuerda floja 

Fernando Bárcenas28 de junio 2018

 

Para un equilibrista la cuerda floja es su centro de trabajo. Podría permanecer día y noche alegremente sobre una línea tendida en el vacío, observado con admiración. Para un dictador corrupto, en cambio, la cuerda floja es una pesadilla tambaleante. En ese trance incierto, un tirano genocida como Ortega, observado con repugnancia unánime desata fuerzas paramilitares anárquicasque no logra controlar completamente, cuyos crímenes horrendos seguramente en lugar de sostenerlo precipitarán su caída. A menos que alguien, ya sea por dejadez ya sea por cálculo le ayude a mantener el equilibrio.

El problema grave, en este caso, es que Ortega nos arrastre en su caída, destruyendo el país. Basta observar que las cifras macroeconómicas y las condiciones de trabajo de la población reflejan ya una bancarrota económica difícil de revertir en mucho tiempo. En consecuencia, todo cuanto hay de sano en la nación debería precipitar la caída de Ortega con urgencia, antes que despeñemos en una terrible crisis humanitaria.

El crimen hace difícil una salida pacífica de Ortega

La familia que él quemó viva en el barrio Carlos Marx, o sea, el asesinato de tres generaciones calcinadas juntas en el fuego provocado por sus turbas enloquecidas, incluidos dos niños, uno de seis meses y otro de dos años, ha vuelto aún más perentorio a los ojos del mundo la necesidad de apartar del poder al monstruo, antes que la tragedia criminal se cierna sobre la población, con mayor terror.

Ortega no tuvo oportunidad de tocar el arpa durante el incendio en el Carlos Marx, como hacía Nerón mientras incendiaba Roma, porque no sabe hacer nada, pero, sí tuvo el mismo cinismo del despótico emperador al acusar del incendio a sus víctimas.

El crimen orteguista cada vez más brutal reduce la rendija por la que Ortega podría abandonar el poder con cierta posibilidad remota de salir indemne. Ya, ahora, en lugar de un puente para su retirada, Ortega deberá caminar sobre la cuerda floja.

Que alguien diga que Ortega está en su charco en esta situación de caos, es tan tonto como decir que un marinero al que le gusta chapotear en la bañera está en su charco cuando su barco se hunde en alta mar. Lo que hace Ortega, en su naufragio, es ahogar primero a todo ser humano que esté a su alcance.

La lucha y el arte de la negociación

En esta lucha por la libertad no es conveniente descuidar el arte de la negociación. Lo primero que un negociador debe manejar con habilidad es la interrelación dinámica entre lucha y negociación. Ortega procurará cortar ese vínculo, y la debilidad del pueblo en ese terreno radica en la falta de una dirección unificada de ambos aspectos del conflicto.

Es sencillo comprender que el diálogo es resultado de la lucha, pero, que no es el objetivo de la misma. El objetivo es la salida de Ortega. En consecuencia, lo decisivo es la lucha, no el diálogo. De modo que, por ningún motivo, el diálogo debe pretender que se reduzca o se desmonte la lucha. Las posiciones físicas que el pueblo ha conquistado nunca pueden ser entregadas voluntariamente, ni siquiera, por obra del diálogo. Seguramente, se abandonarán las barricadas cuando la lucha triunfe, no cuando una comisión mixta, con personeros orteguistas, lo determine en el diálogo. Las posiciones del pueblo no están en negociación. La paz no es regresar a la normalidad represiva orteguista, sino, que es la conquista de la libertad, que se consigue al avanzar en el desmantelamiento del orteguismo. La paz orteguista no conduce a la democracia, es la democracia la que, por ahora, conduce a la paz, y a la inmediata recuperación de la actividad económica.

Es más, el diálogo no debería continuar mientras los paramilitares no dejen de amenazar y de atacar criminalmente las barricadas y los tranques con AK-47 y fusiles Dragunov en contra de pobladores –infinitamente valientes- armados con huleras.

El diálogo puede conducir a una trampa si quienes participan en él actúan independientemente de los ciudadanos, con la idea peregrina que son los conductores de la lucha del pueblo. En realidad, no deberían ser más que los voceros fieles de las demandas del pueblo, que exigen la renuncia de Ortega. En caso contrario, simplemente se descalificarán a sí mismos. La dirección de la lucha hay que construirla entre los luchadores organizados, en torno a un programa de combate.

El juego de carambola

De jóvenes jugábamos la carambola a tres bandas en los billares de Arturo Bone, lo que obligaba a calcular ángulo de incidencia, fuerza del impacto, rebote y trayectorias de las tres bolas que luego de pases precisos por la mesa colisionaban entre sí. Y con cierto efecto en el giro del taco, se conseguía desencadenar una secuencia de eventos previsibles que colindaban con la magia del movimiento primigenio de los astros.

Hoy, la negociación principal, Ortega la efectúa con los norteamericanos, porque siempre ha preferido verse obligado a cumplir lo que dicta una fuerza superior. A ello se reduce su estrategia basada en la fuerza bruta. El pueblo en lucha no puede acudir a un ámbito de negociación subalterna como es el diálogo, donde se intenta negociar acuerdos ya alcanzados entre terceros. En consecuencia, también el pueblo debe negociar con los norteamericanos y resto de gobiernos en la OEA, para lograr una negociación que, por vía de carambola, constituya un acuerdo de primer nivel también con Ortega. Para lograr las mejores perspectivas para la causa de la libertad y de la independencia nacional.

En la teoría de juegos, que orienta matemáticamente la toma de decisiones en una negociación o conflicto, es fundamental situarse en una posición inicial que abra las mayores perspectivas de beneficio, porque la propia decisión debe influir sustancialmente, desde el inicio, en las decisiones del oponente. Los norteamericanos no deberán imponer al pueblo en lucha acuerdos alcanzados con Ortega, como si éste fuese la única fuerza beligerante en grado de negociar la transición.

El pueblo necesita conformar una fuerza beligerante propia. No se trata de ubicar a los norteamericanos como mediadores del conflicto, como hace Ortega, sino, de neutralizar la negociación excluyente en curso únicamente entre intereses norteamericanos e intereses de Ortega.

Elecciones anticipadas y/o renuncia de Ortega

Lo que hay que ponderar objetivamente, en función del despliegue de variados intereses de distintas fuerzas nacionales y extranjeras presentes en este conflicto, es la perspectiva de lograr la renuncia de Ortega o de avanzar hacia elecciones anticipadas con la permanencia de Ortega en el poder hasta entonces.

La Alianza Cívica dice que al negociar las elecciones anticipadas no han dicho que Ortega no deba renunciar. Pero, no se razona de esta forma ambigua, por lo que no se ha dicho que no vaya a ocurrir. Dos negaciones distintas no constituyen una afirmación lógica, sino, un juego de palabras. Lo que no se ha dicho que no vaya a ocurrir es inmenso como el infinito. El pueblo se limita a observar lo que se dice en una negociación, como es lógico. Y esta es la forma de actuar de manera transparente, sin demagogia.

Es obvio que el diálogo, por sí mismo, no tiene fuerza alguna para exigir la renuncia de Ortega. Y, consecuentemente, todos los organismos internacionales que presionan a Ortega por elecciones anticipadas, no demandan la renuncia inmediata de Ortega. Precisamente, porque esperan que su salida del poder sea por arriba, de forma controlada o, si se quiere, de forma ordenada bajo reglas que les permitan incidir en sus resultados.

Así se conduce, en este caso, el Establishment internacional, que evita correr riesgos en la transición de los procesos políticos.

Lo esencial, entonces, hay que decirlo, no es la renuncia de Ortega, sino su derrota definitiva. Ese es el objetivo decisivo. Es decir, el desmantelamiento total del orteguismo, que se ha enquistado en el Estado. Pero, el arte de la negociación incluye como objetivo el mayor aislamiento de Ortega, aprovechando su torpeza para negociar. Habrá que atraer a la comunidad internacional a una negociación con el pueblo de Nicaragua, evitándole que corra riesgos. En otros términos, se requiere una consigna de transición que aísle a Ortega.

La derrota de Ortega es posible, aunque no renuncie de inmediato. Por lo tanto, en lugar de obsesionarse por la renuncia de Ortega, en cuyo objetivo estaríamos aislados, habrá que conducirlo a su derrota cercándolo con una consigna que lo aísle. Todo mundo está conforme con el desarme de los paramilitares y resto de asesinos, y con el inicio de un proceso de investigación, encarcelamiento, y castigo de criminales por acción y omisión (como es la falta de atención a los heridos en los hospitales estatales).

Pero, en esa salida por arriba que ofrecen a Ortega, éste necesita el diálogo como de un salvavidas en plena tormenta. A Ortega le sirve el diálogo, aunque el diálogo con Ortega no sirva para nada. Es decir, todo lo que sirve a Ortega le genera cierta debilidad dependiente. El pueblo debe usar esa dependencia de Ortega con gran decisión, esencialmente, para frenar de inmediato su capacidad represiva.

La venida de los organismos internacionales de derechos humanos debe estar acompañada de un desarme inmediato de las bandasparamilitares, y de la remoción inmediata de los altos mandos policiales responsables de las distintas masacres. De lo contrario, el diálogo se suspende. Incluso el representante de EEUU en la OEA lo ha planteado de esta manera explícita. Almagro ha dicho algo parecido. Esto permite avanzar a la siguiente consigna de transición.

Comisión Internacional Contra la Impunidad en Nicaragua

La renuncia inmediata de Ortega sólo puede ocurrir si Ortega percibe que de otra manera tiene mucho más que perder. Debería perder más si aguarda hasta las elecciones anticipadas. Por ejemplo, y sólo como ejemplo, si renuncia hoy se le concedería hacerle un juicio aquí, pero, si no, sería entregado a la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad. Ortega, por su lado, confía que el mismo poder que tiene hoy como jefe de los paramilitares, lo tendrá después, aunque pierda las elecciones, al gobernar desde abajo. Y, para él, ese es el poder que cuenta para doblegar a la sociedad nuevamente.

Para el pueblo, la verdadera negociación estriba, no entre renuncia inmediata o elecciones anticipadas, sino, entre la renuncia inmediatade Ortega o acabar inmediatamente con la impunidad orteguista. He ahí el dilema, como diría Hamlet. Ortega podría permanecer hasta las elecciones si, y sólo si, se acaba con la impunidad orteguista de inmediato.

Es urgente que bajo una ley marco se acuerde con la ONU la instauración de inmediato de una Comisión Internacional Contra la Impunidad en Nicaragua (CICIN), que más que la corrupción investigue el crimen. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GEIE) trabajaría para la CICIN, al investigar los actos de violencia ocurridos desde el 18 de abril.

También se conformaría de inmediato una unidad policial autónoma contra la impunidad, que defienda a la ciudadanía bajo la regulación administrativa de la CICIN, con una reforma pertinente a la Constitución. Y se crearía una sección autónoma del poder judicial. Todo ello, sin que Ortega designe a ningún funcionario. La ley marco y las reformas constitucionales les darían validez a estas medidas de excepción, para regular con seguridad la transición entre el crimen actual y el desarrollo de las elecciones anticipadas.

Ortega sólo podría permanecer en el poder hasta las elecciones anticipadas, si se le quita el poder real, lo que significa quitarle el mando sobre fuerzas paramilitares. Las que se verían sujetas, para su desarticulación inmediata (a la par que lo determinan las investigaciones), al imperio de una ley de excepción, y de una unidad policial institucional de excepción.

Evidentemente, habrá que transformar a lo inmediato también el poder electoral, en un proceso de transición más amplio, pero, ello no es el objeto de este artículo, que versa únicamente sobre el cambio de la correlación de fuerzas entre la sociedad y Ortega.

*Ingeniero eléctrico

“Neoliberalismo en Argentina: un arma mortal”: Marcelo Colussi

 

Neoliberalismo en Argentina: un arma mortal

Marcelo Colussi

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De la riqueza a la pobreza

El economista ruso-estadounidense Simon Kuznets, ganador del Premio Nobel de Economía en 1971, dijo alguna vez que existen cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. ¿Por qué estos dos últimos? El caso del país asiático, porque constituye un verdadero “milagro”: habiendo sido prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial –con el agregado de dos bombas atómicas sobre su población civil– en pocos años resurgió monumentalmente, transformándose en un par de décadas en la segunda economía mundial.

El caso de Argentina, por el contrario, es también digno de estudio (la “paradoja” argentina, pudo llamársele): ¿cómo fue posible que una sociedad próspera, con elevados índices de lo que hoy llamaríamos “desarrollo humano”, con abundantes tierras fértiles, numerosos recursos hídricos, petróleo, un enorme litoral atlántico y un parque industrial considerable, que para la primera mitad del siglo XX tenía una pujanza mayor que Canadá, Australia o España, en unos años pudiera descender tanto, convirtiendo a uno de cada tres de sus habitantes en pobres? ¿Cómo fue posible eso? ¿Cómo se pudo llegar a esa patética realidad donde buena parte de su juventud piensa que la única salida que tiene el país… es Ezeiza? (el aeropuerto internacional).

Hacia 1913 Argentina era el décimo país del mundo con mayores ingresos per capita. Con el proceso de sustitución de importaciones, que en realidad empezó antes de la primera presidencia de Juan Domingo Perón, pero que durante su mandato se acrecentó poderosamente, la capacidad industrial argentina fue creciendo en forma exponencial en la primera mitad del siglo pasado. El valor agregado de la producción manufacturera superó al de la agricultura por primera vez en 1943.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa estaba destrozada y comenzaba su lento proceso de recuperación con la inyección del Plan Marshall estadounidense, Argentina rebosaba de divisas, siendo la décima economía mundial. El desarrollismo, como teoría económico-político-social que encontró en Raúl Prebisch su principal mentor, marcó la época, llevando la industrialización a niveles insospechados.

A partir del empuje que recibe la industria nacional durante el gobierno peronista, para finales de la década de los 50 el país aportaba la mitad de todo el Producto Interno Bruto –PIB– de Latinoamérica. Además de las tradicionales exportaciones de cereales y carne vacuna, la industria argentina marcaba época. La producción global era el doble de la de su vecino Brasil. Junto a ese dinamismo, la sociedad en su conjunto tenía un nivel comparativamente muy alto con otros países de la región. Los salarios eran los mejores de todo el sub-continente, y la clase trabajadora –urbana y rural– estaba sindicalizada, gozando de importantes beneficios.

La pobreza nunca superaba el 10% de la población, y la participación de los salarios de los trabajadores en la riqueza nacional rondaba el 50%. Había considerables desarrollos, tanto científico-técnicos como culturales en su sentido más amplio. Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética.

En 1947 se construye en el país el primer avión a reacción de toda Latinoamérica, noveno en su tipo en todo el mundo: el Pulqui I. Para mediados de siglo Argentina fue pionera en todo el Tercer Mundo en investigación nuclear: en 1958 entra en operaciones el primer reactor de su tipo en toda América Latina, y en 1968 se comienza a construir la primera usina atómica de la región: Atucha, que se inaugura en 1974.

Para 1958 en Argentina se encontraba la empresa industrial más grande de Latinoamérica: Siam, con más de 9.000 trabajadores, con una muy importante producción de manufacturas varias. En 1955, el país contaba con una reserva de 371 millones de dólares, pasando a ser acreedor. Todo este desarrollo se traduce en un considerable bienestar general, con servicios públicos de calidad: educación universal gratuita que termina con el analfabetismo, y un sistema de salud pública y de seguridad social de gran vuelo.

La producción científica y cultural también alcanza altas cotas: tres Premios Nobel en Ciencia, una gran industria editorial, discográfica y cinematográfica que marca rumbo en el continente, masivo acceso a la educación (el país más lector de la región, por ejemplo). Para la década de los 60, el 40% de la población podía considerarse de clase media, con importantes cuotas de consumo y con indicadores socioeconómicos inhallables en otros países latinoamericanos, más cercanos al perfil de un país europeo con desarrollo medio.

Pero algo pasó. Todo ese nivel de bienestar se vino abajo. Ese histórico índice de pobreza siempre bajo, hoy día trepó a niveles exagerados. En estos momentos, año 2018, 35% de la población se considera pobre a nivel nacional, mientras que en algunas provincias esa cifra supera el 50%. El salario mínimo actual cubre solo el 45% de la canasta básica, y las jubilaciones son vergonzosas, pues no permiten pasar la primera quincena.

Como cosa inédita en un país que siempre fue productor neto de alimentos (carne vacuna y cereales en cantidad, el “país de las vacas”), actualmente la desnutrición infantil es de más del 20%. La desocupación se ubica en el 7,6% de la Población Económicamente Activa, y a nivel global Argentina descendió a ser la tercera economía en Latinoamérica –detrás de Brasil, que presenta un PIB cuatro veces mayor, y de México– habiendo caído al 26° lugar a nivel mundial.

Solo para ejemplificar el fenómeno en juego: en el corto período de cuatro años que va de 1999 a 2002, el PIB decreció en más de 20%. Por otro lado, el ingreso per capita del año 2004 fue aproximadamente el mismo que el de 1974. Pero –y esto es lo importante a remarcar– el nivel de población en situación de pobreza fue mucho mayor en el 2004, lo que refleja una creciente desigualdad en la distribución del ingreso en el país.

Paisajes sociales impensables décadas atrás, hoy hacen parte de la cotidianeidad argentina: población precarizada, cinturones de pobreza (villas miserias) por doquier, ejércitos de vendedores ambulantes informales, niños de la calle, delincuencia callejera a niveles alarmantes y desconocidos anteriormente, consumo de drogas generalizado.

Aunque Raúl Alfonsín pregonaba a los cuatro vientos durante su campaña presidencial en 1983 que “con la democracia se come, se cura y se educa”, la obstinada realidad enseña que el hambre, la reaparición de enfermedades endémicas otrora superadas y la deserción escolar, hoy son una constante en Argentina. En el “país de las vacas” no fueron pocas las veces en que la población, desesperada, saqueó un zoológico para comer algo de carne roja.

¿Qué pasó? ¿Cómo se dio esta paradoja? ¿Cómo fue posible que, de ser un territorio libre de analfabetismo, donde un tercio de la población tenía vivienda propia y la clase trabajadora mostraba una organización sindical envidiable, hoy día Argentina no pueda salir de su marasmo?

Las consecuencias de esta caída fueron estrepitosas: el aumento en el consumo de sustancias psicoactivas es un elocuente índice (¿por qué huir de la realidad si todo anduviera bien?). En estos últimos años Argentina tuvo indicadores trágicos: uno de los primeros lugares, a nivel mundial, en suicidios y en disfunción eréctil. Definitivamente, todo se vino abajo. ¿Cómo entenderlo?

¿Qué pasó?

Dejando de lado explicaciones superficiales (¿supuesta “vocación” al fracaso de los argentinos?), la apelación a “los malos gobernantes” es el expediente más sencillo. Pero allí radica un enorme peligro en términos ideológicos: además de ser una mirada banal, se juega un prejuicio cuestionable. La marcha de las sociedades, y menos aún hoy día en estas “democracias” capitalistas, no está fijada en modo alguno por las administraciones de turno, por el presidente y sus ministros, ni por las legislaturas.

En último análisis, podría decirse que los equipos gobernantes son meros administradores, meros gerentes que fijan (a medias) las políticas públicas. Los verdaderos actores que establecen los carriles por donde transita la humanidad son poderes mucho más omnímodos. Hoy día –y evidenciar esto es la intención del presente escrito– esos poderes van infinitamente mucho más allá de los Estados nacionales: la arquitectura del mundo, cada vez más, está dada por monumentales capitales globales.

Capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país. ¿Por qué hoy día Argentina, de nación autosuficiente donde no se compraba prácticamente nada en el extranjero –salvo productos de lujo prescindibles en la economía cotidiana– pasó a ser un monoproductor de soja transgénica, inundado de producción industrial externa, con una población empobrecida? ¿Quién fijó eso: los presidentes de turno?

Argentina, para los años 70, consumía demasiado petróleo. Cada familia quería tener un automóvil… ¡y eso es mucho!”, dijo ya entrado el siglo XXI un funcionario estadounidense de la USAID* explicando la “necesidad” de imponer planes de austeridad en el país. Mucho consumo de petróleo, pero ¿para quién? Eso hace recordar aquella famosa frase de Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”. Insistamos en la fórmula: capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país.

Desde hace unas cuatro décadas, esos mega-capitales han impuesto unas políticas específicas que se han conocido como “neoliberalismo”. Son esas políticas, establecidas por grandes centros de poder con capacidad de incidencia global, las que hicieron de Argentina lo que es actualmente. Los gobernantes de turno han navegado en medio de esas imposiciones, sin ser ellos directamente los responsables de la actual monumental debacle.

Con la dictadura impuesta el 24 de marzo de 1976, bajo la dirección del general Jorge Rafael Videla, el verdadero personaje fuerte que empezó imponiendo esas políticas neoliberales fue el entonces ministro de economía, José Alfredo Martínez de Hoz, conspicuo miembro de la oligarquía nacional, formado en la Universidad de Cambridge, Estados Unidos, y ligado directamente a las ideas neoliberales en boga. “Siento gran respeto y admiración por Martínez de Hoz. Esto proviene no sólo de una larga amistad entre nosotros, a pesar de las distancias geográficas que nos separan, sino de la creatividad y rigor de su desempeño en el plano económico. […] Pocos como él tuvieron la valentía de informar en Estados Unidos que el problema de Argentina anterior a su gestión radicaba en la promoción de una excesiva intervención estatal en la economía y en el sobredimensionamiento de las funciones del Estado, que indebidamente ponían sobre las espaldas del país el costo social de la acción”, dijo el magnate estadounidense David Rockefeller refiriéndose a su persona en 1978.

Fueron esas políticas específicas las que comenzaron con el terrorífico deterioro argentino. Con los planes neoliberales que dirigió Martínez de Hoz –asentados en 30.000 desaparecidos, campos de concentración clandestinos y picanas eléctricas a la orden del día– Argentina vio naufragar su industria nacional. Miles de pequeñas y medianas empresas quebraron debido a las reducciones arancelarias que permitieron una invasión de mercadería extranjera, con la consecuente pauperización de enormes masas de trabajadores que fueron quedando desocupados.

El cinturón industrial Rosario-San Nicolás, donde se asentaba buena parte de un muy desarrollado parque productivo, con dos grandes acerías incluidas y una pujante industria petroquímica, alcanzó cotas de desempleo únicas en el mundo, con más del 30% de la PEA sin salario. Para el año 1980 la producción industrial había reducido un 10% su aporte al PIB, y en algunas ramas, como la textil, la caída había superado el 15%.

Esas políticas de desfinanciamiento del país en beneficio de centros de poder externo dieron como resultado un crecimiento exponencial de la deuda externa. La misma creció de 7.875 millones de dólares, al finalizar 1975, a 45.087 millones de dólares en 1983. Ello trajo como resultado la sujeción inmediata de Argentina a los organismos crediticios internacionales, hipotecando por largas décadas su futuro.

La situación de los trabajadores asalariados fue de empobrecimiento acelerado: la participación del salario en el PIB, que para 1975 era de un 43%, en un par de años se redujo al 25%. El nivel de vida, naturalmente, cayó en forma estrepitosa. Pero la situación deja ver el trasfondo de esas políticas: si bien los salarios pasaron a ser miserables, tener un trabajo fijo en esas condiciones dominantes era ya un lujo.

Por tanto, la consigna para todo trabajador pasó a ser cuidar como el bien más preciado su sacrosanto puesto de trabajo. Consecuencia obligada: “No meterse en nada”, eufemismo por decir: olvidarse de toda actitud crítica, no protestar, no organizarse. Las desapariciones forzadas de personas (el temible Ford Falcon verde con varios sujetos armados a bordo) eran el siniestro recordatorio.

Está claro que esas políticas, fijadas desde los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, marcan el rumbo, tanto en Argentina como en todos los países latinoamericanos, e incluso de todo el orbe. Los presidentes de turno, con distintas características y estilos personales, no son más que buenos colegiales a los que se les obliga a hacer la tarea.

Los presidentes de los Bancos Centrales, por otro lado –con relación directa con esos organismos crediticios– pasaron a tener mayores cuotas de poder que los propios mandatarios. De hecho, hacia finales de la dictadura militar, en septiembre de 1982, el por ese entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, seguidor a ultranza de las recetas neoliberales (formado en Harvard, Estados Unidos), estatizó 17.000 millones de dólares de deuda externa privada, transformándola en deuda pública.

Entre otras empresas beneficiadas con esas medidas está el Grupo Macri, de donde proviene el actual presidente. En otros términos: se socializan las pérdidas (empobrecimiento de las mayorías populares) mientras que se privatizan las ganancias (de grandes grupos económicos, nacionales y extranjeros). El Estado no sirve, según la prédica neoliberal. Pero sí sirve para salvar a la empresa privada en dificultades, fenómeno que se dio en numerosos países, como se verá más adelante.

Está claro, entonces, que el actual deterioro de Argentina no fue “culpa” de algún funcionario público en especial, de la corrupción de algún político venal o de desacertadas decisiones de un ministro de Economía, del “corralito” de Fernando de la Rúa o del malhadado destino. Es algo estructural, y hay que leerlo en clave histórica. Las “relaciones carnales” de Carlos Menem fueron más vergonzosas que los intentos socialdemócratas (engañosos) de Néstor Kirchner* o de Cristina Fernández, pero todos, indefectiblemente, se vieron constreñidos a seguir reglas de juego que no fijaron, que les fueron impuestas.

Y, preciso es decirlo, con estos últimos dos mandatarios, si bien hubo una relativa mejoría en la situación de la pauperizada clase trabajadora –merced a programas asistenciales en muy buena medida– la transformación del país (de industrial en agrícola) es un proceso que no depende de decisiones tomadas en la Casa Rosada. Si “es mucho el petróleo que consumen los argentinos”, eso no lo decidió ningún ciudadano argentino. La pobreza actual (1 de cada 3 argentinos es pobre) tiene causas mucho más concretas y profundas que la “mala suerte” o que la corruptela de algún ministro o legislador.

Las políticas neoliberales que hace años marcan el ritmo del planeta tienen como objetivo, en definitiva, repartir el mundo de una forma donde los habitantes del Sur no cuentan en la toma de esa decisión. La agenda oculta pareciera ser tener postrada a la población mayoritaria en beneficio de unos pocos, muy pocos grandes centros decisorios.

¿Qué es, entonces, el neoliberalismo?

Lo que hoy día conocemos como “neoliberalismo”, siempre asociado a la idea de globalización, es una forma que el sistema capitalista adquirió entre los años 70 y 80 del siglo pasado, surgido como doctrina en los llamados países centrales, en el que retoma la iniciativa económica, política, militar e ideológico-cultural que había ido perdiendo a través de décadas de avance popular.

Recuérdese que los años 60/70 marcaron un alza significativa de las luchas anti-sistémicas, con distintas expresiones de rechazo que van desde organizaciones sindicales combativas hasta movimientos campesinos organizados, el desarrollo de guerrillas de orientación socialista hasta la aparición de un ala progresista de la Iglesia Católica surgida luego del Concilio Vaticano II y su opción preferencial por los pobres, el rechazo a la guerra de Vietnam y el movimiento hippie llamando al pacifismo y el no-consumismo al Mayo Francés como fuente inspiradora de protestas, el auge de los procesos de liberación nacional en África al impetuoso avance de los movimientos feministas y de liberación sexual, la mística guevarista que va marcando esos años así como el auge de un espíritu contestatario y rebelde que se expande por doquier.

Vale recordar que para los años 80 del siglo XX, al menos un 25% de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas (Unión Soviética y el este europeo, China, Vietnam, Corea del Norte, Laos, Camboya, Cuba, Nicaragua, muchos países africanos de reciente liberación, etc.).

Ante todo esto, para el sistema capitalista dominante entendido como unidad global y monolítica, más allá de diferencias y pujas intercapitalistas, se prendieron las luces rojas de alarma. El llamado neoliberalismo fue la reacción a ese estado de cosas. Los Documentos de Santa Fe* (elaborados por los más ultraderechistas tanques de pensamiento neoconservador estadounidenses) son el complemento político para América Latina de la arquitectura económica que fija el neoliberalismo.

De hecho, la primera experiencia neoliberal como tal –en alguna medida: laboratorio para lo que vendrá después– tiene lugar en el medio de una sangrienta dictadura latinoamericana: el Chile del general Augusto Pinochet. A partir de ahí, el modelo se expande por innumerables países del Sur, para llegar luego a las naciones metropolitanas.

Allí, Estados Unidos bajo la presidencia de Ronald Reagan y Gran Bretaña, dirigida por Margaret Tatcher, son los países que enarbolan el neoliberalismo como insignia triunfal, para impulsarlo a escala planetaria. Sus mentores intelectuales: los austríacos Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises (la llamada Escuela de Viena) y lo que luego se conocerá como la Escuela de Chicago, capitaneada por el estadounidense Milton Friedman y sus acólitos Chicago Boys, reflotan y llevan a un grado sumo los principios liberales del capitalismo inglés clásico.

En pocas palabras, este nuevo liberalismo se emparenta directamente con el viejo liberalismo dieciochesco y decimonónico de los padres de aquella economía política clásica burguesa, aquellos que inspiraron a Marx en su lectura crítica del capitalismo: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill: el acento está puesto en la entronización absoluta de la libertad de mercado, reduciendo drásticamente el papel del Estado a un mero mecanismo garante que asegura la renta de la empresa privada.

El actual neoliberalismo y sus recetas de privatización de los principales servicios estatales, desarman el Estado de bienestar keynesiano surgido después de la Gran Depresión de 1930, teniendo como resultado dos elementos fundamentales: 1) el enriquecimiento exponencial de los grandes capitales en detrimento de toda la masa asalariada (trabajadores varios y sectores medios), y 2) el descabezamiento de toda protesta popular. Es elocuente al respecto lo expresado por la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, para resumir esta nueva perspectiva: “No hay alternativa”. Dicho de otro modo: “O capitalismo ¡o capitalismo! Eso no se discute”.

El instrumento desde donde se impulsaron esas nuevas políticas fueron los grandes organismos crediticios de Bretton Woods: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instancias financieras manejadas por los grandes capitales corporativos de unos pocos países centrales, Estados Unidos fundamentalmente. Desde ahí se fijaron las recetas neoliberales que prácticamente la casi totalidad de países del mundo debieron impulsar estas últimas décadas. Y por supuesto, no para beneficio de las grandes mayorías populares sino para provecho de esos pocos capitales transnacionales.

Las dos tareas mencionadas (acumulación de riquezas y freno de la protesta popular) se han venido cumpliendo a la perfección en estas últimas cuatro décadas. La acumulación de riquezas de los más acaudalados se llevó a niveles descomunales. A partir de ello, hoy día 500 corporaciones multinacionales globales manejan prácticamente la economía mundial, con fracturaciones que se miden por decenas o centenas de miles de millones de dólares (una sola empresa con más renta que el PIB total de muchos países del Sur), y el patrimonio de las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1.000 millones de dólares –selecto grupo que cabe en un Boeing 747, en su gran mayoría de origen estadounidense– supera el ingreso anual combinado de naciones en las que vive el 45% de la población mundial.

En otros términos: la polarización económico-social se llevó a extremos que nunca antes había conocido el capitalismo, surgido con los ideales (perversamente engañosos) de “libertad, igualdad y fraternidad”. Esa acumulación fabulosa de riqueza se hizo sobre la base de un empobrecimiento mayúsculo de las grandes mayorías.

Ese fabuloso acrecentamiento de riquezas vino de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación que convirtieron el planeta en una verdadera aldea global, eliminando distancias y homogeneizando culturas, gustos y tendencias, aplastando tradiciones locales de un modo impiadoso. El internet fue su ícono por antonomasia.

De ahí que, en muy buena medida como producto de una ilusión mediática que así lo presenta, esa nueva forma de capitalismo despiadado que se erigió contra el alza de las luchas populares de décadas anteriores, suele estar asociado a la mundialización o planetarización, a lo que hoy se llama globalización, y siempre de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información.

Pero ese fenómeno no es nuevo. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido [por lo que ahora estamos presenciando]”, anunciaba Marx en 1858. En realidad, la globalización no comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989, como malintencionadamente se arguye, cuando el “mundo libre” vence a la “tiranía comunista”, sino la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana avistó tierra desde la nave insignia de la expedición de Cristóbal Colón.

La otra faceta del neoliberalismo: la neutralización de todo tipo de protesta popular anti-sistémica, igualmente se llevó a cabo de modo perfecto. En América Latina los planes neoliberales se asentaron a partir de feroces dictaduras sangrientas que prepararon el terreno. Fueron gobiernos civiles, llamados “democracias”, las que profundizaron las recetas fondomonetaristas y privatistas (Carlos Menem en Argentina, por ejemplo, o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Carlos Salinas de Gortari en México, Collor de Melo en Brasil, Virgilio Barco en Colombia, Álvaro Arzú en Guatemala, etc.), sobre montañas de cadáveres y ríos de sangre que les antecedieron. En el llamado Primer Mundo, esas políticas se impusieron también a sangre y fuego, pero sin la necesidad de dictaduras militares previas.

El resultado fue similar en todo el mundo: los sindicatos obreros fueron cooptados, la ideología conservadora fue imponiéndose, y toda forma de descontento y/o contestación fue reducida a “oprobiosa rémora de un pasado que no debía volver”. Desmoronado el bloque socialista (fenecida la revolución en la Unión Soviética y revertida la revolución hacia un confuso “socialismo de mercado” en la República Popular China), Cuba y Norcorea fueron prácticamente los únicos baluartes que permanecieron fieles al ideario socialista. Y así les fue.

En Cuba, el capitalismo global le ajustó cuentas, haciéndole sufrir el penoso “período especial”, y en Corea del Norte se le llevó a un tremendo nivel de asfixia que forzó al gobierno coreano a emprender su militarización nuclear como único modo de sobrevivencia. Sin ningún lugar a dudas, estas nuevas políticas neoliberales (o capitalismo sin anestesia, para ser más explícito, sin el colchón que había generado el Estado socialdemócrata de las ideas keynesianas) desarmaron, desmovilizaron e hicieron retroceder toda protesta social. Conservar el puesto de trabajo (indignamente en muchos casos) pasó a ser lo único que se podía hacer.

La protesta significa el desempleo, y ante el nuevo paisaje que crearon estas políticas, eso es equivalente casi a la muerte. En Latinoamérica los campos de concentración clandestinos, la desaparición forzada de personas y las torturas pavimentaron el camino para estos planes, de los que todos los trabajadores del mundo, Norte próspero y Sur mísero, siguen sufriendo hoy las consecuencias. Eso explica la pobreza y la precarización actual de Argentina (segundo país en Latinoamérica –30.000–, tras Guatemala –45.000–, en personas desparecidas previas a los planes neoliberales).

Estas recetas de entronización absoluta del libre mercado se complementan necesariamente con el achicamiento / desmantelamiento de los Estados nacionales: todas las empresas públicas son privatizadas, la inversión social se reduce a porcentajes ínfimos y la prédica constante, que termina por hacerse una verdad (“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad” enseñó Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi) hace del Estado un “paquidermo inservible, corrupto, disfuncional”.

Esa ideología, esas prácticas concretas de ajuste estructural, las vemos recorriendo todo el mundo. En Argentina, como no podía ser de otro modo, también terminaron afianzándose, siendo la piedra angular de todos los gobiernos. Desde la implementación de los primeros planteos neoliberales en 1976, con Martínez de Hoz, pasando por todas las administraciones hasta la actual de Mauricio Macri (¡todas!, sin excepción), el neoliberalismo ha marcado el rumbo. Por eso –y no por ninguna otra cosa– el país presenta el estado calamitoso actual, con proliferación de “cirujas” y villas miseria, junto a ghettos ultra refinados para los que “se salvaron”.

El neoliberalismo, digámoslo claramente, es una expresión determinada del sistema capitalista, de ese modo de producción en un momento de su desarrollo histórico, con capitales monopolistas y transnacionalizados en su actual fase de imperialismo guerrerista. Ese sistema –nunca está de más recordarlo– se fundamenta en la explotación del trabajador a partir de la propiedad privada de los medios de producción, no importando la forma que ese trabajo asuma: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola –incluso si se trata de trabajadores estacionales–, productores intelectuales, trabajo hogareño no remunerado, habitualmente desarrollado por mujeres amas de casa.

El corazón del problema está en la plusvalía, el trabajo no remunerado apropiado por los dueños de los medios de producción bajo la forma de renta, de ganancia, sean ellos industriales, terratenientes o banqueros. Ese es el verdadero problema a enfrentar.

Todo esto remite a la pregunta sobre cómo se estructura verdaderamente el sistema capitalista actual. Está claro que quien manda, quien pone las condiciones y fija las líneas a largo plazo, son estos capitales globales, financieros en muy buena medida, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta.

Esos megacapitales realmente no tienen patria. Los Estados nacionales modernos conformados con el triunfo de la sociedad burguesa sobre el feudalismo medieval en Europa, y luego replicados en todas partes del orbe, ya no les son funcionales ni necesarios. El capitalismo globalizado actual no se maneja desde las casas de gobierno.

La Casa Blanca, representación por antonomasia del poder mundial (con acceso a uno de los dos botones nucleares más poderosos del planeta) no es la que realmente decide por dónde van las estrategias. Extremando las cosas, el presidente de la primera potencia mundial es un operador de esos grandes capitales, donde el complejo militar-industrial juega un papel de primera importancia, así como las compañías petroleras.

Si ese presidente de turno no le quiere escuchar a esas megaempresas, puede terminar con un balazo en la cabeza, como le pasó a John Kennedy. ¿A quién pertenece, por ejemplo, la empresa automotriz más grande del orbe actualmente, el gigante Daimler-Chrysler? A los accionistas, que pueden ser tanto estadounidenses como alemanes…, o de cualquier parte del mundo (¿quién sabe realmente la composición de esos capitales? ¿Podrán tener ahí acciones el Vaticano, o algún cartel de la droga? ¿Por qué no?)

Los dueños del capital no tienen color de bandera: su único himno nacional es el billete de banco, que se tiñe de rojo (sangre) cuando alguien se les opone. El Plan Marshall posterior a la Segunda Guerra Mundial buscó justamente eso: internacionalizar los capitales para evitar nuevas confrontaciones bélicas entre los países centrales.

Hay tantas armas y tantas guerras en el mundo, en casi todos los casos impulsadas desde Washington, porque ese entramado industrial necesita realizar su plusvalía, no descender su tasa de ganancia. ¿Quién decide las guerras entonces: los gobiernos, o los poderes que le hablan al oído (dándole órdenes)? ¿Por qué el gobierno argentino compró recientemente con Macri en la presidencia 64 helicópteros de alta tecnología militar, 182 tanquetas y 36 aviones de guerra a proveedores estadounidenses, incluso modelos de cazas similares a los que ya se producen en el país? ¿Quién decide eso? ¿Se tomará la decisión en Buenos Aires? No parece posible.

Del mismo modo: existe una cantidad insufrible de vehículos automotores circulando por el globo impulsados por motores de combustión interna que necesitan derivados del petróleo; sabido es que a) se podrían reemplazar tantos vehículos particulares por transporte público de pasajeros para hacer más amigable la circulación y, fundamentalmente, b) se podría prescindir de los motores alimentados por sub-productos del oro negro reemplazándolos por otros menos contaminantes: agua, energía solar, electricidad.

Todo ello, sin embargo, no pasa. ¿Quién lo decide: los gobiernos o las megaempresas productoras de petróleo y/o de vehículos? (que le hablan al oído y les dan órdenes a esas administraciones). Los ejemplos podrían multiplicarse bastante abundantemente. La salud de la población mundial se beneficiaría infinitamente más con atención primaria que con la profusión monumental de medicamentos que llegan al mercado; los ministros de salud lo saben. ¿Quién decide que eso así suceda: los gobiernos o las mega-empresas farmacéuticas? Con la producción de transgénicos se podría acabar con el hambre en el mundo; cualquier gobierno lo sabe, pero ello no sucede. ¿Quién decide eso?

Y ni qué decir del capital financiero global: ¿son necesarios esos paraísos fiscales donde, a velocidad de la luz, se mueven cifras astronómicas de dinero virtual? ¿A quién beneficia eso? Obviamente, no a la población. Pero cuando quiebran esos gigantes, son los Estados (con fondos públicos, obviamente) los que los socorren, cosa que no sucede cuando los trabajadores pierden su empleo, por ejemplo.

Esos megacapitales, que cuando tienen traspiés son asistidos por ese mismo Estado que tanto critican desde su visión neoliberal (por ejemplo, el fabricante de vehículos General Motors, o la gran banca, como sucedió con el Bank of America, o el Citigroup, o el JP Morgan, todos en Estados Unidos, o el Lloyds Bank en Gran Bretaña, o el Deutsche Bank en Alemania), son los que conducen finalmente las políticas mundiales.

Obviamente la humanidad no necesita ni tantas armas ni guerras, ni tantos medicamentos ni tantos automotores circulando, ni la infinita variedad de productos prescindibles que deben reciclarse de continuo; si eso se da generando el cambio climático –eufemismo moderado por no decir catástrofe medioambiental por la sobreexplotación de recursos–, y gobiernos como los de Washington o los de la Unión Europea lo avalan, es porque el complejo de mega-empresas globales lo imponen.

En esta nueva fase del capitalismo iniciada entre los 70 y 80 del siglo pasado, la globalización neoliberal encontró que es más fácil producir fuera de los países del Norte, trasladando su parque industrial al Sur, pues allí la mano de obra es mucho más barata y desorganizada, se pueden evitar impuestos y las regulaciones medioambientales son mucho más laxas o inexistentes. Es por eso que llegan call centers a la Argentina, no por otra cosa.

Esa globalización de la producción para un mercado igualmente global (lo que ya entreveía Marx a mediados del siglo XIX), que tomó su forma acabada desde fines del siglo XX con tecnologías que eliminan distancias, llegó para quedarse. Sin dudas, a lo interno de los países metropolitanos (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), esa nueva recomposición del capital provocó severos daños a la clase trabajadora, aumentando en forma creciente su desocupación, lo que permitió recortar el precio de la mano de obra –congelamiento de salarios y de beneficios varios–.

Eso es lo que produjo hace un par de años el notorio descontento de británicos y estadounidenses, que ante una elección determinada (el referéndum para ver si el Reino Unido de Gran Bretaña permanecía o no en la Unión Europea, la última elección presidencial en Estados Unidos ganada por Donald Trump) dijeron no a esas políticas. Pero eso en modo alguno significa que el neoliberalismo está en vías de extinción, como más de alguno triunfal (o irresponsablemente) ha anunciado o pretendido ver.

Neoliberalismo y lucha de clases

Las actuales políticas neoliberales impulsadas por los organismos crediticios internacionales y puestas en práctica mansamente por los distintos gobiernos nacionales (en Argentina también: todos los gobiernos, sin excepción, aunque en la era Kirchner se manipuló la ilusión que el país se desentendía de la deuda con los bancos mundiales), son responsables del empobrecimiento acelerado de la clase trabajadora y de la nueva arquitectura global que reduce Argentina a proveedor de materias primas.

Dichas políticas, entonces, deben entenderse como una nueva expresión, corregida y aumentada, de la nunca jamás terminada lucha de clases, un elemento que intenta domesticar a la clase oprimida, doblegarla, ponerla de rodillas, en beneficio de la clase burguesa global, de esos megacapitales que manejan el mundo.

Si el discurso triunfal de la derecha intentó hacernos creer estos años que la lucha de clases había sido superada (¿?), el neoliberalismo mismo es una forma de negar eso, sin saberlo explícitamente. De Marx (con x) se nos dijo que pasábamos a marc’s: métodos alternativos de resolución de conflictos. ¿Qué “método alternativo” existe para “superar” la explotación? ¿La negociación? ¿Nos lo podremos creer? Se negocia algo, superficial, tolerable por el sistema (un aguinaldo, o dos, o cuatro), pero si el reclamo sube de tono (expropiación, reforma agraria), ahí están los campos de concentración, las picanas eléctricas, las fosas clandestinas. ¡No olvidarlo nunca!

Quienes a veces lo olvidamos somos los que pertenecemos al campo popular, pues nos lo hacen olvidar con sobredosis de fútbol, o con las nuevas iglesias neopentecostales que invadieron Latinoamérica, y también Argentina. Pero la clase dominante no lo olvida ni por un instante. La lucha de clases sigue tan al rojo vivo como siempre. Si alguien tiene memoria histórica, es la clase dirigente (porque tiene mucho que perder. En el campo popular, perderemos nuestras cadenas. Y eso de vivir encadenados, mejor ni saberlo, según la ideología dominante).

Esta nueva cara del capitalismo, que dejó atrás de una vez el keynesianismo con su Estado benefactor, ahora polariza de un modo patético las diferencias sociales. Pero no solo acumula de un modo grotesco: sirve, además, para mantener el sistema de un modo más eficaz que con las peores armas, con la tortura o con la desaparición forzada de personas. El neoliberalismo golpea en el corazón mismo de la relación capital-trabajo, haciendo del trabajador un ser absolutamente indemne, precario, mucho más que en los albores del capitalismo, cuando la lucha sindical aún era verdadera y honesta.

Se precarizaron las condiciones de trabajo a tal nivel de humillación que eso sirve mucho más que cualquier arma para maniatar a la clase trabajadora. Y los sindicatos pasaron a ser algo absolutamente inservible para la clase trabajadora, total –y vergonzosamente– cooptados por la ideología conservadora, transformándolos en entes burocráticos y desmovilizadores.

En ese sentido pueden entenderse las actuales políticas privatistas e hiper liberales (transformando al mercado en un nuevo dios) como el más eficiente antídoto contra la organización de los trabajadores. Ahora no se les reprime con cachiporras o con balas: se les niega la posibilidad de trabajar, se fragilizan y empobrecen sus condiciones de contratación. Eso desarma, desarticula e inmoviliza mucho más que un ejército de ocupación con armas de alta tecnología. Tan efectivo para acallar la protesta como el Ford Falcon verde es la precarización laboral.

Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa (atemorizando a la clase propietaria) era el comunismo, hoy, con las políticas ultraconservadoras inspiradas en Milton Friedman y Friedrich von Hayeck, ese fantasma aterroriza a la clase trabajadora, y es la desocupación.

De acuerdo a datos proporcionados a fines del 2016 por la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, nada sospechosa de marxista precisamente, 2.000 millones de personas en el mundo (es decir: dos tercios del total de trabajadores de todo el planeta) carecen de contrato laboral, no tienen ninguna ley de protección social, no se les permite estar sindicalizados y trabajan en las más terribles condiciones laborales, sujetos a todo tipo de vejámenes.

Eso, valga aclararlo, rige para una cantidad enorme de trabajadores y trabajadoras, desde un obrero agrícola estacional hasta un profesor universitario (aunque se le llame “Licenciado” o “Doctor”), desde el personal doméstico a un consultor de la Organización de Naciones Unidas. La precariedad laboral barre el planeta. Argentina, por cierto, no escapa a las generales de la ley. Tener un título universitario no es garantía de absolutamente nada (por eso, patéticamente, para muchos jóvenes la única salida del país sigue siendo Ezeiza…).

Junto a lo anterior, 200 millones de personas a lo largo del mundo no tienen trabajo, siendo los jóvenes los más golpeados en esto. Para muy buena cantidad de desocupados, jóvenes en particular, marchar hacia el “sueño dorado” de algún presunto paraíso (Estados Unidos para los latinoamericanos, Europa para los africanos, Japón o Australia para muchos asiáticos o provenientes de Oceanía) es la única salida, que muchas veces termina transformándose en una trampa mortal.

La precarización que permitieron las políticas neoliberales fue haciendo de la seguridad social un vago recuerdo del pasado. De ahí que 75% de los trabajadores de todo el planeta tiene una escasa o mala cobertura en leyes laborales (seguros de salud, fondo de pensión, servicios de maternidad, seguro por incapacidad o desempleo.), y un 50% carece absolutamente de ella. Muchos (quizá la mayoría) de quienes estén leyendo este texto, seguramente sufrirán todo esto en carne propia.

En Argentina, como en cualquier parte del globo, todo esto es hoy una cruda realidad, quizá con el agravante (psicológico en muy buena medida) de sentirse derrotada, pues habiendo tenido cotas de alto desarrollo socio-económico, la población sufre hoy lo que no había conocido nunca, siendo algo común desde siempre en los países vecinos de América Latina. Caer desde las alturas es, en todos los casos, más traumático que haber vivido siempre en el llano*.

Si se tiene un trabajo, la lógica dominante impone cuidarlo como el bien más preciado: no discutir, soportar cualquier condición por más ultrajante que sea, aguantar… Si uno pasa a la lista de desocupados, sobreviene el drama.

Complementando estas infames lacras que han posibilitado los planes neoliberales, desarmando sindicatos y desmovilizando la protesta, informa también la OIT que 168 millones de niños trabajan, mientras que alrededor de 30 millones de personas en el mundo (niños y adultos) laboran en condiciones de franca y abierta esclavitud (¡la que se abolió con la democracia moderna!, según nos enseñaron…). Argentina no tenía décadas atrás niños de la calle; hoy sí (mientras sigue siendo Cuba el único país en Latinoamérica que no los tiene. ¿Fracaso del socialismo?).

La situación de las mujeres trabadoras (cualquiera de ellas: rurales, urbanas, manufactureras, campesinas, profesionales, sexuales, etc.) es peor aún que la de los varones, porque además de sufrir todas estas injusticias se ven condenadas, cultura machista-patriarcal mediante, a desarrollar el trabajo doméstico, no remunerado y sin ninguna prestación social, faena que, en general, no realizan los varones. Trabajo no pagado que es fundamental para el mantenimiento del sistema en su conjunto, por lo que la explotación de las mujeres que trabajan fuera de su casa devengando salario, es doble: en el espacio público y en el doméstico.

Este retrato desolador de la situación laboral mundial muestra cuan inmenso es el déficit de trabajo decente”, manifiesta la OIT, exigiendo entonces una apuesta “decidida e innovadora” a los diferentes gobiernos para hacer poder llegar a cumplir los llamados “Objetivos de Desarrollo Sostenibleimpulsados por el Sistema de Naciones Unidas para el período 2015-2030.

Lamentablemente, más allá de las buenas intenciones de una agencia de la ONU, los cambios no vendrán por “decididos e innovadores” gobiernos que se apeguen a bienintencionadas recomendaciones. Eso muestra que la lucha de clases, que sigue siendo el imperecedero motor de la historia, continúa tan al rojo vivo como siempre. Que el neoliberalismo sea un intento de enfriar esa situación, es una cosa.

Que lo consiga, una muy otra. Pero debe quedar claro que los capitalismos son siempre eso: capitalismos, no importando si asumen el mote de “neoliberal”, “fascista”, con “rostro humano” o “serio” (como pretendía la anterior mandataria argentina, Cristina Fernández). Los planes asistenciales no pueden dejar de ser sino eso: planes asistenciales que no tocan el corazón del problema; ayudan, pero no resuelven de fondo.

El capitalismo, en cualquiera de sus versiones, sigue siendo lo que ya dejaba ver hace 200 años: un sistema basado en el lucro privado empresarial a cualquier costo. No hay capitalismo “bueno” y capitalismo “malo”, capitalismo “serio” versus capitalismo “no serio”. Es una falacia pensar que el enemigo a vencer es el actual neoliberalismo, ese supuesto “malo de la película”. ¿Acaso un capitalismo “serio” –como pretendía la presidenta Cristina Fernández– es la salida de la actual postración?

Sin dudas, una agenda ultra neoliberal como la actual de Mauricio Macri complica más aún las cosas para la clase trabajadora; pero el problema de fondo sigue inalterable. Por último, queda claro que un cambio real en las estructuras sociales y en las relaciones de poder no puede venir desde las casas de gobierno, de arriba hacia abajo: se logra solo con la real y efectiva lucha popular, con la gente movilizada, con la bronca desatada de la población y una conducción revolucionaria. Si no, no se pasa de las buenas intenciones.

De lo que se trata es de revisar las bases sobre las que funcionan las sociedades. Y Argentina, más allá de las luchas político-partidistas cotidianas con las que nos podemos distraer (peronismo-antiperonismo) viendo por televisión, al igual que todos los países de Latinoamérica, salvo Cuba, es un engranaje de ese sistema-mundo capitalista que se decide desde Wall Street, o desde Londres, desde alguna Bolsa de Valores o desde algún lujoso pent-house blindado. Las tibias propuestas socialdemócratas / reformistas que se han visto por Latinoamérica estos últimos años, si bien intentaron ser una suerte de alternativa ante los planes liberales, no alcanzaron a torcer ese rumbo.

La prueba está en cómo terminaron, o hacia dónde se encaminan: ya no ocupan casas de gobierno, o sus representantes están presos, o defenestrados. O, muy probablemente, camino de serlo. ¿Por qué ninguno de los gobiernos llamados progresistas de estos últimos años en América Latina pudo realmente afianzar modelos de desarrollo con justicia social y profundizar esas “revoluciones”? (Venezuela está semi aplastada, sin salir del rentismo petrolero y sin poder profundizar su “Socialismo del siglo XXI”, Brasil y Argentina son ahora gobernados por administraciones ultraliberales alineadas completamente a Washington, Chile y Uruguay siguen con sus planes de capitalismo neoliberal, Nicaragua es impresentable con una nueva burguesía sandinista traidora a sus ideales revolucionarios de otrora, Ecuador revirtió su proceso popular, siendo quizá Bolivia el único país que, con Evo Morales a la cabeza, sigue enfrentándose al imperio con planteos de algún modo antisistémicos).

¿Por qué esta caída? Porque en ninguno de ellos hubo planteos de cambio anticapitalistas reales, y finalizados los ciclos de bonanza en el precio de los productos primarios que estos países exportan, ya no hubo con qué mantener los planes asistenciales. Que hoy día la coyuntura internacional haga muy difícil impulsar cambios revolucionarios como en décadas pasadas, con Estados Unidos envalentonado y recuperando algún terreno perdido en Latinoamérica, es otra cosa.

Esta actual derechización (Macri en Argentina, así como Temer en Brasil, Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, etc.) que sigue al auge de los reformismos de la década anterior debe hacer ver que los ideales de cambio o se plantean claramente, o si no es altamente posible que terminen mal, tal como vemos que está pasando en Latinoamérica con este resurgir de la derecha más visceral.

Los cambios, queda claro, los cambios profundos y estructurales no se hacen desde las casas presidenciales. Se hacen en la lucha popular, con la movilización de grandes mayorías, y no por redes sociales digitales. Líderes carismáticos y con gran imagen mediática son importantes…, pero no hacen una revolución. “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, expresó alguna vez Ernesto Guevara.

 

Lo que tuvimos en Latinoamérica estos años (PT en Brasil, matrimonio Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, el proceso boliviano) fueron importantes movimientos de inconformidad con discursos nacionalistas/antiimperialistas, pero de momento no pasaron de ahí. Lo de Argentina es palmariamente evidente. ¿Por qué, si no, seguiría un personaje como Mauricio Macri en la Casa Rodada? Y a ese presidente… ¡lo eligieron los mismos argentinos!

Hoy día, hablar de lucha de clases, de socialismo, de revolución, parecieran cosas de un pasado remoto, condenado a los museos. Quizá nos ilusionamos cuando se comenzó a hablar de un renovado “Socialismo del siglo XXI”, pero la promesa se quedó en el arranque. Hay cierta tendencia a ver como el “monstruo a vencer” a esa forma especial de capitalismo sin anestesia que es el neoliberalismo.

De todos modos, la situación es más compleja. Si algo hay que cambiar, es la estructura de base; la contradicción que pone en marcha el sistema, que lo hace funcionar: capital-trabajo asalariado. La contradicción peronismo-antiperonismo, tan arraigada en la historia argentina, es circunstancial, anecdótica. Pasaron administraciones peronistas y no peronistas, pero lo que cuenta es que un tercio de la población sigue en estado de pobreza, con “cartoneros” y barras bravas haciendo parte de la normalidad aceptada, con countries hiper lujosos sobre un mar de exclusión. Eso tampoco es “culpa” del peronismo o de los antiperonistas: ¡es el sistema!

Si no se ve así, jamás estaremos en condiciones de entender el fenómeno, y mucho menos, de transformarlo. Carlos Menem, ahora considerado “El innombrable” por muchos de los argentinos que hace algunos años atrás lo eligieron en las urnas, era peronista… y fue el más neoliberal de los presidentes en toda Latinoamérica. La cuestión no pasa por partidos políticos tradicionales o figuras carismáticas: es asunto estructural. Eso no se arregla en las urnas.

El marxismo, expresión de esas contradicciones fundantes del sistema, al que se lo quiso dar por “superado” en reiteradas ocasiones, no ha muerto porque ¡las luchas de clase no han muerto! “Curioso cadáver el del marxismo, que necesita ser enterrado periódicamente”, dijo Néstor Kohan. Si tan muerto estuviera, no habría necesidad de andar matándolo continuamente. Esta avanzada fenomenal del capital sobre las fuerzas del trabajo nos lo deja ver de modo evidente. A los cadáveres reales se les sepulta una sola vez… “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” (frase apócrifa erróneamente atribuida a José Zorrila) pareciera que aplica aquí. ¡Por supuesto! Si el marxismo es la expresión de lucha de las clases explotadas, eso de ningún modo “pasó de moda”.

Como dijera este decimonónico pensador alemán cuya obra se declaró muerta innúmeras veces, pero que parece renacer siempre: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. El neoliberalismo, que llegó a Argentina de la mano de Martínez de Hoz y una feroz dictadura asesina y fue continuado por todas las administraciones posteriores, es una expresión –despiadada, sin dudas– de esa sociedad existente. ¿Nos atrevemos a establecer una nueva? ¿Cuándo empezamos?

* Comunicación personal escuchada en una reunión en Guatemala, en 2003.

*No miren lo que digo sino lo que hago”, dijo Néstor Kirchner en una conferencia con empresarios españoles. ¿Doble discurso de un supuesto “revolucionario montonero”?

* Cuatro documentos surgidos entre 1980 y el 2000, que toman su nombre del Grupo de Santa Fe (en referencia a la capital del estado de Nuevo México, Estados Unidos), redactados por pensadores de derecha y la Heritage Foundation. Como ejemplo –uno entre tantos– de su significado histórico: en el Documento Santa Fe II se establece la avanzada de los nuevos cultos evangélicos para controlar la propuesta de izquierda de la Teología de la Liberación que en ese entonces crecía por Latinoamérica.

* ¿Cómo se suicida un argentino?, pregunta un inmisericorde chiste: subiendo a lo alto de su ego y dejándose caer.

 

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Marcelo Colussi es colaborador habitual de la Revista RafTulum

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La industria del azúcar no es muy dulce para sus trabajadores: Por Marcelo Colussi y Cindy López

 

 

 

 

 

La industria del azúcar no es muy dulce para sus trabajadores

Entrevista a tres trabajadores cañeros de la Costa Sur de Guatemala

 

Marcelo Colussi / mmcolussi@gmail.com, https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33,https://mcolussi.blogspot.com/

Cindy López / clopezsamayoa@gmail.com, https://www.facebook.com/cindy.lopezsamayoa.7

 

 

Condiciones de sobreexplotación laboral, falta de prestaciones de ley, ningún sindicato que defienda los derechos de los trabajadores, exigencias cada vez más difíciles de cumplir impuestas por las empresas –lo cual obliga a agotadoras jornadas soportadas muchas veces bajo el efecto de estimulantes–, a lo que se suma una peligrosa contaminación del medio ambiente (aire y agua) como consecuencia de los pesticidas utilizados, desvío de ríos a favor de los ingenios y, como broche de oro, una supuesta “Responsabilidad social empresarial” que daría respuestas “sociales y humanas” a las penurias de los obreros cañeros, son la auténtica situación de los trabajadores de la industria azucarera en la Costa Sur de Guatemala.

 

Eso es así tanto para los cortadores estacionarios, traídos en general desde el Altiplano Occidental para las zafras –miembros de pueblos originarios habitualmente– o para los oriundos del lugar. En todos los casos: explotación, panorama oscuro, desesperanza. Las innumerables iglesias neoevangélicas o las cada vez más populares cantinas que inundan el país, serían las únicas válvulas de escape ante tanta ignominia.

 

Como colofón, mientras los oligopolios que manejan el negocio siguen creciendo, ni siquiera esas pésimas condiciones van quedando como opción para los campesinos pobres y sin tierra, pues la mecanización de la zafra (para competir internacionalmente y no perder, según declaran los propietarios cañeros) va expulsando en forma acelerada a enormes cantidades de trabajadores de la industria del azúcar hacia la desocupación. Trabajos precarios o la marcha forzosa como migrante irregular rumbo a Estados Unidos van siendo las únicas salidas. O el integrarse a circuitos delincuenciales que permitan la sobrevivencia.

 

La organización sindical y/o comunitaria quedó seriamente dañada producto de la feroz represión de años anteriores. Pero sigue habiendo luchadores sociales que no se rinden, que siguen alzando la voz denunciando todas estas injusticias, y esperanzados en que otro mundo sí es realmente posible, por lo que continúan movilizándose, luchando, organizándose.

 

En alguna aldea del departamento de Escuintla conversamos con tres de ellos, ya entrados en años. Su juventud y energía, pese a su edad cronológica, no deja de sorprender. “Hay que seguir organizándose. Solo organizados se podrá cambiar todo esto”, repiten sin dudarlo. Su visión de futuro y la convicción en que el cambio sí es posible, es una lección de ética revolucionaria.

Por seguridad, y a pedido de ellos, no consignamos sus nombres.

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Pregunta: ¿Cómo es el trabajo del corte de caña?

 

Entrevistados: La forma de cortar la caña de azúcar ha ido cambiando con los años. Y según como van las cosas, pronto es probable que, con la mecanización, ya no se necesiten más cortadores. Antes, hace muchos años, pagaban 50 centavos por manzana. Después, cuando llegaron los Botrán, trajeron unos carretones. Ahí se cortaba y se cargaban unos grandes camiones, de tres y cuatro tramos. Había cortadores y cargadores. En ese tiempo se formó un sindicato, pero vino Andrés Botrán, el de los fabricantes de ron, y se llevó a los líderes sindicales para hacerlos a su lado. Los compró. Eso era para los años 60. En ese tiempo todavía se cortaba por manzana. Después se empezó a cortar cadeneado, por cadenas. Y después vino el sistema de cargar mecanizado. Eso fue más o menos para 1975. Ahí es cuando los ingenios comenzaron a estafar al trabajador. Con las máquinas decían que en cada carga, cada “mordida” como le llamaban, llevaban una tonelada de lo que el trabajador cortador había cortado a machete, pero era mentira. Agarraban más, pero lo pagaban siempre como si fuera una tonelada. Era pura explotación. Uno, de trabajador, sabe cuánto es una tonelada; siempre robaban al cortador.

Los ingenios siempre buscan la manera de explotar y explotar a quien trabaja. En un tiempo daban el refresco con droga, para que uno trabajara más. Había que sacar la tarea a como diera lugar, y si agarraba la noche, le ponían un tractor con las grandes luces para que uno siguiera hasta cumplir con la cantidad que le pedían. Era una sobreexplotación.

A los cortadores los tenían divididos por capacidad: los que cortaban más, los más pilas, los que cortaban regular, los que cortaban menos. Adelante va lo que le llaman el monitor, que va abriendo brecha y preparando para los cortadores. Y el cortador entra con su machete a hacer la tarea. Eso cansa mucho, fatiga, agota.

Pregunta: ¿Ya trabajaban mujeres para esa época, para los años 60 o 70 del siglo pasado?

Entrevistados: No, la verdad que no. Eso vino mucho después. Y en realidad, no hay muchas. Son pocos los ingenios que ocupan mujeres.

Pregunta: ¿La zafra cuánto tiempo dura?

 

Entrevistados: Máximo: 6 meses. Hecha con cortadores a machete, como se hizo siempre. Y eso da trabajo para todo ese tiempo al cortador. Aunque ahora, con la mecanización, cada vez hay menos trabajo. Se necesitan trabajadores para otras tareas, para regar por ejemplo, pero ya no para el corte.

Pregunta: Con la zafra tradicional, el trabajador cañero tiene, o tenía, trabajo para 6 meses, para medio año. ¿Y qué hace el resto del tiempo?

 

Entrevistados: Ahí está el problema. La gente tiene que ver qué hace esos otros 6 meses. Se las arregla como puede; y, por supuesto, les va bastante mal. Salen a cazar o a pescar para conseguir algo de comida, hacen trabajos donde se puede, se busca leña que se sale a vender por ahí, se van a la capital a ver qué consiguen, muchos se meten de policías en agencias de seguridad privadas. Cuando hay trabajo, en la época de zafra, los ingenios le dicen que le hacen un ahorro al trabajador. Pero no es cierto. Lo confunden a uno. Lo hacen trabajar al máximo, y le prometen un premio al que más corta, una bicicleta por ejemplo. Pero eso es un engaño. Además, terminada la zafra, no hay nada que hacer. Para trabajar y que traiga cuenta, los compañeros se drogan.

Ellos mismos compran la pastilla, para trabajar más. Y los ingenios lo permiten, no dicen nada. Más bien, lo estimulan a uno para que lo haga. Se trabaja todos los días, de domingo a domingo, sin parar. A veces le dan un día de descanso entre semana. Hay trabajadores que son de aquí, de la costa, y van en buses que ponen las empresas al corte, luego regresan a sus casas en las aldeas por las noches. Y otros trabajadores vienen del Altiplano, traídos por los enganchadores. Esos son a los que les dan galeras para dormir, con camarotes, y también se les da la comida. Ellos están toda la zafra, y luego se regresan a sus tierras. Antes venían niños también, ahora no. Entonces, ahora sí, en algunos ingenios contratan mujeres. Cada ingenio tiene su forma de cortar; algunos queman más cañales, otros no tanto. Pero en todos explotan, piden cada vez más producción.

Ahora, con las máquinas que están trayendo, ya no se van a necesitar cortadores. Cada máquina le quita trabajo a 500 cortadores. Imagínese si ahora es un problema, con unos meses de trabajo y otro medio año sin nada, lo que va a ser si ya no hay nada que hacer en la zafra. Dicen que meten las máquinas porque la industria azucarera guatemalteca tiene que competir con otros países, con Brasil por ejemplo. Pero con esa competencia ¿qué tenemos que ver los pobres? Si fumigan y usan venenos para mejorar esa competencia, ¿qué tenemos que ver nosotros,  los pobres, con esos sus negocios? A nosotros solo nos quedan las consecuencias negativas de todo eso.

Pregunta: Hablaron del envenenamiento por los pesticidas. ¿Cómo está esa situación?

Entrevistados: Eso nos está matando, aunque los ingenios digan que no. Vez pasada a un grupo de los COCODES de aquí nos llevaron a un ingenio para que viéramos todo ese proceso y decirnos que está todo bien. Nos mostraron unas plantas hermosas que tienen allá, para hacernos creer que lo que la avioneta o el helicóptero fumigan no daña las plantas. Pero eso no es cierto. Cuando fumigan, igual que cuando hacían las algodoneras, el aire se lleva el producto que tiran, y eso se riega por todos lados. Eso llega a las aldeas, a todas las plantas, a nuestras milpitas, al ganado que podemos tener nosotros, y todo eso se envenena.

Esa es una vieja lucha que tenemos, para impedir que las fumigaciones sigan perjudicándonos. Hubo gente que luchó por esa causa, y la mataron. A muchos compañeros mataron, también a licenciados que nos apoyaban, como el Lic. Argueta, un abogado muy comprometido y responsable que apoyaba nuestras reivindicaciones. A toda esa gente las mataron los dueños de los ingenios, los grandes productores azucareros. Pero nosotros seguimos denunciando y luchando.

Todo eso que hacen los ingenios daña el aire y las aguas. Como no podemos tomar el agua de los nacimientos, porque se contamina con las fumigaciones, tenemos que comprar el agua embotellada. Desde hace años que se da esta contaminación, desde la época de las algodoneras, y ahora también con las cañeras. Eso ha matado infinidad de compañeros y compañeras. Fumigan, y luego ponen a trabajar a la gente; es ahí cuando los trabajadores se envenenan, y nadie dice nada. No hay sindicatos ni organizaciones que reclamen. Y del mismo modo, murieron muchos niños y mujeres. El gobierno, por supuesto, no dice nada tampoco.

Pregunta: O sea que toda la industria de la caña, además de dar empleo una época del año, crea también grandes problemas.

 

Entrevistados: Sí, por supuesto. Da empleo, igual que daban antes las algodoneras, pero también trae problemas. Por ejemplo, años atrás, entre los años 1930 y 1940, con las empresas algodoneras, vinieron muchos salvadoreños que salían de su país, porque allá había un dictador en la presidencia. Vinieron a trabajar aquí, en las algodoneras, y muchos se quedaron y se metieron después en las cañeras; como eso movía dinero, fueron apareciendo los bares, y se llenaron también de muchachas que venían a trabajar y dispuestas a hacer cualquier cosa para ganarse sus centavos. Antes había mucho trabajo. Ahora no. Pero todos esos lugares, bares y cantinas, siguieron siempre. Es más: crecieron estos últimos tiempos. Mucha juventud termina arruinándose allí.

Pregunta: ¿Y cómo está todo esto ahora, si va a faltar tanto el trabajo con esto de la mecanización, si ya no van a ser necesarios tantos cortadores cañeros?

Entrevistados: Eso es un gran problema, grave. Por eso ahora ya hay tanto ladronismo, tanto patojo sin trabajo que se mete a delinquir, o se acerca a las drogas. Es el mismo empresario el que va llevando a la gente a la desesperación, y de ahí viene la delincuencia. En la época de la Revolución de 1944, con Juan José Arévalo primero y Jacobo Arbenz después, no se veían estos problemas: había trabajo, dinero, no faltaba la comida, no se veía tanta delincuencia. Hoy día hasta los niños salen a robar, porque falta el dinero. Está terrible la situación, y es por culpa de estos empresarios millonarios que la cosa se puso así, y todavía se va a poner peor si falta más trabajo. Hacer lo que se pueda para sobrevivir, hacerse delincuente o migrar hacia el Norte van siendo los únicos caminos que le quedan a la gente.

Pregunta: ¿Cómo están las condiciones de trabajo actualmente entonces?

 

Entrevistados: Los ingenios se inventaron algo que le llaman “Departamento de Recursos Humanos”. Eso es toda una mentira. Con eso suplantaron lo que antes eran los sindicatos, que eran para luchar por los derechos de los trabajadores. Ahora estas oficinas preparan a algunos trabajadores que compran para que hablen maravillas de las empresas, y no cuenten las condiciones que de verdad existen, que son malísimas, infrahumanas. Hay explotación de los trabajadores: esa es la verdad. Pero a estos compañeros que compran les dan unas pláticas y les lavan la cabeza.

Les dicen que se tienen que portar bien, los amenazan con que si cuentan las condiciones reales de trabajo no los vuelven a contratar. Les hacen creer que ahora la patronal los protege, pero eso no es así. Aquí las condiciones son muy malas: además de la explotación en el trabajo, los pobres tenemos que soportar el veneno de las fumigaciones, y además, la ceniza de la quema de los cañaverales. Hay oficina de Derechos Humanos, hay una CICIG, hay un Ministerio del Medio Ambiente, pero ¿qué investigan ellos? A nosotros nos dicen que no botemos basura, que no cortemos un árbol para hacer leña, ¿y los ingenios: qué? ¿Qué pasa con esos venenos que riegan todo el tiempo matándonos a nosotros, a nuestras siembras, a nuestros animalitos?

Pregunta: ¿Hacen desvíos de ríos también, verdad?

 

Entrevistados: Sí. Por aquí hay un par de presas. Y agarran el agua para regar sus cañales, dejándonos sin agua a nosotros en las aldeas. Se secan los ríos de donde tomamos el agua, o se contaminan. Porque hay contaminación por todos lados, en el aire, y eso estamos respirando o bebiendo todo el tiempo, a no ser que terminemos comprando el agua embotellada, que es cara. También se dañan nuestras siembras, los frutales que tenemos, por ejemplo. Con esas siembritas nosotros, campesinos pobres, más o menos nos podemos ir arreglando. Pero producto de todo este desastre que hacen con el medio ambiente, se pierden muchas veces las milpas, o los mangos, o los frutales que tenemos, por culpa de las fumigaciones.

Pregunta: Dicho de otro modo: por aquí sobran los problemas entonces, ¿no?

 

Entrevistados: Exacto. Pero lo peor es la falta de trabajo. Están contratando poca gente, y solo joven. Y no a todos los jóvenes; la gran mayoría no halla qué hacer. Hace algunos años había pequeñas parcelas, pero esas tierritas no pueden competir con los grandes, y terminan vendiendo todo a los ingenios. Los grandes acaparan, y siguen creciendo. Por aquí hay alguien que tiene mucha tierra, uno que fue rector de la Universidad de San Carlos, un tal Estuardo Gálvez.

Ese es de los más malos que hay: si se pierde un animal de la finca, o se friega una máquina, entre todos los trabajadores tienen que pagarlo. Las condiciones de trabajo son malas: malos salarios, mucho trabajo, no les dan prestaciones que se supone son de ley, no hay institutos de secundaria para que estudien los jóvenes, no les dan seguro de salud. Muchas veces con el Seguro Social también nos engañan; hay muchos compañeros que llegan a la edad de jubilarse, y ahí se enteran que las empresas no les hicieron sus aportes durante muchos años, por lo que quedan desamparados, sin pensiones. Y no tenemos nadie donde ir a reclamar por esas injusticias.

El Ministerio de Trabajo ni aparece. En esas pequeñas finquitas que les decíamos, antes había un poco de trabajo todo el año: se chapeaba, se atendían animales. Ahora ya no. Solo hay caña en toda la zona, que va a parar toda al extranjero, a Estados Unidos básicamente, para el azúcar que se come o para fabricar combustibles para vehículos. Aquí consumimos solo los restos de la caña de azúcar, la de peor calidad. Lo peor es que para ese trabajo ya no contratan gente, y en todo caso, prefieren solo a algunos jóvenes, que son los que más producen. Los viejos, por supuesto, vamos sobrando.

Pregunta: Explotación, condiciones muy malas en el trabajo, no hay sindicatos, contaminación peligrosa en todo el ambiente, desvío de ríos por parte de los ingenios… Es decir: una situación malísima. ¿Cómo se soluciona todo esto, compañeros?

 

Entrevistados: Hay que seguir organizándose. Hoy día la gente está muy desorganizada, por tanta represión que hubo años atrás, por tantas iglesias evangélicas que distraen, por tanta cantina y tanta droga que circula entre la juventud. Hay miedo, se está desconcertado, uno no sabe bien qué hacer. La gente no cree en nada hoy día, solo espera las elecciones para recibir algún regalo de los partidos políticos, sabiendo que la política es pura mafia y que con esos regalitos no se soluciona nada, que eso es pura corrupción. Pero como no hay muchas esperanzas, al menos se agarra eso.

Por eso hay que seguir organizándose para resistir, para tener proyectos que cambien esta situación. Solo organizados se podrá cambiar todo esto. Si antes estuvimos organizados y logramos cosas, aunque nos golpearon mucho, debemos volver a hacerlo.

 

 

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Marcelo Colussi y Cindy López son colaboradores habituales de la revista RafTulum

 

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